Giancarlo Peralta
Castillo: momento de inflexión
¿Anunciará medidas populistas en su discurso del 28 de julio?

A pocos días de culminar su primer año de gobierno, al profesor Pedro Castillo no le queda más que enmendar el rumbo, si no quiere terminar detenido por las acusaciones de corrupción, que supuestamente lo ponen a la cabeza de una organización criminal. Durante estos meses ha sentido la presión de la organización que lo llevó al poder, Perú Libre, con mensajes reiterados de connotados dirigentes de ese partido recordándole, una y otra vez, que contaban con 44 votos seguros en el Congreso. Como quien dice: “tu permanencia en el gobierno depende de nosotros”. Pero eso parece haber llegado a su fin.
El profesor Castillo sabe que tiene en contra a la inmensa mayoría del país y que su única posibilidad de mantenerse en el poder depende de que otros se hagan de la vista gorda respecto de los actos de corrupción en los que estaría involucrado, y que ahora alcanzan hasta su núcleo familiar, sus propios hijos, uno de ellos adoptivo. Imaginar que no estaba informado sería pecar de una supina ingenuidad. Como cuando pretendió que le creamos que él escuchó música en Palacio de Gobierno, y al tratar de investigar sobre el origen se percató de que se trataba del cumpleaños de su menor hija.
Castillo se encuentra entre dos frentes, uno originado por sus propios actos, los cuales motivan la investigación fiscal en su contra, y que estima que existen razonables indicios como para acusarlo. Por el otro, están las organizaciones que lo llevaron al poder, Movadef, Fenate, Perú Libre y las izquierdas variopintas de nuestra política: Juntos por el Perú, Partido Morado, Somos Perú y el vizcarrismo; que tenían por objetivo que Castillo reine, pero no gobierne. El chotano César Acuña con su Alianza para el Progreso y José Luna de Podemos se alinean en función de ciertos intereses. Perú Libre, la organización que pretende desmarcarse del descrédito de su candidato, hoy instalado en palacio de gobierno, tiene por objetivo mantener su inscripción en el próximo proceso electoral.
Por otro lado, tenemos a los mismos organizadores de las elecciones generales del 2021, quienes fueron convocados a una sede diplomática para hacerles de conocimiento la preocupación que existe en el plano internacional por las elecciones del 30 de octubre próximo. La única lectura posible de esta convocatoria es: “no queremos otro fraude electoral”.
Castillo está cercado por: a) por la corrupción, b) por su nefasta acción gubernamental, c) por el abandono de sus aliados, d) por liberarse de Perú Libre y su programa maximalista que desea empobrecer a la población peruana mediante la imposición del castrismo en el Perú.
A Castillo no le queda más que la inflexión en términos políticos. Sabe que no puede seguir agudizando la crisis económica en que ha sumido a millones de peruanos y que, tras la pandemia, se profundiza como producto de la crisis internacional. Si sigue así, su caída estará próxima. Él lo sabe, porque hasta el Dragón chino le ha dicho ¡basta! a sus pretensiones de crear una empresa del cobre en función a la estatización de la mina Las Bambas.
¿Qué puede hacer Castillo? Reinar y dejar que la racionalidad económica implemente un programa de gobierno orgánico, que rápidamente logre legitimidad social. La recuperación de la economía de los peruanos más pobres pasa por emitir las señales adecuadas a la inversión, para que se genere empleo masivo. La fórmula del “bono estatal” a cambio de lealtades políticas no le está funcionando y la Caja Fiscal tampoco es ilimitada. El retroceso de los precios de los metales y el alza del precio del petróleo indican que la inflación seguirá de subida, lo que presionará y alentará la indignación popular en contra del Gobierno.
El anuncio de medidas populistas el próximo 28 de julio representaría un harakiri político, porque su credibilidad es hoy insignificante. Ya nadie cree en su eslogan de campaña: “No más pobres en un país rico”.
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