Victoria Vigo

¿La cuarta es la vencida?

Keiko Fujimori tiene esta vez una ventaja real que nunca antes había tenido

¿La cuarta es la vencida?
Victoria Vigo
26 de mayo del 2026

 

Con el 100% de actas contabilizadas, luego de unas elecciones caóticas con 35 candidatos, manchadas por irregularidades y una profunda desconfianza de la población hacia una clase política desgastada, tenemos a Roberto Sánchez y a Keiko Fujimori —por cuarta vez— en la segunda vuelta. Siempre se ha dicho que la señora Fujimori pierde hasta con un panetón, una frase que se ha cumplido como una maldición las últimas tres elecciones. Pero estamos en Perú, el país de las maravillas: parece que esta vez puede ser distinto, pues se juntan diversos factores que favorecen al partido naranja, y los ánimos generales son distintos que hace cinco años.

“A río revuelto, ganancia de pescadores”, reza un refrán común. En este caso, es la explicación de cómo la política más impopular de este país puede seguir pasando a segundas vueltas e incluso quedar primera: apatía política y representatividad ínfima. Veamos los resultados generales:

Como se puede observar, el verdadero ganador de la primera vuelta es el "otros" y "nulos/blancos", una pequeña muestra de cómo el grueso del Perú no quiso a ninguno de los candidatos que se disputarán la segunda vuelta, un presagio de la poca representatividad que tendrá el siguiente gobierno —gane quien gane—. Si tenemos una atomización del voto combinada con una desconfianza generalizada en el peruano de a pie, es normal que el único verdadero partido político del Perú, con capacidad organizativa, presencia de bases, experiencia, trabajo de campo y una líder indiscutible como lo es Fuerza Popular, salga triunfante. Pero que no canten victoria, pues su escenario tampoco es el de un aluvión popular: simplemente son el tuerto en un pueblo de ciegos.

Si nos ponemos todavía más incisivos con el análisis de la representación —tomando esta vez como referencia todo el padrón electoral de más de 27 millones de electores, en vez de simplemente los votos emitidos o los válidos—, la situación es todavía más dramática: Fujimori y Sánchez no representan ni al 20% del total de electores, y el resto de candidatos no llegan a las dos cifras. Es algo que debería deprimir a la mayoría de políticos en este país.

Entonces, ¿por qué Keiko podría ganar esta vez? Por varios motivos que convergen en esta ocasión. Empecemos por el comportamiento del voto naranja. El fujimorismo es el único movimiento político que ha tenido representatividad en todas las elecciones desde su sorpresiva irrupción en los años 90. Ganó arrasadoramente en 1995, y en las elecciones de 2001 —aún yendo partido en dos (Carlos Boloña con Solución Popular y Cambio 90 con solo lista congresal sin candidato a presidente) y debilitado luego de la dictadura— logró obtener 3 escaños de 120. En 2006 sacó un 7,34% de votos válidos en la presidencial con Martha Chávez a la cabeza, y más de 1,4 millones de votos congresales, siendo Keiko la congresista más votada con más de 600 mil votos. En las elecciones donde Keiko toma la batuta —como es natural debido al carácter caudillista del elector peruano promedio—, el voto fujimorista se dispara. La historia ya es muy conocida en 2011, 2016 y 2021. Centrémonos en esta última: muchos politólogos afirmaban que, luego del berrinche y sabotaje al gobierno de PPK, además del colaboracionismo con la inestabilidad política, el fujimorismo estaría muerto; pero se equivocaron estrepitosamente. Keiko obtuvo 1,9 millones de votos presidenciales en primera vuelta. Hoy, 2026, en su cuarta elección presidencial y contra todo pronóstico, está fortalecida, pues ha sacado exactamente 946 916 votos más que en 2021. A pesar de toda su impopularidad, ha logrado convencer a casi un millón de personas de que es la mejor opción entre más de 30 candidatos; un mérito para nada despreciable.

