Carlos Rivera

Esgrima de sabios

Cuando un genio escribe sobre otro genio

Esgrima de sabios
Carlos Rivera
14 de octubre del 2022


Nos asombran aquellos libros en los que un genial hombre resuelve desarrollar la biografía de un genio de las letras, del pensamiento o de la ciencia. Se entremezclan la erudición, la amistad, el cariño y el contraste crítico que se ensaya cuando uno de esos ímpetus descomunales de saberes recorre la vida y obra de su camarada gigante. Eso hizo Víctor Hugo en su estancia en Inglaterra, cuando decidió brindarle a esas tierras un hermoso tributo a su noble hijo de las letras, mediante la obra
William Shakespeare (F. Sempre y Compañía, Editores Valencia,1909). En la dedicatoria el escritor francés escribió: “Digo a Inglaterra la verdad; pero como tierra ilustre y libre la admiro, y como asilo la amo”. 

El ilustre político español Antonio Aura Boronat abrumado por dedicar unas palabras a esta obra donde un genio estudia a otro genio dijo en tono contrito y lleno de una inteligente humildad: “Líbrenos Dios del atrevimiento de escribir un prólogo para una obra como la presente. Los nombres de William Shakespeare y de Víctor Hugo deben ir solos. Si el lector ve el mío asociado a los de ellos es porque en alguna parte he de decir que soy el que por primera vez ha traducido al español este hermoso libro”. El repaso de Hugo al dramaturgo inglés no es una diatriba de epítetos cariñosos ni una zalamera adulación, es un recorrido por el arte, la belleza y los datos biográficos. El asombroso contrapunteo desde todos los conocimientos del escritor (religiosos, literarios, artísticos, filosóficos y científicos) para comprender y revelar al mundo la suprema inteligencia y el alto espíritu del autor de Hamlet.

Stefan Zweig también ensayó una gran biografía de los últimos días del gran escritor ruso León Tolstoi. Y nos entregó, con sensibilidad de artista, un retrato humano de esas agonías y tragedias existenciales en la que se encontraba el autor de Guerra y Paz en aquellos años en que la vanidad, los vicios del cuerpo y la mundanidad pretendía aturdirlo, sin poder reposar con las virtudes de la armonía de su cerebro y las probidades del corazón derruido. La sublime obra es Tolstoi (Editorial Zig-Zag, 1935).

Los libros que no he escrito (Ciruela, 2008) es un conjunto de perfiles, crónicas y ensayos de George Steiner (Francia,1929). Comentarios desde la mirada de un hombre de titánica cultura y visión crítica que le permitían estudiar las variadas fronteras de la literatura, la filosofía, la cultura o la crítica. Steiner fue un trotamundos y un hombre de academia. Un guardián de la escritura desde su humanidad desbordante. Su postura política nunca fue obstáculo para expandir con criterio su monumental inteligencia. Sus saberes fueron desplegados en prestigiosas universidades del mundo como Cambridge, Princeton, Harvard o en la Universidad de Ginebra. Sus colaboraciones formaron parte de las más importantes revistas y diarios del mundo como The Economist, The Times Literary, The New York Times o New Yorker. Además fue reconocido con el Premio Príncipe de Asturias, y como miembro de honor de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, de la Academia Británica. Ganó en el 2007 el Premio Internacional Alfonso Reyes. Sus libros abarcan penetrantes análisis sobre grandes autores o filósofos como Nietzsche, Thomas Mann, Paul Bourget, Paul Valéry, Louis Gilloux, Alain, Saul Bellow, Fernando Pessoa, Yasunari Kawabata, Shakespeare, Max Weber,Sócrates, Heidegger o saberes que alcanzaban desde el humanismo, la lingüística, la música, la política o el ajedrez.

Steiner nos dice de Los libros que no he escrito: “Es una de las vidas que podríamos haber vivido uno de los viajes que nunca emprendimos” Y, con el sugestivo título de ser una obra que era la suma de muchos intentos loables de algún posible trabajo sobre los autores o personajes que ahora integran este soberbio libro. Steiner hizo una obra de sus fallidos opúsculos o “una anatomía del alma” como diría Christopher Domínguez Michael para la revista Letras Libres.

Detenernos en cada uno de los títulos sería un poco quitarle el gusto a cada lector y su sorpresa. Mi intento es más informativo disculpándome por estas apasionadas líneas por la vida y obra de un hombre extraordinario del cual se ocupa Steiner con toda su obsesión de literato, hombre de academia y observador erudito de una significativa vida como fue la del biólogo inglés Joseph Nedhaam. El capítulo dedicado a este sabio lleva por nombre “Chinoiserie” y empieza su crónica recordándolo con destacada perfección:

“Cuando, a finales de los años setenta, el profesor Frank Kermode, estudioso y crítico, me pidió que colaborara con un artículo en su serie Modern Masters, le sugerí el nombre de Joseph Needham. Como no soy biólogo ni sinólogo, ni tengo formación en química ni en estudios orientales, mi falta de cualificación y lo inoportuno de mi propuesta eran patentes. Pero yo llevaba mucho tiempo hechizado por la titánica empresa de Needham y por su caleidoscópica personalidad. ¿Había existido un espíritu y un propósito más eruditos y completos desde Leibniz? Lo que yo pretendía llevar a cabo era una aproximación –posiblemente irresponsable– al hombre y a sus obras.”

