Berit Knudsen
La democracia como ideal
Este régimen evidencia la fragilidad de nuestro sistema

La democracia, que surge con Heródoto como el “poder del pueblo”, tuvo que esperar muchos siglos para convertirse en esa democracia moderna o liberal que hoy concebimos como un ideal en constante evolución para alcanzar la igualdad. Lo contrario es un régimen opresivo, autoritario o el poder de pocos. La democracia es esa participación, en la que unos ganan y otros pierden, pero es el gobierno para las mayorías que busca armonía, incluso para los perdedores.
Los electores ceden su poder mediante el voto, por un tiempo determinado, condicionándolo al cumplimiento de las promesas de campaña, ofrecimientos que tienen que ser honrados. Es en base a esas promesas, que el pueblo decide. Pero, lamentablemente, la honestidad y la eficiencia sólo pueden ser comprobadas durante el ejercicio del gobierno; es difícil saber cómo será un mandato antes de que inicie su gestión. Por ello son necesarios los mecanismos para que el pueblo recupere su poder en caso de ser engañado. No es una entrega a plazo fijo, tampoco por un plazo indeterminado; no es la titularidad del poder, es una opción para el ejercicio del poder en las condiciones pactadas en la elección del mandato.
Este régimen evidencia la fragilidad de nuestro sistema, que demuestra no estar preparado para soportar la administración de un gobernante sin principios y valores. A pesar de que en nuestra Constitución ha ido introduciendo mecanismos con componentes presidencialistas, semipresidencialistas y también parlamentaristas para evitar el autoritarismo, estas medidas están resultando insuficientes para frenar un mandato que hace uso y abuso de todos los recursos del Estado para aferrarse al poder. Nada parece ser suficiente para controlar a un gobierno como el actual, donde impera la corrupción, donde el pueblo y sus demandas, parecen ser irrelevantes.
El país padece de una corrupción sistémica. Y, aunque los presidentes que nos han gobernado en los últimos 30 años han sido investigados y juzgados, este escarmiento parece no frenar los delitos. La realidad, superando a la ficción, nos presenta a personajes cada vez más improvisados con pretensiones presidenciales; problema fruto de la ausencia de verdaderos partidos políticos, de auténticos peruanos con principios, valores y amor por el país.
Un régimen que se burla constantemente de los peruanos, que en 16 meses ha nombrado a 6 gabinetes con 80 ministros en su mayoría impresentables, con antecedentes penales, sin experiencia o conocimientos sobre sus carteras, no merece permanecer a cargo del país. Pero eso no es todo. ¿Qué presidente puede aferrarse a su cargo con 51 carpetas de investigaciones fiscales abiertas? Sólo Pedro Castillo, sólo un sujeto amoral, que utiliza los recursos de los peruanos para seguir contratando a personajes de dudosa procedencia y así aferrarse al poder. ¿O evadir a la justicia?
La crisis no ha cesado, sigue intensificándose desde inicios del régimen. La agenda nunca fue gobernar para todos los peruanos y tampoco para los menos favorecidos; los objetivos fueron desde el principio, convocar a una Asamblea Constituyente y el cierre del Congreso. Es por ello por lo que 8 de cada 10 peruanos piensan que Pedro Castillo es deshonesto; el mismo número piensa que es incompetente y 9 de cada 10 opina que no está capacitado para gobernar.
Los niveles de confianza del Ejecutivo son dramáticamente bajos; pero Pedro Castillo se vale hoy de esta palabra, empleándola para alcanzar sus fines: cerrar el Congreso. Una vez más se apela a la denegación fáctica llamándola “rehusamiento” –término que no aparece en diccionario alguno–. Nombran primera ministra a Betssy Betzabet Chávez, a pesar de haber sido censurada como ministra de Trabajo; provocación tan grotesca como el nombramiento del efímero Gabinete Valer. El objetivo parece ser que le nieguen la confianza y, como plan de contingencias, el ministro de Economía, Kurt Burneo ya declaró que “si el presupuesto se hubiese mantenido equilibrado no habría lugar para ninguna cuestión de confianza”.
Esto es una guerra entre el Ejecutivo y el Legislativo, en la que el primero parece tener todas las herramientas y los presupuestos para ganar una batalla que todos los peruanos terminaremos perdiendo. Esperemos que el Congreso haga bien su trabajo.
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