 Incluso ha logrado mejorar en regiones tan antifujimoristas como el sur peruano: mejoró +1,5% en Puno, +1,7% en Cusco, +2,3% en Arequipa, +2% en Tacna, +1,3% en Huancavelica y +0,4% en Apurímac. Por el lado de las regiones pendulares en el centro del país, Fuerza Popular también recuperó Junín y Pasco, donde Pedro Castillo la había superado ampliamente en 2021, y obtuvo una mejora porcentual del +3,2% y +6,3% respectivamente. Contra todo pronóstico, Keiko ha crecido. Y como dato curioso, en Pasco —el "Ohio peruano", es decir, la región que ha votado siempre por el ganador en elecciones presidenciales (aunque aplica más para segunda vuelta)—, Keiko obtuvo el primer lugar con solo 236 votos más que Roberto Sánchez.

Alguien que observe a primera vista la evolución del voto fujimorista pensaría que fue en 2016 cuando Keiko tuvo la mayor oportunidad para llevarse la presidencia, algo que en términos puramente numéricos podría tener sentido. Pero la política no son solo números, sino también escenarios, narrativas y manejo del ánimo generalizado, y hoy todos esos factores son bastante distintos que en 2021, 2016 o incluso 2011.

Antes de profundizar, entendamos al antifujimorismo como lo que es: un movimiento amorfo, sin pies ni cabeza y mucho menos propuestas, sin ningún tipo de cohesión más allá de odiar visceralmente a Keiko y al legado de su padre en las segundas vueltas. Ahí tenemos un problema, puesto que un movimiento sin cohesión interna entre sus miembros es débil ante cualquier externalidad. En este caso, la externalidad es la situación general que atraviesa el país. Antes, el cuco era el autoritarismo y la dictadura de los 90; hoy, esa narrativa antifujimorista está sumamente desgastada tanto por el paso del tiempo —un mismo relato, sobre todo uno tan gastado, no siempre funcionará— como por la coyuntura actual. El Perú atraviesa una de sus peores crisis de inseguridad, con las extorsiones y homicidios en aumento desde hace años según data técnica del INEI —y eso tomando en cuenta solo las denuncias en un país donde el 80% no denuncia—, sumado a una fuerte sensación de inseguridad generalizada.

A lo anterior se puede agregar el hartazgo por la inestabilidad política. La población está cansada de ver desfilar presidentes cada cierto tiempo y de que seamos la burla del mundo por eso, además de sus nefastas consecuencias económicas, como el estancamiento o la huida de inversiones, que perjudican los empleos. En resumen, el peruano está harto, inseguro del futuro y con miedo.

Ante este escenario tan desolador, siendo muy realistas, el único partido que ofrece una narrativa de orden y estabilidad desde hace mucho tiempo es Fuerza Popular, tanto por sus propuestas de mano dura como por su disciplina partidaria, así como por el recuerdo de Alberto Fujimori. Aunque a los más cucufatos politólogos les duela, el expresidente aún genera esperanza y sonrisas en amplios sectores de la población, puesto que su gobierno es recordado como uno que trajo orden y esperanza a un país desangrado por el terrorismo y hundido en la miseria económica. Es fácil deducir que una gran masa de votantes termine decantándose por la opción de orden —aunque sea autoritaria— ante la crisis.

Claro, ayudados por el exfiscal José Domingo Pérez, que desde 2017 venía investigando a la señora Fujimori para que, al final, no lograra meterla presa; además de volverse abiertamente abogado de Castillo y ahora ser parte del equipo técnico de Roberto Sánchez. Todo ello le da la razón a la derecha más furibunda del Perú, cuyos representantes siempre lo acusaron de ser un fiscal politizado. Sea una verdad fáctica o no, es un pésimo mensaje para el centro político.

Todo lo anterior podría sonar a mera especulación sesgada de una fujimorista de clóset, pero no es así. Ya hay datos que demuestran este cambio de escenario, específicamente la primera y segunda encuesta de la segunda vuelta. En la primera, Keiko empataba con Roberto Sánchez con un 38% según Ipsos: el mejor resultado que ha obtenido en todas las primeras encuestas, pues siempre partía perdiendo para efectivamente perder al final contra Humala, PPK y Castillo.

