Carlos Rivera
La novela eterna de un melancólico apasionado
“El niño de la arboleda” de Orlando Mazeyra Guillén

Discrepo cuando el escritor Juan Manuel Robles (joven zurdo limeño, castillista, veronista, antifujmorista y estoy seguro que,muy pronto, antaurista) dice en el prólogo de este libro comentando la escritura de Orlando Mazeyra Guillén, que Mario Vargas Llosa es el gran referente de todo escritor arequipeño. Aguanta tu carro, causa. ¿Referente de todo escritor arequipeño? Conozco a muchos escritores de esta tierra que odian a Vargas Llosa, reniegan de su realismo, lo denigran por sus posturas políticas y lo acusan de ángel del infierno, racista y pendenciero, embajador de lo ricachones que cortan el jamón como dice el periodista Hildebrandt cada que hace hígado o escribe desde la comodidad de su departamento en el pudiente distrito de Surco. Y muchos escribidores han optado por senderos diferentes a las temáticas abordadas por el Nobel. Pero más allá de eso Mario no ha dejado hijos putativos en nuestra literatura, como sí lo hizo en Lima (Gamboa, Roncagliolo, Cisneros o Tola).
Cuando uno realiza alguna reseña literaria debe ponderar criterios y dichos juicios deben estructurarse sobre una comprensión del discurso poético, plantear una perspectiva argumentativa con alguna buena dosis de crítica literaria que no se refugie exclusivamente en los tópicos sentimentales dejando de lado el discurso y su contexto. Pero tal vez me estoy yendo por la tangente o mi neoliberalismo fujimorista me lleva a atacar a Robles por limeño, progresista y buen mozo. Pido perdón a la audiencia por discrepar con alguien que es asediado por toda su fanaticada. Mi queja es muy simple: nosotros los leemos con fervor y ellos nos desprecian como sus bastardos hijastros provincianos. Lejos de los malabarismos ideológicos que a veces subyuga nuestras valoraciones ensayaré algunas observaciones puntuales de la obra de mi amigo Orlando.
Ya el Dr. Tito Cáceres Cuadros en Ensayos de literatura arequipeña(Fondo Editorial de la Universidad Nacional de San Agustín,2018) ha delimitado con sus argumentos críticos un panorama de la literatura arequipeña desde su esencialidad mestiza y su raigambre histórica(migrante y con particulares dinámicas comerciales y fenotípicas). Recoge obra, registra biografías y desarrolla ensayos acerca de sus más reconocidos representantes. El Gobierno Regional Arequipa editó en el 2011 una antología temática, Biblioteca Juvenil Arequipa, dentro de ellos uno dedicado al cuento y en ella Orlando aparece con un texto. Del registro de esta obra podemos colegir a primera mano la pluralidad de autores que ofrece Arequipa como reservorio cultural no agotándose en lo paisajista o la épica romántica de su historia. Desde el realismo, fantástico, policial, costumbrista y hasta vanguardistas o modernistas. Ninguno de estos autores coinciden en temáticas o estilos de escritura o referentes. En otra compilación un poco más reciente e importante 20 cuentos (Ministerio de Cultura,2014) de Willard Díaz, nuevamente aparece Orlando acompañado de voces disímiles generacionalmente y cuerpos discursivos. En la excelente antología de José Córdova 17 cuentos desde Arequipa(Gobierno Regional Arequipa,2012) Mazeyra también forma parte de esta selección donde encontramos a autores desde Vargas llosa, Yuri Vásquez o Carlos Herrera . No pretendo ser un publicista de las apariciones de mi amigo Orlando sino solo delimitar la solvencia como narrador producto del esfuerzo y perseverancia en su oficio. Desde un escritor alquimista, y romántico de Urgente necesito un retazo de felicidad(Bizarro Ediciones,2007) saltó a la crudeza metafísica de La prosperidad reclusa(Cascahuesos,2011) para aterrizar en la onda intimista escatológica familiar de Mi familia y otras miserias(Tribal,2013). Solo en estos libros ya podemos colegir su germen creativo y las dimensiones de su obra.
