En las regiones con mayores índices de pobreza monetaria en el ...
El concepto del “Ogro filantrópico”, que utilizó Octavio Paz para referirse al opresivo régimen estatista y autoritario del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México en el siglo pasado, es un cadáver que suele resucitar en Hispanoamérica de manera recurrente. A pesar de que el ogro filantrópico es un difunto indiscutible en Venezuela –con resultados devastadores que señalan que el 90% de la población padece pobreza y más de un tercio de la ciudadanía ha emigrado, escapando del hambre y la persecución política–, ese ogro, que promete el paraíso terrenal, que promete repartir riqueza sin decirnos cómo se crea, resucita en cada campaña electoral en la región.
En el Perú las izquierdas han comenzado a prometer el oro y el moro con el objeto de ganar el voto de la semana. El candidato José Luna de Podemos acaba de prometer una pensión de S/ 5,000 para todos. En ningún momento se preocupa de explicar cómo financiará esa propuesta que, simplemente, quebraría al Perú, hundiría en la pobreza a los presentes y sacrificaría el futuro de las siguientes generaciones. El candidato Ronald Atencio del movimiento Venceremos acaba de proponer un sueldo mínimo de S/ 1800 sin considerar la productividad y la situación de las empresas en los mercados. Para la izquierda y el populismo, la riqueza es una fruta que existe en la naturaleza y que solo basta cosechar y repartir.
Los señalados postulantes han sostenido estos despropósitos y los demás candidatos han guardado silencio, quizá calculando justificadamente que cualquier argumentación en contra puede amplificar mediáticamente a las barbaridades de los candidatos que no aparecen en las encuestas.
Sin embargo, la situación vale para seguir reflexionando por la metástasis estatista que atraviesa a todas las izquierdas latinoamericanas, particularmente a la peruana. En todas estas propuestas, en todos estos arrestos y aproximaciones está el evangelio del marxismo profano, que señala que el Estado es la fuente de la riqueza y la distribución de las posibilidades. Si consideramos que la propia China comunista desarrolla uno de los capitalismos más audaces de la historia de la humanidad, entonces, es incuestionable que la posición de los populismos y las izquierdas peruanas es un anacronismo que en algún momento la sociología y las ciencias políticas deberán explicar. ¿De dónde viene ese fundamentalismo estatista, sobre todo luego del fracaso de los países de la ex Unión Soviética, que nada tiene que envidiar a los fundamentalismos islámicos? ¿De dónde proviene esa frivolidad táctica que los impulsa a proponer fórmulas que solo crean fábricas de pobreza?
Y no vaya a creerse que es una batalla ganada en el Perú, a pesar de los cataclismos de realidad que han derrumbado al estatismo, al colectivismo. En las últimas décadas, las izquierdas en todas sus versiones, han convertido al Estado peruano en un verdadero ogro filantrópico, en un Estado burocrático que se ha repletado de planilla y que solo se dedica a bloquear inversiones y a promover la informalidad.
Cualquier cifra o tendencia en el Perú indica con absoluta claridad que el gasto en planilla se incrementa en porcentajes que duplican o triplican las mejores tasas de la economía o del PBI. Por ejemplo, entre el 2007 y el 2024 el promedio de incremento del gasto en planilla fue de más de 8% anual. Asimismo, según un informe del Consejo Privado de Competitividad, el gasto corriente total del Estado –incluyendo las planillas– se incrementó en alrededor del 38% entre el 2019 y el 2024.
Asimismo, en el 2013 existían más de 1.2 millones de empleados públicos; sin embargo, en el 2024 los servidores públicos superaban largamente los 1.5 millones. Igualmente, si se comparan los promedios de los salarios de los empleados formales del Estado con el del sector privado formal, hoy los estatales ganan más que los trabajadores de las empresas, no obstante que el sector privado aporta el 80% de los ingresos fiscales.
Cualquier sea la cifra del incremento de los gastos estatales supera a las tasas de expansión de la economía privada. En otras palabras, en los últimos años seguimos empoderando al Estado, al burócrata, pese a que todos sabemos que solo los privados producen la riqueza. ¡Todo debe cambiar a partir del 2026!
















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