Vicente Echerri
Del relato al dato: denuncia de una estafa tenaz
Reseña del libro “12 mitos sobre Cuba” de Frank Zimmerman
Desde el principio la revolución cubana, que acaba de cumplir 67 años, fue una gestión fallida que logró convertir a uno a uno de los países más prósperos de América en una auténtica vitrina de la pobreza y el envilecimiento ciudadano, los que siempre acompañan al llamado «socialismo real»: una fórmula para el desastre.
No obstante, el entusiasmo que despertó el asalto al poder de unos políticos poco convencionales —jóvenes, desaliñados, irrespetuosos de las convenciones y enemigos de las tradiciones consagradas— empezó a fabricar, en más de medio mundo, una mitología que exaltaba y magnificaba la existencia y el accionar de un régimen que, desde el principio, fue una descarnada tiranía para el pueblo de Cuba y el motor indetenible de su ruina.
Esta disparidad —entre realidad y propaganda— se derivaba de un acto de fe: la «progresía» mundial —que todavía no se reconocía por ese nombre—, los comunistas, que empezaban a enfrentarse al desenmascaramiento del estalinismo, encontraron un segundo aire en ese llamado «socialismo con rostro humano» que había surgido en el Caribe. Las arbitrariedades típicas del despotismo y el descalabro económico que acompañó al Estado castrista desde el principio lograban ocultarse detrás de un telón publicitario que resaltaba y divulgaba unos «logros» que encontraban una caja de resonancia en los antidemócratas y anticapitalistas de todas partes, sobre todo en América Latina, donde la revolución cubana se proponía como la panacea para males endémicos.
El resultado fue, por muchísimos años, una monstruosa dicotomía entre la realidad que vivía y padecía el pueblo cubano y el discurso que seguían divulgando los propagandistas del castrismo para engaño de tanta gente que defendía la supervivencia de un sistema que —creía— había logrado construir una sociedad más justa a las puertas del imperialismo, al tiempo que rechazaba el testimonio de las víctimas. Los cubanos que denunciamos el gigantesco fraude que había pervertido y encadenado a nuestro país éramos considerados unos odiosos aguafiestas.
A lo largo de todo este tiempo no faltaron denuncias —libros, películas, entrevistas, etc.— del régimen que avasallaba a los cubanos y al que sus entusiastas apologistas defendían; pero curiosamente, se echaba de menos un texto sintético, rotundo, que expusiera sin alambicamientos los mitos del comunismo cubano y los desmontara con precisión quirúrgica. Ese papel ha venido a cumplirlo el libro 12 mitos sobre Cuba (Editorial Hojas del Sur, 2025) de Frank Zimmerman quien, nacido en 1957, era un niño muy pequeño cuando el fenómeno político que él disecciona se adueñó del poder en Cuba.
Zimmerman ha logrado —cual nunca antes en la historia de nuestro ya largo exilio— condensar en un libro relativamente breve todos los truismos de la propaganda castrista y demolerlos con datos y lógica impecables. Desde la situación de la Cuba prerrevolucionaria, que han vendido como país atrasado y colonia de Estados Unidos, hasta los éxitos en los campos de la educación y la salud, pasando por el perfil ideológico y moral de los líderes revolucionarios —Castro, Che Guevara— que, lejos de ser redentores de los pobres o defensores de los oprimidos, fueron en realidad vástagos descontentos de la burguesía intoxicados de lecturas mal digeridas, sedientos de protagonismo y sobrados de ineptitud.
La revolución cubana fue un experimento de una panda de energúmenos que, persiguiendo un descabellado sueño imperialista, sacrificaron la vida y la felicidad de un pueblo noble y crédulo, al tiempo que intoxicaban con una ideología espuria a muchas otras sociedades, particularmente en Latinoamérica.
Gracias debemos dar a Frank Zimmerman por este empeño desmitificador que no llega demasiado tarde cuando, en medio del más obvio fracaso, la revolución cubana aún encuentra cultores y defensores. Este libro, breviario iluminador de un fraude y de una tragedia, debe estar en la mesa de todos los políticos y al alcance de todos los hombres y mujeres pensantes —analistas, comentaristas, ideólogos—, sin distinción de partidos y banderías, cuando parece acercarse el momento de hacer un juicio definitivo sobre una de las grandes estafas de la historia contemporánea.
















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