Arturo Valverde

“La laguna”, un cuento de Joseph Conrad

Algunos apuntes sobre la obra del gran escritor polaco-británico

“La laguna”, un cuento de Joseph Conrad
Arturo Valverde
06 de agosto del 2024


Querida hermana:

Luego de dedicarle un mes entero a la lectura de “Los hermanos Karamásov” de Dostoievski, cumplí uno de mis deseos literarios: leer a Conrad. Había leído, de manera ligera, algunos artículos sobre él y, al mismo tiempo, había escuchado, por la noche, una biografía de Joseph Conrad. Te diré un secreto: en ocasiones, antes de dormir, escucho biografías de escritores con los ojos cerrados, como un niño al que le leen un cuento. 

Mi decisión fue la más acertada. Empecé, no hace mucho, leyendo algunos de sus cuentos, como “La laguna”. Schifino, prologuista de este volumen, ha elegido con certeza la descripción de la prosa de este artista, y cita: “Lento y majestuoso”, escribe Virginia Woolf; “Delicado como un mecanismo de relojería”, decía H. G. Wells. El autor, en cambio, diría de su propia obra que “el fin que me esfuerzo por alcanzar, con el poder de la palabra escrita, es haceros comprender, haceros sentir y, ante todo, haceros ver”.

Dicho esto, extraigo para ti, dos párrafos seleccionados al azar, que estremecen por los detalles, a veces imperceptibles para cualquier otro: “El blanco salió de la cabaña a tiempo para ver el enorme incendio del atardecer apagarse entre las sombras rápidas y sigilosas que, al elevarse como un vapor negro e impalpable sobre las copas de los árboles, se propagaban por el cielo sofocando el resplandor carmesí de las nubes flotantes y el brillo rojo de la luz que se marchaba…”.

Líneas adelante, Conrad parece estar en todas partes al mismo tiempo, adentro y fuera de la cabaña de Asrat, como si sus sentidos estuviesen atentos al movimiento de la naturaleza y todo aquello que sucede a su alrededor: “Se quedaron callados delante del fuego. No había ningún sonido dentro de la casa, no había ningún sonido cerca de ellos; pero a lo lejos, en la laguna, claras y entrecortadas, se oían resonar las voces de los barqueros sobre el agua calma. La fogata que habían encendido en la prosa del samán brillaba con un vago resplandor rojo. Al cabo se extinguió. Las voces cesaron. La tierra y el agua dormían invisibles, inmóviles y mudas. Era como si no quedara nada en el mundo salvo el brillo de las estrellas, corriendo vano e interminable por la quietud negra de la noche”.

“El enorme incendio del atardecer apagarse entre las sombras rápidas y sigilosas…”; “la tierra y el agua dormían invisibles, inmóviles y mudas…”, por citar solo un par de líneas de ambos párrafos, requieren no solo de talento sino también de una gran sensibilidad. 

Y, finalmente, a ese punto quería llegar al escribirte esta carta: la sensibilidad. La sensibilidad que todos deberíamos intentar desarrollar como Conrad, ante las cosas que nos rodean, sea esta la jungla o la ciudad. Esa sensibilidad, demanda todos los sentidos del artista para captar y transmitir después la misma emoción que produce en él la fuerza de la naturaleza.

Arturo Valverde
06 de agosto del 2024

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