Carlos Rivera
El otro inconquistable
Un encuentro con el sociólogo y ensayista Hugo Neira

Llegas a Lima y te preparas para visitar la casa de uno de los más grandes intelectuales peruanos de las últimas décadas. Decir grande implica inteligencia, buena prosa, creatividad y belleza. Hugo Neira vive como una metáfora del país que lo vio nacer y al que tanto dedica obras: a espaldas de la pituca UPC y frente al Centrum Católica de la universidad más progresista del país. El país que a veces lo ama y a veces también lo trata mal, el que le dice “ayúdame a entenderme y resolver mis dramas”. Y el discípulo de Porras lo acude con su sabiduría pedagógica. Neira comprende sus grandes fatalidades, como Mariátegui, Sánchez, Basadre y su maestro Raúl Porras Barrenechea. Por eso su obra es también monumental como la de los mencionados.
Pero la metáfora se vuelve profecía: nació en Abancay estudió en Lima y completó su formación en Europa. Tiene de provinciano y cosmopolita. Tiene academia y tiene calle. Puede escribir acerca de un movimiento campesino Cuzco tierra o muerte y luego dedicarse a un trabajo como Civilizaciones comparadas. Vive en Surco un distrito potencialmente pudiente, pero el maestro no tiene una mansión inmensa colmada de servidumbre o aquellas expresiones propias de un consumismo ramplón. Lo suyo es la paz de los libros y la placidez de un hogar asistido de su compañera Claire y juntos hacen maravillosa la experiencia del amor y las ideas.
Llegué a Lima para visitarlos. Claire unos días antes me envió por correo electrónico un croquis para ubicar la casa. Imprimo los detalles en un papel y lo guardo cuidadosamente. Alisto lo necesario y me lanzo a la aventura de buscarlos. Llego al distrito y tanteo las referencias, el calor me mata y la mochila que cargo empieza a incomodarme; pregunto a los policías por la urbanización y la dirección explicados con detalles fáciles pero nadie me daba razón de nada; algunos me confundían más y me mandaban por otros lares quizás en un noble deseo para que saque piernas. Debo agregar que soy absolutamente torpe y eso es parte de mi calvario cotidiano. Quise intentar llamar a Claire pero el celular se quedó sin batería hasta que por fin alguien me señaló ese cerro empotrado de edificios habitacionales casi a un horizonte de kilómetros y casi en el fin del mundo. Era el condominio donde vivía Neira. Por la distancia y agotado quise regresar otro día pero sabía que era ahora o nunca y caminé sacando fuerzas; no de flaqueza sino de gordura, como es en mi caso.
Llegué al departamento ubicado en el quinto piso y cuando me disponía a usar el ascensor este se malogra. Ya no quiero caminar más y espero a que se arregle pero Claire baja por las escalera y con esa noble sonrisa europea me indica subir juntos las gradas y por fin. Sudando y con las piernas muertas queriendo un poco de agua. Mientras subía recordaba la novela de Sofocleto, San Camilo: aquella historia de un provinciano que llega con sus sueños a la capital y lucha día a día, carga agua, trepa cerros para mantener a su familia.
Ya estrechando las confianzas con el maestro me senté a escucharlo y todo cansancio y calor de cuerpo se esfumó como un mal sueño al oír recitar el conocimiento que salía de su alma. Es una máquina de pensar, un apasionado de la frase, galante de las formas y seguro en sus convicciones de pensador esteta. Entonces, yo como un hombrecito reducido lo oía alegremente y aprendía de la clase personal y gratuita. Cualquier tema le era afín y disponía en su inteligente cerebro los recuerdos que ubicaban un libro en su biblioteca para puntualizar la charla. No presumía, exponía, no dejaba sueltas las cosas, las argumentaba con belleza racionalista y pasión de quijote.
Siempre intento imaginar qué es lo que sentirían las personas que visitaban la casa de Jirón Washington donde vivía el amauta José Carlos Mariátegui: mirar al maestro cara a cara, oírlo en su temperamento de genio, líder y hombre de todos los tiempos. La palabra es asombro. Cuando estamos frente al saber totalizante la sorpresa nos dispara emociones puras, una luz parece bendecirnos. No importan el tiempo ni los espacios ni la materia. Solo contemplamos al magnánimo hombre hecho carne y hueso. La palabra como fibra y energía. El hombre hecho un genio, tan igual como Hugo Neira, nuestro amauta contemporáneo.
*Este texto forma parte del libro homenaje Hugo Neira: la ilustración de nuestro tiempo (Fondo Editorial de la Universidad Católica de Santa María,2021). Carlos Rivera, editor y compilador.
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