Humberto Abanto

A las puertas de conocer la verdad

No reaccionamos tempranamente ni respondimos mejor que otros países

A las puertas de conocer la verdad
Humberto Abanto
06 de abril del 2020


I

La historia mundial de la pandemia de Covid-19, nadie lo ignora, comenzó en Wuhan, China, a fines del año pasado. Las autoridades de ese país, en un primer momento, reaccionaron embargando la información y reprimieron con dureza a quienes la divulgaron. La conversión del brote de SARS-COV-2 en epidemia las obligó a aceptar la realidad y, el 31 de diciembre de 2019, dieron parte a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su dilación creó condiciones que favorecieron la propagación del virus por el mundo, dado que el inmenso volumen de su actividad comercial hacía crucial cerrar de inmediato el tráfico de ida y vuelta a China. Cuando decidieron hacerlo era demasiado tarde.

No es igualmente conocido, en cambio, que la historia de la pandemia, en el Perú, se inició entre el 24 de enero de 2020, en el Hospital Dos de Mayo, y el 25 de enero de 2020, en el Cusco, con la aparición de los primeros casos sospechosos de Covid-19. Así lo revela la información divulgada originalmente por el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS), que ha sido convenientemente recortada con posterioridad. 

Antes de eso era muy remoto el peligro que representaba el SARS-COV-2 y, en cierta forma, se explicaba la inacción del gobierno. Después de ello, solo la ineptitud o la lenidad explican que no se previeran los efectos que causaría la inevitable propagación del virus entre nuestra población. Cabe anotar cuán extraño resulta que, entre el 24 de enero y el 6 de marzo -fecha en que se anunció el primer caso confirmado de Covid-19 en el Perú-, no exista en la data oficial un solo caso sospechoso más. No caben más que dos opciones: O alguien ha barrido la información bajo la alfombra o no se tomó ninguna prueba desde entonces hasta la confirmación del brote. Ambas opciones suponen graves responsabilidades para los detentadores del poder.


II

A partir del 6 de marzo de 2020 se puso en escena una comedia de equivocaciones con aspiraciones de drama shakesperiano. Al tiempo que Taiwán, Corea del Norte y Singapur -tres de los países más exitosos en la lucha contra la pandemia- multiplicaban las pruebas diarias, aquí se adquiría tan solo 17,000 pruebas moleculares. No era dispendiosa la actitud de los países asiáticos. Ellos comprendieron la urgencia de conocer la real situación que afrontaban y, para lograrlo, necesitaban hacer la mayor cantidad de pruebas posible. Algo que los detentadores aquí se negaron a entender.

Actuaron peor aún. Estados Unidos, Argentina y Colombia se lanzaron a una frenética caza de pruebas moleculares por millones, mientras ellos dejaban sin respuesta una oferta surcoreana de 500,000 de éstas. No se detuvieron. Eligieron comprar casi un millón y medio de pruebas rápidas que no son útiles para el diagnóstico temprano, dan falsos negativos y solo sirven para vigilancia epidemiológica. Hizo falta mucha presión de la opinión pública para que el 25 de marzo dispusieran la compra de unas insuficientes 54,000 pruebas moleculares.

Quienes detentan el poder no admiten que las experiencias exitosas están basadas en un elevado número de pruebas, el inmediato aislamiento del paciente positivo, un estricto seguimiento de sus contactos previos al diagnóstico, el efectivo distanciamiento social y el empleo generalizado de equipos de protección personal. En ese marco, una de las principales preocupaciones es no solo detectar a quienes desarrollan la Covid-19 y preservarlos del riesgo de muerte, sino ubicar a los portadores asintomáticos, quienes esparcen el virus sin tener la menor idea de que lo están haciendo ni despertar la más mínima sospecha entre sus contactos.


III

Su éxito en la captura del poder, la destrucción de los opositores por medio del aparato fiscal y judicial, el arrinconamiento del Congreso hasta su final disolución, la victoria en un referéndum y la elección de un nuevo Congreso a la medida de sus necesidades ha convencido a los detentadores del poder de que pueden lidiar exitosamente con cualquier problema. Confían en que la adhesión ciudadana, basada en el populismo político y la militante complicidad de la mayoría de la prensa peruana les permitirá hacerlo. Su astucia política, la fría ejecución de su plan y la dosis de suerte que los ha acompañado les provee una audacia desmedida.

No parecen equivocarse. Hasta hoy la mayoría nacional no cae en la cuenta de que el horror que está por venir proviene de la incapacidad para enfrentar la pandemia de Covid-19. Con un sistema de salud al que no le han agregado un solo hospital en los últimos tres años, sin más de 400 camas de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), ni médicos, enfermeras y personal especializado y carentes de pruebas idóneas, los detentadores del poder se conformaron con declarar el estado de emergencia y dictar una cuarentena a la que decidieron llamar “aislamiento social obligatorio”. Su razonamiento era sencillo: Si en China rindió frutos y redujo la velocidad del contagio, no había razón alguna para que no diese aquí los mismos efectos benéficos. Simple imitación.

