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Saavedra en el candelero

Columna del director

Saavedra en el candelero

23 de Noviembre del 2016

Se avecina posible interpelación ministerial

Todo indica que en esta ocasión el ministro de Educación, Jaime Saavedra, no podrá evitar la interpelación en el Congreso. Las denuncias sobre el Comité Olímpico y la corrupción detectada —por la Unidad de Inteligencia Financiera y el Ministerio Público— en las compras de computadoras por el sector Educación, hacen muy difícil detener el respectivo control legislativo. Ni siquiera la pared mediática que lo respalda podría valer en esta circunstancia.

Sin embargo, a entender del suscrito, el gran problema de la gestión de Saavedra está en el trasfondo ideológico de la reforma educativa que pretende implementar y que, de una u otra manera, lo han convertido en el ministro más popular de la pasada administración nacionalista y el actual gobierno pepekausista. Cuando se observa incluso a liberales y conservadores defender los fundamentos de la reforma de Saavedra no podemos dejar de preguntarnos ¿qué movimientos tectónicos se han producido en la cultura política del país para semejantes respaldos?

La reforma de Saavedra parte de un principio: el empoderamiento del Estado y de la burocracia para elevar la calidad educativa. ¿En qué momento el Estado —que hace agua por todos lados— se convirtió en la fuerza salvadora? En el caso de la universidad la cosa es estremecedora: el sistema de una superintendencia que depende del gobierno y otorga a la burocracia un poder discrecional ilimitado solo ha funcionado en los ex países de la Unión Soviética y en la experiencia velasquista del siglo pasado. Los mejores sistemas universitarios de Estados Unidos y Europa se basan en sistemas de acreditación y gestión absolutamente independientes del Estado.

Sin embargo en el Perú la reforma de Saavedra ha pasado como la gran solución. A esto se suma una curiosa y extraña unanimidad mediática en defensa de Saavedra y que canceló cualquier posibilidad de debate con la demonización del disidente como “defensor de universidades basura”. El regreso del sueño estatista se produjo cuando las innovaciones privadas —de Facebook, Microsoft y Google, por ejemplo— convertían a los planes de estudios tradicionales en obsoletos de aquí para allá. Cuando nada estaba quieto y ningún conocimiento podía reclamar autoridad, el Perú se embarcaba en el proyecto del Estado alfabetizador napoleónico del siglo XIX.

Si uno analiza los argumentos con que se construyó el relato que parió la reforma Saavedra, todos son argumentos de propaganda: el sector privado era “la universidad basura”, cuando las deficiencias también estaban en la universidad estatal y asociativa (la excelente Católica y la deficiente Garcilaso, por ejemplo). ¿Cómo, pues, se produjo ese viaje al pasado en el Perú con el apoyo de algunos liberales proclamados hayekianos?

El fenómeno no se puede explicar solo por la inteligencia de los estrategas de comunicación de Saavedra y las inversiones en publicidad. Reducir el fenómeno a esas variables sería negar el particular momento que vive el Perú como una sociedad de ingresos medios, pero que todavía no implementa reformas de segunda generación para seguir creciendo y reduciendo pobreza como antes. En otras palabras, cuando el Perú se acerca a la llamada trampa de ingresos medios que, generalmente, impulsa a las mayorías a retornar a las certezas del pasado —entre ellas el Estado—, frente a la continuidad de las incertidumbres.

Si observamos con detenimiento, las reformas de Saavedra tienen la misma naturaleza del movimiento chileno contra “el lucro en la educación”, que desencadenó un lento retorno social al estatismo en el país de la estrella solitaria. De alguna manera, pues, el respaldo a las reformas del Minedu tiene la misma connotación que las amenazas antisistema que se presentaron en las elecciones peruanas del 2006, del 2011 y del 2016.

Víctor Andrés Ponce