Miguel A. Rodriguez Mackay
Cuba, cada vez más cerca
Debe surgir un líder que conduzca al pueblo a la gran liberación

De la Cuba que hizo correr al dictador Fulgencio Batista en 1959 y miró con cándida esperanza la llegada de los guerrilleros que ingresaron en La Habana en el amanecer del 1 de enero de ese año, con Fidel Castro a la cabeza, realmente queda muy poco o nada. Los revolucionarios son cada vez menos, casi todos viejos amargados porque no hicieron realidad nada de lo que en el fondo sabían que jamás daría frutos porque la oferta de una sociedad comunista terminó siendo proscrita por las propias fuerzas emergentes de la historia –dominadas por la globalización, la perestroika (cambio) y el glasnost (transparencia)–, que precipitaron el final del modelo comunista. Un final simbolizado en la caída del Muro de Berlín en 1989 y el derrumbe y desintegración de la Unión Soviética en 1991, que en esencia liquidó las aspiraciones de una ideología construida erradamente en sentido contrario de la historia.
Ahora aquellos que como Miguel Díaz-Canel –56 años de edad, actual presidente de Cuba– no vivieron las movilizaciones en Sierra Maestra ni el asalto de la capital, que son la inmensa mayoría de cubanos (80% de cerca de los más de 11,3 millones de habitantes), han decidido romper las cadenas a las que fueron atados al nacer, buscando liberarse de quienes se creyeron dueños de sus destinos y los apartaron de las bondades de las que hoy gozan muchos pueblos en el mundo. La ciencia de las relaciones internacionales, que es muy importante para comprender fenómenos políticos y sociales (como es el caso cubano), nos enseña que todo es cíclico y que, además, yace en evolución permanente.
Esta realidad hace temblar por estos días a los comunistas remanentes de aquellos que –liderados por Fidel Castro– en realidad siempre temieron a los procesos hacia adelante. Y que más bien, gobernados por el statu quo, decidieron vivir como el cangrejo; es decir, al revés del sentido lógico de la historia humana. Los chinos fueron más realistas y, con Deng Xiaoping, decidieron abandonar la economía marxista para treparse al capitalismo, que sigue dominando en el mundo. Fidel y su cúpula fueron tan perversos en ese estado de confort, y sumidos por la mediocridad, que hasta temiendo la resistencia de la Iglesia católica buscaron anularla a cualquier precio, obligando a los misioneros a abandonar la isla mediante persecuciones y represiones sistemáticas. Pero ni la fe de los creyentes cubanos ni las santerías pudieron ser erradicadas como lo habían planeado.
Los cubanos han sido empujados a las calles por la pandemia del Covid-19. Esa es una realidad innegable en nuestro análisis. No debería sorprender porque en la historia de la sociedad internacional, los cambios o procesos emergentes siempre han estado promovidos por circunstancias endógenas o exógenas. Solo que la pandemia ha puesto al descubierto el mito de una Cuba considerada modelo en las políticas públicas de salud, pues la gente muere y se contagia sin que hayan medicinas para minimizar el impacto. La pandemia los ha sacado de casa para protestar y exigir cambios, solo que el andamiaje de la represión –tejido en más de seis décadas– es todavía un escollo muy difícil de sortear.
Pero como todo en el sistema internacional es hacia adelante, las recientes manifestaciones deben ser asumidas como parte de un proceso inexorable e irreversible iniciado en 2015, con la denominada normalización de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba (abrieron recíprocamente sus embajadas), y porque los Castro ya no estén al frente del poder político. Este último es un factor fundamental que ha comenzado a gravitar hacia el nuevo destino, por más que haya desesperados intentos de un Raúl para sobreponerse, pero más vencido por su longevidad a cuestas. Desde afuera, Washington y América Latina deben decidirse y sin hipocresías, dejando de lado los ridículos comunicados o pronunciamientos que avergüenzan a la democracia tantas veces pregonada.
Y desde adentro, el grueso de las Fuerzas Armadas debe hacer lo mismo, perdiendo el miedo al que los había sometido por seis décadas, porque sencillamente son más que la pertrechada cúpula. Cuba no recuperará su democracia y su destino con el envío de mercenarios. Desde las entrañas del actual grueso de militares cubanos, que tampoco fueron parte de la revolución, y de los hombres y mujeres que siguen protestando en las calles, deberá surgir el líder que conduzca al pueblo a la gran liberación. Cuba está cada vez más cerca de ese cometido.
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