A ciegas y llevando consigo un martillo -no el de Thor, sino el de Tomas Pueyo Brochard, al que han plagiado con descaro-, salieron dispuestos a quebrar de un golpe la empinada curva de crecimiento del contagio de Covid-19. Obviamente, fallaron. En su premura, olvidaron algunas pequeñas peculiaridades de la realidad peruana que la diferencian profundamente de la sociedad china.


IV

China no es una sociedad abierta. Aunque sea una sola con dos economías, como la soñó Deng Xiaoping, la presencia estatal es abrumadora allá. Nadie, absolutamente nadie, puede subsistir fuera del sistema. El Perú no es así. Más del 70% de nuestra Población Económicamente Activa (PEA) trabaja en el sector informal. Vive al día. No puede darse el lujo de dejar de trabajar. Solo un 30% de ella es formal y, dada la desaceleración económica que venía desde Humala hasta antes de la pandemia, corre el riesgo de perder su empleo con la parada en seco que se le ha dado a la economía peruana.

La evidencia empírica hacía fácilmente predecible que el incumplimiento de la cuarentena sería la regla. Algo que, definitivamente, no puede haber escapado al cálculo de los detentadores del poder, por lo que cabe suponer que depositaron su confianza en el modelo binario de comunicación política a que nos tienen acostumbrados. Así, desde el inicio, dividieron al país entre los responsables que obedecerían y los irresponsables que desobedecerían. El previsible alto número de los segundos permitiría crear un colchón suficientemente ancho y alto como para caer cómodamente sobre él si fracasaba -como iba a fracasar- un plan que solo reposaba en el aislamiento social obligatorio. Llegado el momento, sería muy sencillo descargar todas las culpas en los “irresponsables” -realmente personas desesperadas por ganarse la vida cada día- que incumplieron la cuarentena.

Para asegurar el resultado, la primera reacción fue detener a los desobedientes. La segunda, poner un toque de queda. La tercera, ampliarlo dos horas más. La cuarta, estrechar los pases laborales para las actividades esenciales. La idea era crear la sensación de una lucha desesperada contra la desobediencia irresponsable. Se les fue la mano. Miles y miles de personas, hasta sumar 40,000, acabaron apiñadas en las comisarías, fueron registradas y sus casos derivados a la fiscalía para que las denuncie penalmente. No calcularon que el hacinamiento dispararía el contagio entre nuestros policías, cuyo hospital no tiene recursos suficientes para afrontar el problema.


V

Si alguien cree que sostener que la estrategia de los detentadores del poder es el aislamiento social es un capricho de opositor recalcitrante, debe leer las explosivas declaraciones del ministro de Salud: “[…] Nuestra estrategia también depende del mercado. Yo puedo aprobarte todas las normas sobre termocicladores, pruebas rápidas, y cloroquina y todas las cosas. Pero hoy, el mercado global, al menos para ese producto, no existe (…) [Es un] Sálvese quien pueda. Trump se ha comprado todos los PCR. Toda la producción de ROCHE se la ha comprado Trump. Dejando al mundo sin mercado. La cloroquina ya se la compraron todos. Dejando a los misios y a los chiquitos sin alternativa. Los productos de protección personal, en el mundo son escasísimos. Los equipos de soporte ventilatorio son difíciles de encontrar y muy caros. Nuestra estrategia corre el riesgo de [ininteligible] en algún momento si es que el mercado nos deja de abastecer. Entonces nos queda un brazo: el aislamiento”. 

A la luz de esto, la verdad es que, sin pruebas moleculares suficientes, las cifras oficiales sobre la propagación del virus no son confiables. Pero, aun si se las tomase en serio, bastaría con ver que, frente a un universo de 400 camas UCI, hay 321 hospitalizados y 81 en UCI, es decir, se acerca el colapso del sistema de salud que precederá al fracaso total de la estrategia de los detentadores del poder. La expansión del SARS-COV-2 habrá alcanzado su punto crítico y los médicos tendrán que escoger a quién atenderán y a quién no, es decir, decidirán quién posiblemente vivirá y quién inexorablemente morirá. A las puertas del drama que viviremos se aproxima el terrible momento en que la mortalidad se disparará y los crematorios serán insuficientes.

No alegra decir que todo hace ver que es falsa la optimista creencia de que reaccionamos tempranamente y respondimos mejor que otros países. Temo que solo se aparentó hacerlo, lo que es muy distinto. Los próximos días dirán si me equivoco y sinceramente espero que ellos me desmientan sin atenuantes. No podría haber, para mí, un error de juicio más feliz.

Humberto Abanto
06 de abril del 2020

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