Silvana Pareja
La caída de Maduro y el nuevo mapa de poder en Sudamérica
El giro a la derecha establece mejores condiciones para la cooperación
La salida de Nicolás Maduro del poder no solo representa un quiebre interno en Venezuela, sino que coincide con un cambio estructural en el equilibrio político de Sudamérica. Hoy, Chile y Argentina ya se encuentran gobernados por presidentes de derecha, mientras que Perú, de cara a sus próximas elecciones, muestra señales claras de un posible giro en la misma dirección. Esta coincidencia temporal no es menor: redefine las reglas del juego regional.
Durante más de una década, el régimen venezolano sobrevivió en gran medida gracias a un entorno latinoamericano fragmentado, donde la afinidad ideológica, la neutralidad estratégica o el silencio diplomático permitieron prolongar una crisis que se volvió crónica. Ese escenario ha cambiado. El nuevo bloque de gobiernos de derecha tiende a compartir tres prioridades comunes: estabilidad institucional, control del orden interno y alineamiento pragmático con Estados Unidos. En ese marco, la caída de Maduro se interpreta menos como un episodio aislado y más como el cierre de un ciclo político regional.
Para Estados Unidos, este contexto resulta particularmente favorable. A diferencia de años anteriores, Washington ya no enfrenta una región mayoritariamente hostil o desconfiada frente a su rol hemisférico. Por el contrario, encuentra gobiernos dispuestos a cooperar en temas sensibles como seguridad, narcotráfico, migración y energía. Esto no implica una subordinación automática, pero sí una convergencia de intereses que reduce la resistencia política a una transición venezolana respaldada desde el exterior.
Sin embargo, esta nueva correlación de fuerzas también introduce riesgos. Un alineamiento excesivo podría alimentar la percepción de que la transición venezolana responde más a un rediseño geopolítico que a una demanda genuina de su ciudadanía. En América Latina, donde la memoria de intervenciones externas sigue siendo un factor político relevante, ese discurso podría ser aprovechado por sectores radicales para cuestionar la legitimidad del proceso y generar inestabilidad.
En el caso peruano, el escenario es particularmente delicado. Un eventual gobierno de derecha llegaría al poder en un país marcado por la desconfianza institucional, la fragmentación política y un electorado cansado de promesas incumplidas. En ese contexto, la política exterior podría convertirse en una herramienta para proyectar orden y coherencia: una posición firme frente a Venezuela, coordinada con países vecinos, podría enviar una señal de previsibilidad a los mercados y a la comunidad internacional.
No obstante, el Perú también deberá manejar con cautela el impacto social del proceso venezolano. La migración seguirá siendo un tema sensible. Aunque una Venezuela en transición podría reducir la presión migratoria a mediano plazo, el corto plazo estará marcado por incertidumbre, retornos parciales y movimientos desordenados de población. La tentación de usar el tema migratorio como bandera electoral existe, pero hacerlo tendría costos sociales y diplomáticos considerables.
En suma, la caída de Maduro ocurre en el momento exacto en que Sudamérica redefine su orientación política. El giro a la derecha no garantiza estabilidad ni éxito regional, pero sí establece un marco más homogéneo para la cooperación. Para Perú, el desafío será aprovechar esta nueva etapa sin perder autonomía, entendiendo que el verdadero liderazgo no se mide por alineamientos ideológicos, sino por la capacidad de anticiparse y proteger los intereses nacionales en un entorno regional en transformación.
















COMENTARIOS