Jorge Varela
El humanismo se hizo carne y habitó entre nosotros
Lo que debe prevalecer es la dignidad superior de la persona
Excúsenos si considera que el artículo que ven sus ojos le provoca instintivamente una primera reacción: la de desecharlo por hacerle perder parte de su tiempo productivo o de descanso; además de su legítima renuencia a la lectura de textos pretenciosos. O porque ya no está dispuesto a recibir más “manifiestos utópicos”. Si ello fuere así, le entenderemos por llegar solo hasta este párrafo.
Identidad doctrinaria automutilada
Hace más de cincuenta años una entidad política llamada Democracia Cristiana chilena inició un proceso de automutilación de su identidad doctrinaria al retroceder en su adhesión a la institucionalidad democrática vigente en la década de 1970. En aquella época solo un grupo de dirigentes se levantó para cuestionar tal decisión y hechos atentatorios a su razón de ser.
Restablecidas las instituciones todo parecía haber vuelto a su cauce. Pero el curso inexorable y fatal de la DC hacia el abismo no se detuvo. Como la seducción ejercida por el poder es más fuerte que la mente y la conciencia oscurecida, comenzó al interior de sus entrañas una fase de desmoronamiento ideológico continuo, que no muestra signos de superar el arrepentimiento quejumbroso de algunos o la falsa declaración tardía de amor por los principios del humanismo cristiano formulada por otros, ese fundamento valórico sustantivo que está siendo demolido de modo persistente y del cual queda poco o casi nada.
Descentramiento del sujeto moral
Quienes todavía adhieren a la dignidad y autonomía ética del sujeto, debieran tomar nota que tras la pugna por el poder, acontece un fenómeno trascendente: el sujeto moral –llámese individuo, ciudadano, persona jurídica, hombre, o como se le quiera llamar– está siendo exonerado de su posición central en el universo moral: ha quedado "descentrado" para convertirse en un elemento desechable dentro del juego de fuerzas subjetivas energéticas. La cuestión de saber si esto equivale a una reevaluación o a una degradación, a un abandono o a una liberación del sujeto, no puede ser contestada aquí, según advirtiera Peter Sloterdijk. “En cualquier caso, zanjar sin más esta cuestión tampoco sería posible; no es impensable que un simple descentramiento del sujeto, despedido de la ficción de la autonomía, pudiera conducir a una constitución legítima de la subjetividad -eso sí, más allá del yo y de la voluntad”.
Erosión y ruptura social
Mientras tanto la decadencia moral y la atracción materialista circundante siguen llamando a jugar con el fuego maldito de la tentación nihilista a través de un impulso irracional que acelera las pasiones, refrena toda precaución, estimula los desvaríos y favorece la erosión, deteriorando la responsabilidad compartida de dirigentes, militantes y ciudadanos que no saben cómo enfrentar temas de carácter valórico y la ruptura social; una ruptura en la que el liberalismo, el marxismo, el anarquismo, la socialdemocracia y el cristianismo cato-político-secular han coincidido a grandes trazos, en medio de falencias y fracasos compartidos.
Sentido del humanismo
Vayamos entonces a la oración motivadora de la propuesta que nos interesa e inspira: "Y la palabra humanismo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Este verdadero ideal, herencia del platonismo cristiano, es todavía el proyecto histórico de varias culturas, las que, por eso mismo, impulsan y activan el progreso social-material compatible con la moralización y espiritualización del ser. En él lo que prevalece es la dignidad superior de la persona por sobre categorías añejas de naturaleza materialista individualista o colectivista; es el Humanismo Cristiano enaltecedor que promueve la concreción del bien común general, el bien de todos, no el de un grupo, sector o clase.
Derecho a una vida digna y amable
Debiéramos estar conscientes de que los abismos del presente se entrecruzan a la hora de insistir en la dirección equivocada que se ha seguido. El drama actual consiste en no reconocer que la gran tarea es defender, en el seno de las rápidas auto-transformaciones tecnológicas de la humanidad que nos cobija, el derecho natural a una vida digna y amable: feliz, pacífica.
Si no queremos devenir en una civilización de seres humanos amenazados y atrofiados por máquinas subjetivadas o convertidos en sujetos subordinados a decisiones surgidas de algoritmos fríos, tenemos que asirnos a nuestra dignidad moral y -en uno de los mayores desafíos contemporáneos-, trabajar para que el núcleo pensante de la modernidad lata con más energía que nunca.
















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