Octavio Vinces

Democracia líquida y capitalismo autista

Democracia líquida y capitalismo autista
Octavio Vinces
18 de diciembre del 2014

Sobre las redes sociales y el polémico encarte publicitario acusado de racista

Las redes sociales son la reproducción de aquellos callejones o vecindades en las que todo el mundo se enteraba, a veces queriendo, otras veces no tanto, de las intimidades propias o ajenas que los vecinos ventilaban sin mayores reparos. Formar parte de una red social puede requerir de ciertas dosis de impudicia, porque es como andar medio desnudo por la vida. Si Facebook es un mundo en sí mismo, eliminar a alguien de la lista de contactos resulta la forma más moderna de romper con una amistad. El universo virtual permite también la discriminación de manera eficiente, mediante la transmisión de un mensaje sutil o tácito, pero paradójicamente soez: «No te acepto en mi círculo. No me interesa lo que pienses, digas o sientas. Me llegas al pincho tú. Me llega al pincho tu casa y tu vida. Y si sigues jodiendo, te bloqueo».

Puestas así las cosas las redes sociales son la vía idónea para que la información entre y fluya por los mecanismos del capital. Las empresas venden y quieren seguir vendiendo. Y los datos que arrojan las redes son un patrimonio valioso. En ellas se definen gustos, tendencias e inclinaciones, con la facilidad y rapidez con que los usuarios hacen click para decir “Me gusta” y emitir un voto dentro de una especie de parlamento amorfo e inconmensurable. Quien no preste atención a los resultados de este referendo permanente, tendrá el riesgo de tomar decisiones erróneas.

Las empresas quieren vender. Las empresas buscan sobrevivir de la mejor forma posible y, por tanto, no se apegan a principios inamovibles. De lo contrario Hugo Boss hubiese perecido luego de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, al haber sido el principal proveedor de uniformes nazis, en lugar de transformarse en un ícono de la moda cuyas prendas hoy día no dudan en vestir personas de los grupos étnicos que Hitler habría querido aniquilar.

El capitalismo y sus agentes se comportan como autistas éticos. Quien a estas alturas todavía entienda que el capitalismo es el modelo económico de la democracia liberal, está incurriendo en una candidez inexcusable. El capitalismo se ha comportado como pez en el agua dentro de las teocracias musulmanas, el comunismo chino y las dictaduras militaristas latinoamericanas. Tampoco se las ve mal con las factorías de mano de obra ultra barata en Camboya, Vietnam o Bangladesh. Ni de aliado ocasional del socialismo del siglo XXI.

Gracias a una corriente de opinión que se originó en las redes sociales, la empresa chilena Falabella entendió que una parte importante de su clientela potencial en el Perú se sentía profundamente ofendida porque sus catálogos privilegiaban un sentido de la belleza vinculado a unos rasgos étnicos que no son los de la mayoría de la población peruana. La empresa escuchó el mensaje, y de inmediato corrigió este error de unos expertos en marketing excesivamente confiados en la vigencia de lo «aspiracional», un concepto tan móvil como etéreo. Se viró el rumbo a tiempo. Y las ventas de diciembre no deberían verse afectadas.

Lamentablemente hace falta más de un «trending topic» para que las sociedades asuman sus errores y hagan un esfuerzo por mejorar. El racismo es un problema ético, y como tal está vinculado a la educación de los ciudadanos y a la construcción de una consciencia cabal en torno a sus derechos y obligaciones. Pretender soslayar que éste es un problema presente, de múltiples y variadas maneras, en la sociedad peruana contemporánea sería igual de ridículo que negar la existencia del caos vehicular de nuestras principales ciudades, con sus cláxones irrefrenables y sus choferes enloquecidos pisando el acelerador cada vez que un peatón osa cruzarse en su camino.

Viendo estas cosas, uno debe concluir que el mercado no es el mecanismo mágico que soluciona todos los problemas de una sociedad, como parece querer hacerlo ver algún «liberalismo» ramplón y simplificado. Pese a ser el modelo económico más exitoso, el capitalismo no garantiza necesariamente una democracia verdadera. Urge un liderazgo ético, que no necesariamente ha de surgir del mero cálculo utilitario.

Por Octavio Vinces
(18 - dic - 2014)

Octavio Vinces
18 de diciembre del 2014

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