Carlos Rivera

La memoria del mundo

Sobre la vida y obra de Jorge Luis Borges

La memoria del mundo
Carlos Rivera
09 de diciembre del 2022


“Si lees a Borges a menudo y con atención,
te vuelves un tanto borgesiano, 
pues leerle es activar una conciencia
de la literatura en la que él ha
ido más lejos que ningún otro.” 

Harold Bloom, El canon occidental

 

“Cuando te conocí no pensé que me atraparías eternamente en esa hermosa telaraña de tu ironía. Puedo ensayar más dilucidaciones, pero me contiene la grandeza de tu nombre y de tu obra. No podré borrar nunca jamás esa sabiduría de profeta, o esa admirable prosa ni aquellos prodigiosos versos de tu poesía. Cuando la misericordia se apiadó de mí y cogí uno de tus libros sentí que el cielo se partía en dos y mi alma se multiplicaba como en tus ecuaciones literarias. Aún no he rozado la décima esfera de los cielos concéntricos, pero ya me siento siervo de tu palabra. Sí, lo confieso, intenté apartarme de tu sombra (que es luz) para caminar a solas con mi destino literario y acabé encontrándote en ficciones deslumbrantes. Hasta te muestras en las fantasías que todavía no se han escrito. Sospecho —y que me perdonen los religiosos y ascetas— que tú, Borges, lo creaste todo, incluso a Dios”. 

Jorge Luis Borges pondera un juicio del valor literario de Leopoldo Lugones y decía que “una cosa es el máximo escritor y otra el libro máximo”. Continúa desarrollando los fundamentos de su escrito: “No hay libro de Quevedo que pueda equipararse al Quijote, pero Cervantes, juzgado como hombre de letras, es inferior a Quevedo, sin menoscabo de su gloria…”. 

Es factible entender esta proposición de Borges no soslayando las formalidades de la vida y obra de un artista examinando el mérito de lo singular (el creador de una genialidad estética. Una personalidad de talento superior) y el conjunto (la robusta obra) de libros bañados en plenitudes originales. En Borges se cumple a cabalidad esta visión del escritor (“hombre de letras”) y el libro máximo. Ambas expresiones están ligadas como si fueran inflexiblemente consustanciales. La vida del autor no se aleja de las ficciones o las representaciones que ensaya en cada uno de sus libros. El escritor Borges que lee filosofía o metafísica reflexiona en sus creaciones desde la postura de un personaje que duda de su existencia o la cuestiona con parábolas, mitologías o fábulas del tiempo y sus posibilidades matemáticas. Su vida va convirtiéndose en su obra nada diferente a cualquiera de sus personajes. Hasta el cuchillero de Francisco Real o el Corralero del cuento “El hombre de la esquina rosada” fueron pedacitos de la vida del autor como testigo de alguna trifulca en el arrabal que alguna vez comentó en una charla en Colombia. No exclusivamente por las peripecias de lenguaje (como técnica o cultura de palabras) del autor sino por nutrirse de literatura mucho más que otros escritores. Entregado en alma y cuerpo a la creación descuidando tal vez aquella mundanidad que da el confort de los hijos o la familia. Tranquilizó las emergencias del deseo y las entelequias del corazón.  

Un 24 de agosto de 1899 nace Jorge Luis Borges en la casa de su abuelo ubicada en la calle Tucumán entre Esmeralda y Suipacha. Hijo de Jorge Borges también escritor y profesor del Instituto de Lenguas Vivas. Alicia Jurado en su libro Genio y figura de Jorge Luis Borges (Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1964) refiere este grato recuerdo por propia voz de la madre de Jorge Luis: “Leonor Acevedo afirma que fue su marido quien guio al hijo en sus gustos literarios; poseían la misma clase de inteligencia, el mismo tipo de humour, y conversaban sobre literatura mano a mano, desde que el chico era muy joven”. 

La genialidad suele manifestarse a temprana edad a pesar que esto no es siempre una regla de oro, escritores como Sartre, según su autobiografía, Las palabras, a los tempranos años era ya un novelista. En ese recuerdo de su infancia escribe acerca de esos comienzos: “tocando con una mano mi tumba y con la otra mi cuna, me sentía breve y espléndido, un relámpago borrado por las tinieblas.” A los seis años escribió “La visera fatal” y a los diez tradujo El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Sabía que estaba sentenciado a un eterno cortejo con las palabras. 

