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Que nuestra población tenga orgullo de su minería

Columna

Que nuestra población tenga orgullo de su minería

19 de Junio del 2017

Mejorar la reputación del sector y su aceptación

La minería, en su calidad de industria extractiva, tiene en contra de su desarrollo a activistas y ciertas ONG que trabajan a tiempo completo, financiadas en varios casos por fundaciones del hemisferio norte. Esta situación, que se presenta a nivel global, tiene en el Perú un campo fértil en su estructura socioeconómica. El contraste entre una comunidad alto andina que vive a niveles de subsistencia y un proyecto minero moderno es una muestra de los retos que tenemos como país para lograr nuestro desarrollo.

Es innegable que de por sí la presencia de un proyecto minero tiene impactos sociales, como la generación de sobre expectativas en la población, cambios en los patrones culturales, modificación de los patrones de intercambio dada la conectividad a mercados, diferencias de posiciones entre los mismos comuneros, entre otros. Lamentablemente en algunos casos se dan otros impactos: la politización del proyecto argumentando temas ambientales y, finalmente, la radicalización de ciertos actores, cuyas acciones en ocasiones desembocan en conflictos socio ambientales.

También es verdad que la percepción que tiene la opinión pública sobre la minería no es tan positiva como se desearía; más aún, se le relaciona, por parte de activistas contrarios a las industrias extractivas, con la contaminación ambiental. Estos activistas desarrollan una labor permanente en las zonas de operaciones, brindando información tendenciosa, la que no necesariamente es contrastada por la población con versiones del empresariado. Ello ha permitido que se generen muchos mitos, creencias y prejuicios respecto a la operatividad de empresas del sector minero.

Analistas y consultores que explican esta situación, y también algunos mineros, coinciden en que el problema es que la minería no ha sabido comunicar. Que es la falta de comunicación la causa de que los diferentes grupos de interés tengan percepciones sobre las operaciones que generalmente no coinciden con la realidad, y también del desconocimiento de los esfuerzos que realizan las empresas en gestión social y ambiental en las zonas vecinas a sus operaciones. No les falta razón, pero dejar la responsabilidad de la actual percepción de la minería solo en la comunicación (o la falta de esta) es minimizar una compleja realidad. Son las ciencias sociales las que más luces nos pueden dar al respecto.

Más que de comunicación, la alternativa que tienen las empresas es reforzar su gestión de relacionamiento. Realizar un mapeo de los grupos de interés, calificarlos según su importancia (poder, legitimidad, urgencia, etc.), centrar la gestión en los más importantes, y tomar contacto con ellos con el soporte de un plan de relacionamiento individualizado.

Este refuerzo en la gestión de relacionamiento implica contar con un presupuesto muy menor al de una campaña en medios masivos; también se requiere contar con recursos humanos multidisciplinarios. Comunicadores, por supuesto, pero también sociólogos, antropólogos, economistas y otros profesionales que permitan contar con un diagnóstico preciso de las comunidades con las que resulta necesario construir una relación de mutuo beneficio, armónica y duradera.

El tema es relacionamiento. La comunicación está al servicio de la gestión de relaciones con los grupos de interés, adecuando los mensajes claves a los canales y características de cada uno de ellos, y utilizando sus propios formatos y lenguaje. El que cada actor sea materia de un plan de relacionamiento permitirá que el trato sea directo y exclusivo, y por lo tanto más eficiente.

Son muchos los retos de la minería, construir una buena reputación del sector y lograr la aceptación de la población son dos de ellos, pero la visión es que nuestra población tenga orgullo de su minería.

 

Humberto Arnillas Traverso