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El sueño de la dispersión fujimorista

Columna del director

El sueño de la dispersión fujimorista

8 de Agosto del 2016

Sobre el papel de los partidos populares en el Perú

El diario Correo presenta la encuesta de CPI y habla de las cifras del fujimorismo: 38.3% aprueba el desempeño de Keiko y 52.6% califica de perjudicial a la bancada de Fuerza Popular (el fujimorismo parece perder con respecto a la reciente votación obtenida). La República pone en portada las declaraciones de la congresista fujimorista, Yeni Vilcatoma: “No apoyaré ley de arresto domiciliario para Fujimori”. Si a esto le agregamos las pasadas declaraciones de PPK acerca de que se “jalaría cerca de treinta congresistas que son fujimoristas por prebendas” y también recordamos las predicciones de Mario Vargas Llosa, luego de las elecciones, acerca de que el fujimorismo se disgregaría tal como alguna vez sucedió con el odriismo, es evidente que algunos sueñan y alientan una dispersión del fujimorismo.

Ahora bien, ¿a quién le puede convenir que el fujimorismo se disgregue? Es evidente que solo al radicalismo, a la apuesta antisistema que hace sumas y restas para un eventual fracaso de la administración de PPK, el llamado “cuarto gobierno neoliberal” de los últimos 25 años. Y la razón es sencilla: El fujimorismo es un partido, o quizá una representación del pueblo, que ha impedido —junto al aprismo— que el proyecto bolivariano prospere en el siglo XXI. ¿0 no? En el siglo pasado el partido aprista era un auténtico partido del pueblo y su existencia fue la única explicación de que el comunismo no asaltara el poder, más allá del velascato y del baño de sangre que desató el terrorismo senderista.

Pero, ¿por qué es de vida o muerte la existencia de un partido popular para evitar la amenaza anticapitalista en el Perú? Por la sencilla razón de que desde la Independencia de la metrópoli, en el Perú siempre hubo una sociedad criolla (menos del 20% de la población) que concentraba el voto y la propiedad, mientras se excluía a la sociedad andina, que sumaba el 80% de peruanos. En el siglo XX, el Apra representó la emergencia popular de entonces y se convirtió en un partido del pueblo.

Si bien las reformas económicas de los noventa y la Constitución de 1993 han permitido un crecimiento económico sin precedentes, que ha arrinconado la pobreza a solo un quinto de la población y que ha expandido a las clases medias, el 60% de la economía todavía se desempeña en la informalidad. Todavía existe un país formal y otro informal. La ausencia de un Estado nacional ha disparado las diferenciaciones sociales para quienes antes eran pobres y la irritación se generaliza. En esto sectores actúa la prédica radical que ya se expresó en las elecciones del 2006, del 2011 y del 2016. Bueno pues, el fujimorismo con sus problemas y límites es la barrera que contiene a la prédica antisistema en los sectores de la emergencia nacional.

De allí que la apuesta por la dispersión del fujimorismo sea absolutamente entendible en la izquierda, pero no en un liberal ni menos en un demócrata. Imaginemos que el fujimorismo se balcaniza, ¿qué resta para enfrentar la propuesta antisistema? ¿Julio Guzmán, Alfredo Barnechea, o quizá un heredero de una buena administración de PPK? No hay nada concreto.

Algunos liberales hayekianos —cegados por el antifujimorismo—, incluso creen que Verónika Mendoza llegará convertida en demócrata en el 2021. Hoy Mendoza es una clara activista antiminera (pregúntele por los relatos en Espinar) que disputará con el radicalismo la preeminencia popular. Esa es la realidad. Nuestros amigos liberales más bien parecen moverse en el reino de la fe que en el análisis concreto de la situación concreta.

Pero el problema del antifumorismo, que sueña con la dispersión naranja, es que su intolerancia produce el efecto contrario: todo indica que con más ataques, con más voluntad de demonizar, con más relatos que se caen y con la continuidad carcelaria de Alberto Fujimori, el fujimorismo se endurece, se enraíza más en las bases y se convierte en una extraña representación popular que el Perú oficial no entiende.

Víctor Andrés Ponce