Carlos Rivera
De cultura, heroísmos y otras cuestiones
La cultura está pierdendo su esencia humanista para caer en las garras de la política

La mayoría de personas que trabajan en cultura en el sector estatal, además de sus conocimientos (muchas veces ni los tienen y solo ocupan el cargo por algún favor partidario), despliegan una postura política generalmente de izquierda la cual entremezclan en sus actividades o programas y asocian discursos en boga como el feminismo, la igualdad de derechos, identidad o los temas de memoria. Asocian además per se que alguien de izquierda, aficionado o cultivador de alguna práctica cultural, es necesariamente un “conocedor” de todas las artes y óptimo para encauzar cualquier actividad.
¿No fue nula la gestión de Susana Baca como ministra de Cultura en el Gobierno de Ollanta Humala? Sus dos premios Grammy no pueden ser muestras de conocimiento y gestión. En el otro extremo está el mediocre papel de Alejandro Salas Zegarra ocupando dicha cartera, un abogado que no tenía ningún vínculo con temas culturales y se la pasó defendiendo, en varios medios de comunicación, a su investigado presidente antes que concretar prioridades de su cartera. Una cosa es ser poeta, escritor o pintor y otra, gestor cultural. ¿Será lo mismo montar una exposición pictórica que un recital de poesía? La ideología y la mediocridad se juntan como dinamita.
No es poca cosa que Petroperú auspicie la publicación de Héroes y heroínas de la peruanidad, donde reivindican la vida de 200 personajes del Bicentenario y algunos conocidos –verdaderos héroes– vinculados a la izquierda y se les exponga como altos valores de la heroicidad como Isabel Cortez y Gustavo Gorriti, y los fallecidos en las revueltas de noviembre de 2020, Inti y Brian donde además aseguran sin duda alguna que murieron por órdenes de Manuel Merino. Dicen de la obra: “Este libro intenta dar cuenta de los múltiples personajes, hombres, mujeres y colectivos que ayudaron a fraguar nuestras múltiples identidades peruanas a partir de un acto de entrega que convocó en torno suyo a toda una nación.” El chiste se cuenta solo. Así se gastan los recursos públicos creyendo que están haciendo la tarea de sus vidas. Un día van a una marcha contra Keiko y al otro proponen cualquier pachotada cultural desde un nivel de gobierno. No, causitas, hagan con la suya lo que les da su reverenda gana, pero no con los dineros públicos.
Estos activistas ubicados en el aparato público no ocultan su ideología o sus arrebatos de lucha para cambiar la realidad de un país politizando el cargo. Ven en dichas posibilidades una cuestión liberadora. Antonio Gramsci percibía la cultura como “la potencia fundamental de pensar y de saberse dirigir en la vida”. En estos tiempos se suman la participación de colectivos con claros intereses políticos. Estoy seguro que algún arrebatado artista sacará un manifiesto de “La importancia de la cultura en la Asamblea Constituyente”. Asocian la actividad cultural desde sus planes, programas o políticas con estos prejuicios para darles valor y apoyo a los actores culturales que transitan en este “sentido común” que la mayoría considera moderno (además de igualitario).
Lo expresado ya no es una política cultural (planificada sobre diagnósticos, instrumentos de gestión, presupuesto y una visión integral de la realidad) que trabaje indistintamente con todos los actores más allá de sus posturas personales. ¿Cómo puede ser inclusiva si parten de un sesgo? ¿Cómo puede asociarse al desarrollo de una jurisdicción si no buscan integrar a todos los públicos y exhibir la pluralidad de voces y actividades?
Para ellos es inconcebible un poeta, pintor, escritor, escultor libre que descrea de estas posturas y sea un hereje nihilista o apolítico y además, un genio. Un artista mediocre pero con un compromiso político de izquierda puede ser elevado al olimpo y sus aduladores dirán que su estética corresponde a un original vanguardismo o renovadas técnicas que trascienden cualquier dispositivo arcaico.
Nótese que muchos escritores y críticos formulan la superioridad de Arguedas sobre Vargas Llosa desde criterios antropológicos o desde una mejor recreación de la realidad(andina) y por consiguiente, de una mejor obra literaria. Trasciende el debate literario por las vertientes ideológicas: un escritor de izquierda contra uno de derecha. Además de una identificación con el sufrimiento o “sentimiento de reivindicación social” como diría Tomas Escajadillo de la obra del autor de Los ríos profundos en desmedro de un novelista aupado a los poderes y a la angurria del reconocimiento de los ricos, es decir del sistema opresor capitalista.
Estas cuestiones vienen de los estudios planteados por Víctor Vich quien habla de “utilizar la capacidad creativa y productiva de la cultura para intervenir en esos vínculos que son relaciones de poder, para neutralizar esas relaciones de poder que hacen que nuestras sociedades sean siempre un caos, sean sociedades excluyentes, sean sociedades difíciles de manejar.” Lineamientos que coinciden desde luego con los responsables de las instituciones tutelares como el Mincul, y los diversos estamentos de cultura de gobiernos regionales y locales. Desde luego las ferias o colectivos tampoco se distancian de estas posturas porque le son útiles a sus proyectos.
Un ejemplo: ¿Será una actividad cultural digna de compartirse y promocionarse en una feria la presentación del libro Discursos del Bicentenario de Francisco Sagasti? Hasta yo lo compartiría a pesar de mis diferencias con el expresidente, pero igualmente se debería darle el reconocimiento al libro La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha de Agustín Laje. Una charla de Carmen Mac Mc Evoy , Alberto Vergara, Fernán Altuve o una conferencia de Hugo Neira deben tener la misma importancia de difusión y no ser sometidas a ojerizas ideológicas.
Pero prevalece la relación cultura-izquierda. Véase los resultados de los estímulos económicos de Vizcarra y Castillo en sus respectivos ministros de cultura. Tanta afinidad ideológica agota la infamia. La cultura va perdiendo su esencialidad humanista, su horizonte estético y su libertad para caer en las garras de la política y ser utilizada como una maquinaria lista para ensayar cualquier revuelta contra el poder hegemónico. Una “cultura” a la medida, mediocre y sesgada.
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