Para la segunda encuesta, Keiko va liderando con un 39% de la intención de voto, frente a Sánchez, que tiene 35%. A eso se le puede complementar cómo, según la misma Ipsos, el antivoto de Keiko se ha ido desplomando, pasando de un 64% el 5 de febrero a un 44% el 17 de mayo.

Otro motivo por el que Keiko tiene altas probabilidades de ganar en esta ocasión es que Roberto Sánchez es el peor panetón al que se podría enfrentar —en el buen sentido de la palabra para ella—, puesto que su disfraz del profesor Pedro Castillo se siente falso, no termina de calar, algo que se ve reflejado en sus votos totales, así como en el desempeño comparado en regiones.

Castillo sacó un total de 2.724.752 votos, representando un 18,9% de los votos válidos. Sánchez, en comparación, sacó poco más de dos millones, llevándose un 12%. En regiones castillistas, Sánchez se quedó corto: en Puno sacó -22,4%; en Ayacucho, -20,5%; en Arequipa, -22,1%; en Cusco, -15,3%; en Huancavelica, -10,8%; en Madre de Dios, -13,6%; en Tacna, -21,3%; en Moquegua, -21,5%; en Apurímac, -12,4%. Las únicas regiones donde le fue significativamente mejor que al profesor son Amazonas, con una mejora del +10,2%, y Cajamarca —seguramente por la ruta castillista—, donde, a pesar de haber sacado menos porcentaje, obtuvo unos 15.000 votos más que el ensombrerado original.

Lo que llama la atención de esto es cómo el sur peruano ha apoyado significativamente menos a Sánchez que a Castillo, algo explicable tomando en cuenta el perfil de Sánchez: no es provinciano —nació en Huaral, pero es sanborjino—, no es un outsider ni alguien de zonas rurales. Por el contrario, es un sanborjino que siempre ha vivido del Estado, ha sido ministro y actualmente es congresista; características de la élite política que no gustan al electorado antisistema sureño. Y claro, con un historial de puñaladas por la espalda desde el principio: traicionó a Yehude Simón, su líder en el Partido Humanista; traicionó a Castillo durante la vacancia; y ahora vemos cómo niega —traicionando una vez más— a Antauro Humala, su mayor aliado durante la segunda vuelta.

Es bastante obvio por qué su electorado típico le bajó el dedo en gran medida, cosa que, claro, favorece a la candidata naranja. Sánchez es mucho más difícil de romantizar que el profesor chotano, quien genuinamente era una oveja entre lobos y realmente representaba a las zonas rurales. Roberto Sánchez, no.

Por todo lo anterior, Keiko Fujimori tiene esta vez una ventaja real, tangible, que nunca antes había tenido. No porque sea mejor candidata —sigue siendo la misma Keiko de siempre—, sino porque el país ha cambiado. El miedo al autoritarismo ha sido reemplazado por el miedo al caos. El antifujimorismo, antes una máquina de votar en contra, hoy es un ejército desorganizado sin general. Y Roberto Sánchez, el peor panetón de la historia, es el adversario que cualquier candidato soñaría tener enfrente: falso y traidor y, sobre todo, parte de esa clase política que el Perú aprendió a odiar. Lo que sí es seguro es que, gane quien gane, el próximo presidente o presidenta llegará al poder con menos del 20% del padrón electoral en los bolsillos, despreciado por una mayoría que no lo quiso, y con un país desangrado por la inseguridad, la inestabilidad y la desconfianza.

Y en ese escenario de podredumbre generalizada, la pregunta no es si Keiko ganará o no. La pregunta es: ¿alguien quiere realmente ganar esto? Porque, en el Perú de las maravillas, la verdadera maldición no es perder. Es tener que gobernar.

Victoria Vigo
26 de mayo del 2026

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