Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Y esa necesaria explicación

“Envejecer y morir es el único argumento de la obra”

Y esa necesaria explicación
Raúl Mendoza Cánepa
26 de febrero del 2018

 

Tendemos a buscar siempre una organización que nos explique por qué ocurren las cosas. Hace unos días Daniel Peredo, querido locutor de fútbol, falleció de un paro cardiaco. Las redes sociales abundaron en lamentos sinceros y en múltiples interrogantes, tantas que a un conductor de televisión se le ocurrió seguir los movimientos de Peredo en la última pichanga que se jugó con los amigos y que, en teoría, habría sido una de las tantas causas (la principal para los temerosos que nunca juegan pichangas) que lo llevó a la muerte. Desde luego, seguir su trajín físico desde el saque del partido hasta su fatiga inexplicable, su salida del campo de juego y luego su búsqueda del camerino no empata para muchos con lo que es ético en el periodismo. El video ganó críticas, a algunos les pareció escabroso. Sin embargo, detrás de todo siempre hay un resorte psicológico que no nos atrevemos a tocar ni a admitir: el miedo frente a lo inesperado, la fatalidad.

Cuando se frisan los veinte la muerte le ocurre siempre a los extraños, nos es ajena y nos licencia para todos los riesgos; pero cuando se toca los cuarenta, la vida se vuelve precaria y la parca adquiere el rostro de algunos conocidos. Y en ese caos buscamos una explicación que nos la aleje. Quizás, por tal, los médicos y los periodistas se unieron aquella semana para recordarnos que una pichanga de fin de semana puede ser mortal, que el estrés mata, que siempre hay una razón científica que aligere nuestros temores. Nada debe quedar al acaso. Peredo tenía 48 años, estaba sano, era esbelto, practicaba deportes, tenía una hermosa familia, un futuro, en tres meses sería el locutor del Mundial, tras 36 años de ausencia. Tenía la vida resuelta y centenas de promesas. Si la muerte zarpa a la vida buena, hay que buscarle una raíz porque las cosas no pueden suceder así porque sí.

¿Quién explica que un templo se derrumbe en un terremoto matando a decenas (entre ellos a varios niños)? ¿Y qué explica que una niña de once años que asiste a un curso dentro de una comisaría sea violada y asesinada por un monstruo que tuvo como cómplice la sincronía de pasar por allí justo en el mismo momento que ella también pasaba? Podría elaborar las más complejas interrogantes sobre el hambre, las guerras y la muerte de millones por la maldad de unos pocos impunes.

Siempre nos acorrala la necesidad de una causa que nos explique lo que nos aterra, la urgencia de conocer por qué ese puente fue súbitamente roto, y terminamos siendo presas del azar, prisioneros del viento. Peredo se fue relativamente joven y quizás no sea sano buscar una causa ni detallar los momentos previos ni hacernos preguntas; simplemente porque la muerte, como todo, es simplemente algo que le ocurre a la vida.

Dadas las lecciones de lo inexplicable en la vida del hombre, y la inútil tarea de entenderlo todo, suelo releer aquel poema de Jaime Gil de Biedma, una concatenación de versos que nos aleja de las preguntas amargas sobre el tiempo y sobre el destino: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos / envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

 

Raúl Mendoza Cánepa
26 de febrero del 2018

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