Martin Santivañez

Martin Santivañez

La Fundación Luis Enrique Tord

Para preservar el legado del gran escritor e historiador

La Fundación Luis Enrique Tord
Martin Santivañez
12 de junio del 2018

 

Los amigos y familiares de Luis Enrique Tord han tenido la feliz idea de crear una Fundación para perpetuar su legado intelectual. Tuve la suerte de conocer a Tord gracias al gran César Campos (Campitos), y lo acompañé en una conferencia que pronunció en Casa América de España, sobre la literatura peruana. Pocas veces he visto un despliegue como el de aquella tarde madrileña, en la que Tord nos regaló unas palabras magistrales. Erudición, garbo, fino humor y bonhomía, todo eso se combinó de manera equilibrada en la presentación de nuestro compatriota. Y entonces tuve la certeza (la sigo teniendo hoy) de que ante ese público absorto, de latinos y españoles, disertaba uno de los más grandes creadores que ha dado nuestro país.

El Perú es tierra de memoria frágil y cortoplacista. Esta es una tierra de envidia y odios retroactivos. Tord era consciente de la profunda mediocridad de los mandarines del establishment cultural, y tal vez por ello siempre supo mantenerse al margen de las coaliciones de mediocres. La entrega y la disciplina del creador convicto y confeso, caracteriza a una obra impresionante, que encarna grandes momentos de nuestra historia nacional. Lo escrito por su pluma perdurará, y lo escrito por tantas cofradías de la pseudocultura será borrado por el tiempo.

He leído varios de sus cuentos, pero el de “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote” es mi preferido. En este relato Tord hizo gala de erudición, imaginación y talento. El cuento es un pequeño portento de habilidad y conocimiento esotérico, y solo por tal provocación —en un mundo esencialmente líquido— debería figurar en cualquier antología de las letras indianas. Hay páginas que construyen la peruanidad porque se internan en nuestra historia y permiten que ciertos episodios trasciendan, amparándose en la imaginación y la literatura. Toda la obra de Luis Enrique estuvo impregnada de una oculta peruanidad, de un afán por los viejos blasones del pasado; por eso, Tord nos ha legado unos papeles dignos de ser estudiados y preservados. En su obra late el Perú. Y como en alguno de sus cuentos, al pie de las viejas catedrales, los signos esotéricos de un oro escondido laten avivando para siempre el fuego de una obra que no se extinguirá.

Para eso ha nacido la Fundación Luis Enrique Tord. En un país más sólido y maduro el pueblo conocería la obra de Luis Enrique Tord y la valoraría como lo que es en realidad: el producto de una vida lograda que supo valorar la amistad. Ahora, la promoción nacional de su obra queda en manos de sus más entrañables amigos y de aquellos cooperadores de la verdad que vemos en esa obra una cumbre literaria del mejor espíritu nacional.

 

Martin Santivañez
12 de junio del 2018

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