Jorge Varela
La esperanza como destino común
Lo imposible se puede lograr dejando de lado el egoísmo

“Voy a hablar de la esperanza” es uno de los buenos poemas de César Vallejo; pero debido quizás a los dilemas surrealistas que atormentaban su existencia, estos versos se convirtieron en el trasunto fiel de todo su dolor ahogado. Parafraseándole me atrevo a reflexionar sobre la esperanza; mejor dicho, voy a intentar escribir acerca de la esperanza en tiempos de dolores y desencantos. Y aunque también parta desde el dolor que padecen los postergados y desvalidos –y de ese sufrimiento intenso que anida en el cuerpo y en el alma de ellos– me esforzaré por escribir alegremente sobre la esperanza, aquella virtud teologal tan olvidada por los creyentes como degradada por el progresismo materialista y nihilista contemporáneo. Esa virtud que permite al hombre pasar de devenir a ser.
La esperanza de núcleo perenne
Escribir de ella puede ser más fácil que palpar sus entrañas. ¿Es posible “pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón”?, como dice la canción de Diego Torres, cuya fórmula mágica consiste en: “saber que se puede, querer que se pueda… quitarse los miedos”. La idea de esperanza como inspiración de futuro, como principio y fundamento del cambio, como fórmula para superar las incertidumbres del presente, como búsqueda de un nuevo equilibrio, como luz orientadora, como fuerza y pulsión de vida, como dimensión individual y comunitaria, es superior a cualquier categoría de pensamiento especulativo y desborda la esfera material de lo real-cósmico. Es la esperanza como plataforma de lanzamiento hacia un destino común encarnado por todos.
Lo que debiera esperarse
“¿Qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar?”: son dos preguntas contenidas en la Carta Encíclica “Spe Salvi” de Benedicto XVI. En ese documento se expone lo siguiente: “Ante todo hemos de constatar que un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. Aquí, en el conocimiento progresivo de las estructuras de la materia, y en relación con los inventos cada día más avanzados, hay claramente una continuidad del progreso hacia un dominio cada vez mayor de la naturaleza”. “En cambio, en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres”.
La libertad es siempre un desafío permanente
“La libertad presupone que en las decisiones fundamentales, cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio”. “Las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como lo están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella”. Mientras el hombre prepara su equipaje para recorrer este camino cubierto de obstáculos y arideces surge otra interrogante ineludible: ¿la esperanza que flamea al viento es una bandera individualista?
Enemigos perversos de la esperanza
Spe Salvi señala que “en los tiempos modernos se ha desencadenado una crítica cada vez más dura contra este tipo de esperanza: consistiría en puro individualismo, que habría abandonado al mundo a su miseria y se habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada”. Esta Encíclica cita la Carta a los Hebreos que habla de una “ciudad” y de una salvación comunitaria. Por eso, “la “redención” se presenta precisamente como el restablecimiento de la unidad en la que nos encontramos de nuevo juntos en una unión que se refleja en la comunidad mundial de los creyentes”. Spe Salvi va más allá y anticipa hasta la configuración de un hipotético escenario secular: “un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él; y el anticristo [...] inauguraría su régimen, aunque breve (fundado presumiblemente en el miedo y el egoísmo… A continuación… podría ocurrir, bajo el aspecto moral, el final (perverso) de todas las cosas” (transcripción Carta Encíclica citada).
Una nueva forma de esperanza
La esperanza es como las estrellas, tan difícil de alcanzar, pero tan brillante como ellas. De ahí que “quitarnos los miedos” es precisamente lo que hoy necesitamos. ¿Cómo lograrlo? Alegría, optimismo, coraje, son algunos de los nutrientes imprescindibles. “Lo imposible se puede lograr”, “la tristeza algún día se irá”, es la propuesta de Diego Torres. “Y así será, la vida cambia y cambiará”. Ello ocurrirá cuando la “comunidad de vida” que nos cobija recupere toda su fuerza y sentido ético y vivamos en paz y sin miedos en un mundo peligrosamente inestable, cuando el delirio ideológico por el progresismo materialista deje de ser nuestra tentación enajenante y nos dediquemos a cuidar la vida de todos.
La estrella activa de la esperanza
Por eso hoy esperamos, esperamos que suceda en comunidad aquello que todos esperamos. ¡Que la esperanza sea el amparo virtuoso para que el hombre ame la vida y no rechace su dimensión comunitaria! Es nuestra mayor y única esperanza.
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