Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

El hogar/oficina de los millennials

Donde haya wi-fi es la casa del hombre de la era electronal

El hogar/oficina de los millennials
Eduardo Zapata
24 de mayo del 2018

 

En un libro reciente titulado Nómades electronales —que va ya por su segunda reimpresión— nosotros sosteníamos que con las nuevas tecnologías y con el mensaje fugaz y siempre inédito electronal, los millennials abandonaban el sedentarismo y, cual nómades modernos, emprendían otra vez la marcha. En búsqueda de lo nuevo, dejando atrás lo obsoleto.

Si hasta ayer el mundo sedentario giraba en torno a las “verdades” racionales del libro, hoy nuevas condiciones de producción de sentido y un sentimiento simultáneo de obsolescencia y libertad impulsan al millennial a la marcha.

Hasta ayer solo se podía ser consumidor pasivo de información producida siempre por terceros. Hoy es factible producirla. Hasta ayer una sensación de inicio y fin enmarcaba nuestra existencia. Hoy el “discurso sin fin” del mundo digital nos invita a abrir más y más ventanas en búsqueda de una “verdad” que se nos antoja más nuestra y fluyente que estática, universal e inmutable.

Allí donde hay wi-fi estarán la casa o la misma oficina de un hombre nacido en la era electronal. Allí donde nos sintamos cómodos y sin muros circundantes nos estableceremos transitoriamente, tal vez en un mismo lugar físico, pero navegando —repárese en el valor de la palabra— por mundos ignotos.

La cadena de cafés Starbucks lo entendió perfectamente. Fundada en 1971 en Seattle (USA), es desde 1980 cuando se empieza a expandir en todo USA y en el mundo entero. Miles de jóvenes se apoderan de sus mesas para desde allí —en un espacio libre— conectarse con sus amigos, sus trabajos y el mundo todo.

Pronto Starbucks se convirtió en el hogar de los millennials: instalación transitoria pero sin límites de tiempo, el tiempo mismo sin límites de permanencia (no hay “cuenta”) y la gratificación de ver circular a su alrededor y físicamente, y a través de sus computadoras, a miles de otros jóvenes —distintos y diferentes como ellos—, que el sedentarismo del hogar les negaba.

Hoy se alquilan oficinas para empresas que empiezan también a aligerarse del peso de la “casa propia”, aquel acariciado sueño del sedentarismo escribal. Enormes edificios inteligentes, con todos los servicios incluidos, son ocupados por días, meses o años por empresas que sienten que hoy pueden estar aquí, pero también están ya allá y mañana en algún otro lugar donde los reclame su ego productor.

Bien mirado el asunto, hemos aligerado las mochilas. El viaje es largo, casi infinito. Solo caben las ataduras que el millennial desee crearse. Que —error de apreciación— tienen más que ver con la gratificación de gustos y un feeling circunstancial que con gratificaciones económicas.

 

Eduardo Zapata
24 de mayo del 2018

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