Vivió su adolescencia y juventud en Ginebra, Suiza. Allí lo embrujaron los libros y cual perdurable hechizo nunca se separó de ellos. En esas tierras culminó el bachillerato. Suiza fue como una de sus “segundas patrias”. Devoraba las obras como un salvaje que necesita de ellos para saciar sus bizarros deleites. Estos acontecimientos iniciales de una sólida educación y una solitaria vocación entre los libros de la biblioteca de su abuelo le sirven para ir construyendo un estilo original. A los veinte años leía y escribía perfectamente en inglés, alemán, francés y latín. El ultraísmo marca sus inicios que coinciden con sus estancias en ciudades españolas y participando de algunas trifulcas literarias que a todo joven le suceden pretendiendo con sus vanidades mofarse de las tradiciones y oropeles de algunas corrientes estancadas en sus memorias culturales como el modernismo. Es a partir de Fervor de Buenos Aires donde ensaya una sensual despedida de algunas formas literarias que convivían en esa juventud. Nos dice en la presentación de ese libro: “Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos devotos de Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman.” Continúa: “En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”.

Borges no gustaba de hacer novelas, ostentaba la cualidad de convertir una larga historia en unas breves líneas de exactitud. Antonio Tabuchi escribió que quizás Borges nunca existió y que alguien lo inventó como una broma literaria. Lo cierto es que el maestro ya resplandecía desde los 20 años con ensayos de selecta escritura y exquisita inteligencia. 

En Ficciones y El Aleph se disfraza de Dios y juega con la sabiduría, la matemática, la teología, la belleza, la inmortalidad y el tiempo. En Historia universal de la infamia poetiza la vida de los más famosos criminales retratados con ternura y valor de caballeros de la muerte elevados al cenáculo literario. Piratas, cuchilleros, pandilleros y forajidos de toda estirpe se pasean en las hojas de estos retratos de una inmensa literatura. 

Varios de sus cuentos fueron llevados al cine como “Tema del traidor y del héroe” por el eficiente director Bernardo Bertolucci, titulando al film como La estrategia de la araña(1970). Esta faceta ha sido poco estudiada por los críticos y comentaristas pero observamos en sus textos abundantes iconografías cinematográficas. Otra manifestación fílmica la hallamos en el "Hombre de la esquina rosada" donde en ese juego de compadritos y machos del arrabal uno siente el ritmo de la milonga, el filo de los cuchillos: “¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!- dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango. Borges crea atmósferas precisas en torno a un espontáneo acontecer.” El cineasta argentino René Múgica la llevó a la pantalla grande en 1962 capturando sus claroscuros y el saborcito criminal de la inmensa historia.  

Maria Kodama llegó a nuestro país en el 2001 invitada por la Universidad de Lima en el marco del espacio Cathedra, a participar de un homenaje a Jorge Luis Borges. Compartimos sus palabras: “Así, como en la arquitectura existen dos principios que definen la construcción y la maestría de un hábil arquitecto: el manejo del espacio y de la luz; del mismo modo la vida de los hombres también está regida por dos conceptos tan abstractos, tan inasibles como el espacio y la luz, para decir el tiempo y la memoria que determinarán con inflexibilidad los destinos de los seres humanos.”(La memoria de Borges, Colección Cathedra, 2001). Cuando escribía o recitaba sus versos o hablaba de libros descollaba en su ser ese hombre que describe su esposa. Más que docto, catedrático de pizarra o maestro de pupitre lo suyo nunca fueron clases formales sino charlas con sus contemporáneos inmortales. 

El 14 de junio de 1986, a los 86 años Jorge Luis Borges murió en Ginebra de un enfisema pulmonar acompañado de su joven y erudita esposa, María Kodama. A ella la dejó viuda y a nosotros huérfanos de esa ironía luminosa y universal a la que nos tenía tan mal acostumbrados. Solo los hombres poseedores de un estilo supremo pueden trasladarnos con sus escritos a esa cumbre del placer de las ficciones. Borges cuando mentía, lo hacía tan bien, que le creímos todo. Vivió intensamente la literatura. Prestándome palabras de Mario Vargas Llosa, como “una diaria y furiosa inmolación”.

Carlos Rivera
09 de diciembre del 2022

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