Jean Maninat
El proyecto

Cuando se busca perpetuarse en el poder en nombre de “un fin superior”
El Proyecto, así con mayúscula, es uno de los más dañinos legados que dejó el marxismo-leninismo regado por el planeta, en su afán de conquistar el mundo. Las utopías totalitarias, y sus metástasis variopintas: movimientos de liberación nacional teledirigidos por la geopolítica, populismos benefactores, nacionalismos arcaicos, integrismos religiosos, pulsiones y punciones secesionistas, grupos de notables dispuestos -a cualquier precio- a refundar sociedades que trastabillaban mal que bien hacia la prosperidad; todos sus oficiantes han sido inoculados por la presunción de que tenían en el bolsillo -o en la cartera- el Proyecto que redimiría a sus conciudadanos de sus penurias y a ellos los haría entrar en la historia por la puerta grande.
El PRI, en México, gobernó durante 70 años -con el apoyo circunstancial de muchos de sus más ilustres intelectuales- en base al supuesto que había una “revolución institucionalizada” -un Proyecto- que caracterizaba su especificidad como nación, y le daba un password especial para omitir el tráfago de una democracia trasparente y participativa. Los héroes de la Sierra Maestra, en Cuba, quisieron entender que la sumisión a un líder patriarcal y elocuente les labraría un destino mejor que el que les había otorgado una cadena de intentos fallidos por recuperar su identidad como nación independiente. Hoy, a duras penas, regresan del espejismo. El Proyecto fracasó, y el Hombre Nuevo es tan viejo como el individuo que quiere labrarse una vida en base a su trabajo y su empeño personal.
¿Qué aúna hoy a los líderes de la otrora luminosa irrupción del Proyecto –en sus varias versiones- cuyo afán declarado era cerrar las brechas de desigualdades sociales que afean Latinoamérica? ¿Qué pasó con sus cánticos de más democracia y transparencia cuando estaban en la oposición? Que envalentonados por el apoyo popular recurrieron al sortilegio autoritario según el cual: sólo yo, y más nadie que yo… soy el depositario del Proyecto. Es el eco histórico del caudillo, del hombre a lomos de un caballo encabritado que nunca abreva, que nunca pasta, como los que adornan -hechos estatuas- tantas plazas en los desvalidos poblados de la región.
El Proyecto todo lo quiere sumergir, todo lo quiere aniquilar a nombre de su propia permanencia: intenta borrar de un brochazo empedernido la división de poderes a nombre de un fin mayor; intenta esclavizar la representación popular a nombre de un fin mayor; intenta cauterizar a los sindicatos y a la sociedad civil a nombre de un fin mayor; intenta cercenar la libertad de expresión a nombre de un fin mayor; intenta estrangular la iniciativa privada a nombre de un fin mayor. Intenta, en suma, asfixiar a la sociedad a nombre de un fin mayor…su sobrevivencia.
Pero el Proyecto es un animal de múltiples y enredadas patas. Y una panorámica por el continente nos demostrará que siempre termina consumiendo a sus hijos. El Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil es el ejemplo más triste de cómo lo que fue una propuesta novedosa -fundado por gente honesta y luchadora- puede terminar en el fango de la corrupción más desorbitada tan solo para prolongarse en el poder mientras el cuerpo aguante y el país soporte. Yo no delinquía para mi provecho, lo hacía por el partido… por el Proyecto.
Los adelantados del Proyecto utilizan la institucionalidad democrática para -una vez aposentados- comenzar a deconstruirla, a desarmarla, a “superar” sus supuestas falencias burguesas u oligárquicas, para ponerla al servicio de los “intereses populares”. El período pautado constitucionalmente para gobernar (digamos cuatro o cinco años, según el país) nunca será suficiente para llevar a cabo el Proyecto y por tanto habrá que intentar modificar la Constitución para garantizarse una reelección infinita, una perpetuación en el poder de líder que lo encarna. ¡El Proyecto soy yo!
La democracia requiere de líderes que se conciban como servidores públicos. Desprovistos de poses histriónicas y giros épicos, que sepan vencer el vicio de hablarle permanentemente a los micrófonos de la historia. ¿Que lo quieran hacer mejor que quienes los han precedido? Pero por supuesto, para eso son electos. ¿Que quieran dejar su huella en la historia? Es más que comprensible… pero así, con h minúscula -civilista y ciudadana- y no la impronta de un Tyrannosaurus Rex desatado en una cristalería democrática.
Cuando le digan: Yo tengo un Proyecto, encomiende su alma democrática al Diablo.
Por Jean Maninat (@jeanmaninat)
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