Martin Santivañez
El pueblo y el Cardenal

Cipriani ha ganado con firmeza lo que otros han perdido en la tibieza
Los políticos de este país, lo digo en serio, tendrían que sentarse a analizar el último estudio de opinión pública de CPI sobre la religión en el Perú. Particularmente, creo yo, los políticos de este país tendrían que pensar mucho más en algo fundamental, decisivo: por qué, tras 15 años en el ojo de la tormenta, Juan Luis Cipriani, el Cardenal, tiene un nivel de aprobación que hace palidecer a cualquier hombre público peruano. Ningún líder de opinión, ningún ex presidente, ningún otorongo, opinólogo, empresario o periodista tiene, ni por asomo, el nivel de autoridad (auctoritas) que ha consolidado el Arzobispo de Lima. El pueblo quiere al Cardenal y es consciente de que él, a diferencia de los falsos profetas de la cosa pública, no les dice lo que quieren escuchar. Cuando Cipriani habla, lo hace con la verdad, pensando en la verdad y en nombre de la verdad.
Así, el Cardenal ha logrado con firmeza lo que otros han perdido viviendo en la tibieza. Habría que preguntarse, digo yo, cómo es posible que un hombre, un sacerdote, haya sido capaz de soportar durante 15 años la oposición más violenta y organizada que se ha ejercido sobre la Iglesia Católica a lo largo de la historia del Perú. Cipriani ha sido esencial para contener el vendaval marxista que ensangrentaba Ayacucho y tal actuación jamás se la han perdonado sus enemigos. El odio de la progresía peruana hacia el Cardenal trasciende el natural anticlericalismo de la izquierda y se interna en lo psicológico. Son conscientes que ante ellos se yergue un obispo capaz de defender a capa y espada la dignidad del ser humano y los derechos naturales de la institución familiar.Una ideología caracterizada por la cosificación de la persona y la relativización de todo lo jurídico reacciona como la niña del exorcista cuando se habla de los derechos humanos del concebido (el más débil de los débiles) señalando los límites que impone el derecho natural. Puedo imaginarme, y me imagino, las muecas de envidia, los escalofríos de piconería y las páginas de bilis que provocará la encuesta que reconoce a Cipriani como lo que es, un líder nacional. Ellos, los que se presentan como la conciencia moral de la nación, son atropellados por la evidencia: al Cardenal lo apoya la mayoría.
Es interesante analizar, desde el punto de vista de la política, por qué los liderazgos basados en la defensa de principios continúan despertando el interés y la adhesión de grandes mayorías. Ningún político peruano es capaz de soportar una campaña de demolición por tres lustros. Quince años después de empezar a gobernar a la Iglesia peruana el 62% de los limeños respalda a su Arzobispo. Para obtener semejante espaldarazo, Cipriani nunca ha necesitado pactar con la mediocridad, la levedad o el relativismo. Por el contrario, todos conocemos con qué claridad se dirige a los peruanos, especialmente a los más jóvenes. La defensa de los principios, la defensa de la verdad, tiene una recompensa, también en el plano del liderazgo. Un país en el que la clase dirigente es incoherente, indisciplinada y tornadiza eleva su mirada a las mujeres y hombres que defienden con el testimonio de sus vidas la auténtica libertad, la verdadera solidaridad, la más legítima igualdad. El Perú los reconoce, sigue y admira porque encuentra que ellos, a pesar de los ataques, son ejemplos a seguir. Es bueno para nuestro país que el pueblo respalde a su Cardenal, porque el Cardenal nunca ha dejado de servir a su pueblo. Un abrazo, querido Monseñor. Estamos con usted.
Por Martín Santiváñez Vivanco
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