Martin Santivañez

Martin Santivañez

El primer retorno del terrorismo

La batalla de la memoria histórica

El primer retorno del terrorismo
Martin Santivañez
25 de octubre del 2017

El primer retorno del terrorismo es un retorno ideológico. La primera batalla del terrorismo es la batalla de la memoria histórica. El terrorismo ha construido un discurso político en el que se presenta como una fuerza de insurrección ante los problemas del Estado peruano. De allí su doble estrategia: en primer lugar la lucha revolucionaria fue en nombre de los más necesitados. Y en segundo término, la revolución tuvo como objetivo político destruir un Estado fascista, instrumento de la clase dominante. En ambos casos el revolucionario era un agente político de la justicia social, no un terrorista. La culpa radicaba esencialmente en el sistema, en la clase dominante y en su instrumento estatal.

La construcción de una memoria histórica en la que el terrorismo deje de ser terrorismo para transformarse en una “revolución social” forma parte de su estrategia de recuperación política. El terrorismo revalorará el mito de la revolución como motor de su historia partidista y como discurso movilizador ante una juventud que desconoce lo que realmente sucedió bajo la férula de Abimael Guzmán. Por eso es imprescindible que las fuerzas democráticas forjen una alianza patriótica con las fuerzas del Estado para impedir esta reescritura de la historia en clave marxista. Si permitimos la inoculación del prisma senderista en la educación nacional, toda una nueva generación de peruanos pensará que el terrorismo fue un exceso del romanticismo político revolucionario, una exageración que tuvo como respuesta el crimen sostenido por parte del Estado. Este objetivo político del terrorismo debe ser denunciado continuamente. El Perú no debe olvidar quién levantó las armas contra un Gobierno legítimamente constituido apelando a la sangre y a la aniquilación selectiva como vía de poder.

Reaccionar de forma distinta implica caer en una suerte de doble moral. En efecto, existe doble moral cuando legitimamos con nuestro discurso o nuestras acciones políticas a un episodio que en cualquier otra coyuntura condenaríamos sin miramientos. La historia de la izquierda peruana es una historia de doble moral. El ejemplo patente de este comportamiento sesgado es la distinta vara que se ha empleado para medir a los terroristas y a nuestras Fuerzas Armadas. El terrorismo es de por sí un vicio peligroso, un crimen que lesiona la fibra moral del país. Pero lo peor surge cuando se levantan las voces de sus defensores o apañadores que optan por actuar como una especie de quinta columna banalizando el hecho terrorista bajo la pátina de un falso humanitarismo.

Lo humano es pagar la culpa y arrepentirse de los errores. Lo satánico radica en permanecer en el crimen sin ningún remordimiento. El terrorismo ha provocado la proliferación de esta doble moral que destruye políticamente a sus enemigos mientras que contempla de manera condescendiente a los terroristas. La izquierda peruana ha desarrollado la enfermedad del relativismo desde su fundación histórica. Lamentablemente, la generación de recambio opta en este mismo instante por abrazar el mismo error, repitiendo las excusas de sus mayores y buscando equiparar los crímenes de Sendero con los actos de corrupción de sus adversarios populares.

El pueblo peruano debe rechazar la doble moral que favorece el primer retorno ideológico de Sendero Luminoso. Debe enfrentarse a esta postura maniquea que intenta dividirnos sin reconocer que el terror rojo puede regresar con total impunidad. Una sola moral debe juzgar al terrorismo. Un solo principio debe enfrentarse a él. El Perú nunca debe aceptar el sendero del terror como vía para el desarrollo o la democracia. Nuestro país tiene que ejecutar todas las proscripciones jurídicas y políticas necesarias sobre aquellos que decidieron empuñar la quijada de Caín.

 

Martín Santivánez Vivanco

Martin Santivañez
25 de octubre del 2017

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