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Huaicos, reforestación y corrupción

Columna

Huaicos, reforestación y corrupción

6 de Marzo del 2017

Continúan las tragedias ocasionadas por los huaicos

La temporada de huaicos no ha terminado. En Puerto Prado (Satipo, región Junín) una avalancha de piedras y lodo ha dejado más de diez personas desaparecidas, dos muertos y destrucción material casi total. Según reportan los vecinos y periodistas de la zona, las escenas son devastadoras y la ayuda inmediata resulta —como siempre— insuficiente. El temporal adverso además ha provocado constantes cierres de la carretera central, la única vía disponible que une Lima con la sierra y selva, afectando las actividades económicas y al enorme flujo de personas. ¿Qué hacer para evitar que numerosas quebradas se activen provocando tantos daños?

 

Está claro que los huaicos se pueden prevenir, porque suceden cada vez que hay lluvias en la sierra y en la selva. Pero la prevención sigue siendo la tarea olvidada por todos los gobiernos locales y nacionales. Y no se ve un horizonte definido en este tema. Solo se habla de qué hacer cuando los daños ya ha sucedido, y no qué hacer antes de que estos daños se presenten.

 

El ex ministro del Ambiente Antonio Brack decía, en 2009, que una de las principales causas de la deforestación de la cuenca del río Rímac fue la construcción del Ferrocarril Central, que para su construcción se utilizó madera proveniente de la zona, para hacer los durmientes de los rieles. “Desde entonces, todos talan y nadie siembra”, decía. Los pocos esfuerzos de reforestación no son suficientes para evitar todos los embates de la naturaleza.

 

Quienes saben dicen otra vez que hay que mirar la realidad; mirar hacia arriba, donde se inicia el problema, e ir a las cabeceras de cuenca. Ahí se deberían construir reservorios y diques para almacenar agua, como lo hicieron los antiguos peruanos. Allí es donde se debe detener la velocidad de las aguas para evitar que las tierras sean erosionadas por las lluvias. Las plantas captan el agua de lluvia, agua que penetra al suelo cumpliendo una función de tampón, para luego aflorar en las partes bajas, como puquiales.

 

Se dice que el llamado “Niño Costero” seguirá golpeando de manera inmisericorde y dejando sus efectos devastadores. La mala temporada pasará, y también pasarán las lamentaciones; desaparecerán las buenas intenciones y las iniciativas que surgen cuando se pisa barro y se entierran muertos. El buen criterio y el sentido común seguirán siendo ninguneados allí donde los oídos sordos evalúan contratar maquinarias y personal, allí donde el dinero es fuente de corrupción en las zonas declaradas en emergencia, en donde se liberan los controles y los gastos sin auditarlos.

 

Sin tanta ingeniería, se sabe qué conviene. Sembrar plantas autóctonas en cada zona es lo que conviene ahora para no seguir lamentándonos mañana. El ingeniero César Paredes, ex jefe del INIA, propone la creación de un canon y un fondo forestal para cambiarle la cara a tantos cerros calatos de la sierra, allí donde el verdor debería estar en todo su esplendor.

 

Imitemos a México. Allí, en 2012, un agresivo programa de reforestación cubrió 375,705 hectáreas con toda clase de plantones ideales para cada zona. A largo plazo resulta mucho más rentable reforestar y construir reservorios que contratar cada año tractores y personal. Se sospecha que todo esto es otra modalidad de la corrupción, de contratistas que viven a expensas de las desgracias nacionales.

 

Manuel Gago