Toda original literatura alcanza su cúspide cuando aterriza en una poética clara y con ambiciones que renueven su estética o se aproximen a un camino de perspectivas definidas. Orlando, como persona es regionalista (Arequipa y el FBC MELGAR) pero sus referencias narrativas, es decir su estilo, es urbano, minimalista y propio de cualquier representante de alguna metrópoli importante. Puede componer un personaje depresivo como algún cuento de Carver, John Chever o un desahuciado y solitario como de algunos cuentos de Ribeyro o acercarse a las tramas sentimentales que la moda ha bautizado como literatura confesional (o autoficción). El maestro Cromwell Jara es alta literatura que escapa de estos encasillamientos. Sin cursilerías puedo afirmar que su obra es dinamita de sentidos con alta dosis de elevación de lenguaje. Estas manchitas limeñas que siempre aparecen en Somos o El Comercio y luego se quejan de los grandes grupos de poder pero no se hacen dramas cuando ven sus proverbiales rostros y pateros artículos que se dedican entre ellos y sus hinchas aplauden como si se trataran de los malditos franceses o el nuevo boom latinoamericano. Y parecen cortados con el mismo formato literario, sus giros, sus estructuras con algunas diferencias en los golpes de escritura que ya es una huella personal. Lejanos son los tiempos cuando Arguedas, Vargas Llosa, Miguel Gutiérrez o Ciro Alegría marcaban los rastros de sus particulares universos narrativos. No justifica que los tiempos han cambiado y que nada se puede inventar y hay que acomodarse a las modas. En las regiones por no decir provincias, por citar Puno, Ayacucho o Arequipa desde el siglo XX hasta estos años han mostrado una literatura robusta, fluidos de sonidos, riqueza de sentidos y poéticas infinitas como la voz de Oscar Colchado o Julián Pérez en la narrativa o Dorian Espezua en la crítica. Pues Orlando responde con obra que no pretende quedarse como uno más sino estampar la huella de su sacrificada, y ahora, robusta literatura. Hay escritores obsesivos, depresivos, profesionales, técnicos o ilustrados. Mazeyra está en la vertiente de los apasionados, de esos rebeldes sentimentales que agotan la palabra y convierten cada historia en una gota de su sangre como Reynoso o Bolaño. Pero se puede ser apasionado, mal escritor o mediocre. Orlando da muestras de una formación muy personal en lo literario: el sencillo muestrario de sus epígrafes define sus intereses creativos o referentes de alguien que verdaderamente le preocupa la estética literaria.
Cuando Orlando me hizo entrega de su libro El niño de La Arboleda (Peso Pluma,2022) en su oficina (La Ramadita) yo cargaba entre manos el libro de Rafael Alberti La arboleda perdida(Alianza Editorial,1942) crónica sensitiva de sus recuerdos. Coincidencias fantásticas como que Orlando sea mi vecino en el distrito de Cerro Colorado y yo tenga muchas referencias históricas de la casa donde actualmente vive. Creo que este libro es un recuento de historias atrapadas en la memoria. Es el único libro que no se puede decir que tácitamente es de cuentos. Son evocaciones fragmentarias, delicadas añoranzas con algunas pretensiones de fábula. Su primer cuento “Fin de un ciclo” se manifiesta el diálogo entre un decano y su subordinado, una autoridad académica presuntuosa y el personaje de apellido Mazeyra donde el jefe presume de ser lector de filosofía e interroga a nuestro protagonista. Dicha forma es una revelación que aporta a su narrativa por recalcar Mazeyriana pero ahora con una dosis de humor (o una especie de sarcasmo criollo con una pizca de porteño) poco desplegada por el autor en sus anteriores libros.
Quizá detrás de esa conmiseración por la derrota trata de encontrar algo más que una tragedia y busca elevar su potencia con un giro más explícito que difumine el dolor: la risa. La madre del despedido, ansiosa preocupada por su porvenir reclama ante su hijo despedido como una inocente madrecita y le dice: “y ahora con qué dinero te vas a comprar las cervezas”.
Pero si en este escrito vemos humor en “Terapia de control de la ira” recompone su visceralidad y ataca con todo. Desglosa un personaje, rústico, vulgar preocupado de las patrañas vengativas juveniles y colegiales y con un resentimiento olímpico que no lo olvida nunca. Además, irascible y cargado de rabia hasta por la Coca Cola diet. Y el narrador le promete, tal vez por la sagrada albiceleste, no escribir nunca esa historia, pero aquí la tenemos lista para imaginar y disfrutar de su lectura.
Orlando es un cuentista que ha madurado. Su escritura abarca los campos de la podredumbre humana o el ser que es abatido en los mejores albores de la vida. Su escritura alcanza una estética cada vez más exuberante. Ya no es el mocoso de La Arboleda, el joven que quiso ser periodista, el ingeniero que no ejerce pero enseña comunicación en una universidad y sobre todo que no ha perdido la pasión por el fútbol, la música de Andrés Calamaro y las lecciones de aquella leyenda sublime llamada Maradona. Mayores pasiones, imposible.
*Discurso leído el jueves 13 de octubre de 2022. Plaza San Francisco. Feria La independiente (Ministerio de Cultura), Arequipa.
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