Luego, con asombrosa nitidez, Steiner, quien era corresponsal –en esos años de la guerra fría y desarmes- de The Economist, lo oye con escrupulosa atención y asombro ante tan insolente humanidad. Él, lo escribe mucho mejor:

“El lugar estaba atestado. El presidente, un famoso publicista de izquierdas y compañero de viaje, presentó a Joseph Needham. La figura canosa y un tanto leonina se puso en pie. Se identificó como titular de la cátedra William Dunn de Bioquímica de la Universidad de Cambridge y como un observador directo de la situación en China y en Corea del Norte. Insistió en su compromiso, virtualmente sacrosanto, con la evidencia empírica y experimental, en su calidad de científico de alto rango internacional. Después pasó a presentar al público un proyectil vacío. Aseguró que aquel siniestro objeto ofrecía una prueba irrecusable de que la artillería americana estaba recurriendo a la guerra química. Needham y los epidemiólogos chinos habían comprobado y vuelto a comprobar los hechos.”

Steiner no quiere que te sorprendas gratuitamente halagando su íntima jactancia de prosista desea que lo acompañes en el descubrimiento –como el profeta que conduce a su discípulo- de una superior inteligencia y va poco a poco avanzando en esta historia y su arqueología sentimental (porque esta de verdad vale ser mencionada). Continua con el relato cuando lo tuvo cara a cara:

“Lo que me chocó al momento fue la visible excitación de Needham ante la perspectiva de figurar en la selección de Modern Masters. Sus «viejos ojos chispeantes» eran en efecto «jubilosos » como los de los sabios orientales celebrados por Yeats. Su regocijo iluminaba la habitación. Intenté detallar mi incompetencia, disculparme por mi intrusión de aficionado en su órbita, concisa pero también arcana. Needham hizo caso omiso. Me ayudaría a hacer mi retrato y le daría forma. Se prestaría a largas entrevistas. Empezaríamos con el proyecto casi de inmediato”.

Steiner hace uso de todos los registros literarios y su formación en arte, ciencia, filosofía para mostrarnos su impecable boceto. Needham es un sabio y no se le puede abordar desde la exclusividad literaria sino comprendiendo su impresionante conocimiento y contraponiéndolo a la revelación de sus propuestas. Que Steiner haya dicho, con sorpresa, que le abrumaban sus saberes no quiere decir que el desdeñara el derrotero de las ciencias sino que usa dicha negativa( una licencia ficcional o modestia de cronista) como recurso para que su figura pase un poco desapercibida ante la del biólogo inglés.

Needham nació en Londres en 1900, fue un bioquímico de Cambridge y miembro de la Royal Society. Casado con Dorothy Needham y su vida transcurre entre sus trabajos propios y sus intereses científicos. En 1937 su esposa muere. Se casó dos años después con la investigadora en bioquímica muscular, Lu Gwei-Djen quien había llegado a los claustros de la universidad junto a dos investigadores chinos. Así, Needham se da cuenta que los tres extranjeros tenían la misma inteligencia que él. Se pregunta entonces porque “la ciencia moderna” no había despegado en China. El amor, la ciencia y este gran desafío lo obsesionan. Steiner lo ubica entre las grandes avanzadas mentes del mundo que ve lo que otros no pudieron. Se sorprende y describe los saberes prodigiosos que abarcaba los estudios de Needham desde la bioquímica, morfología, comparativa, tecnología de la antigüedad, filosofía, arquitectura, poesía, y como complemento a su asombrosa capacidad el dominio de técnicas, idiomas o dialectos del país asiático en la contemplación de cimentar ese portento llamado Science and Civization in China en 30 tomos. Del estudio de los cristales y luego pasar al taoísmo sin ninguna interferencia o confusión en su descomunal cerebro. Seguir a Steiner en su relato del despliegue de las especialidades de esta obra es una delicia: los contrasta con pleno detalle de un historiador de la ciencia, su aparente modesta postura, como la de un observador aficionado, parecen confundirnos con la declarativa voz del cronista (literato) sorprendido por todo, pero la exposición (tan clara y didáctica) de sus párrafos lo acreditan como un conocedor de las referencias que manejaba el sabio biólogo. Cotejar su delicada pluma con cada aproximación biográfica de Needham es un placer que se merece la bendición por el milagro de dicha inteligencia.

Cuando ha sorteado aquella sorprendente vida y la de su obra capitula con lo que mejor conoce: la literatura. El asombroso viaje no podría finalizar mejor con esta embestida tan refinada: “Borges abunda en absurdas clasificaciones e inventarios, algunos relacionados con la China antigua. Como Needham, Borges miró al interior de la vorágine del dato. Me hubiera gustado explorar más este género, situar Science and Civilization in China entre estos unicornios del jardín de la razón. Joseph Needham no lo hubiera aprobado.”

Esas prodigiosas escaramuzas entre sabios –como la de Steiner y Needham- superan el tiempo y los umbrales de unas cuantas hojas de papel. Son espíritus que se convierten en sustancia, materia y energía. Sus aportes y obras desfilan eternamente y son insumos para que cualquier generación se reconozca en tan altos desafíos. Solo algunas privilegiadas mentes pueden codearse en confianza y elevación con otra extraordinaria inteligencia. A nosotros, simples mortales, nos queda agradecerles por ser testigos de estas maravillas de la creación o del universo.

Carlos Rivera
14 de octubre del 2022

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