El Perú enfrenta una de las paradojas más absurdas de su...
El Cusco tiene una ventaja que pocas regiones del Perú pueden exhibir: concentra una parte excepcional del patrimonio turístico nacional y posee una marca reconocida mundialmente. En el foro Cusco al 2040, el ministro de Comercio Exterior y Turismo, Rogers Valencia, anunció el compromiso del Gobierno central de impulsar una agenda destinada a convertir el turismo en uno de los principales motores del desarrollo económico y social de la región. Entre los proyectos planteados figuran el acceso alternativo por Pachar al Valle Sagrado y el desarrollo de Choquequirao mediante teleféricos y nuevos senderos.
La oportunidad es evidente. Según el Mincetur, Cusco concentró en 2025 cuatro de los cinco principales destinos turísticos del Perú: el Santuario Histórico de Machupicchu, la Explanada de Saqsaywaman, el Parque Arqueológico de Ollantaytambo y el Complejo Arqueológico de Moray. A ello se suma el diagnóstico de Comex Perú, según el cual Cusco desplazó a Lima como la región más visitada del país durante 2025.
El turismo no es, por tanto, una actividad secundaria para la economía cusqueña. Antes de la pandemia representaba alrededor del 14% de su PBI y generaba más de 200 mil empleos directos e indirectos. En 2025 se registraron 3.7 millones de arribos a establecimientos de hospedaje, señal de una recuperación importante. Pero el sector todavía no ha recuperado plenamente su potencial y enfrenta tres problemas que no pueden seguir siendo postergados.
El primero es la infraestructura. La red vial del Cusco alcanza los 17,577 kilómetros, pero el 83.9% carece de pavimentación. Esta realidad limita la conexión entre los principales atractivos y restringe la posibilidad de distribuir el flujo turístico hacia nuevos destinos. A ello se suma la lenta ejecución del aeropuerto de Chinchero, cuya capacidad permitiría movilizar alrededor del doble de pasajeros que el aeropuerto Velasco Astete, cuya capacidad hacia 2026 es de aproximadamente 5 millones de pasajeros.
No se puede pretender convertir al Cusco en una potencia turística internacional manteniendo una infraestructura que dificulta precisamente aquello que se busca promover. Choquequirao, el Valle Sagrado y otros atractivos pueden tener un enorme potencial, pero ese potencial no se transforma en actividad económica si llegar hasta ellos continúa siendo difícil, costoso o inseguro.
El segundo problema es la seguridad. En 2025, el 31.5% de los cusqueños mayores de 15 años fue víctima de algún hecho delictivo. La región registró 1,310 denuncias por presuntos delitos por cada 100 mil habitantes y menos del 30% de las comisarías se encontraba en buen estado. Como si esto fuera poco, el presupuesto destinado a seguridad cayó 13% en 2026 respecto del año anterior.
Estas cifras no son solamente un problema policial. Son también un problema turístico. El visitante internacional compara destinos y busca seguridad, previsibilidad y facilidades. Un país que no puede garantizar esas condiciones termina perdiendo turistas frente a competidores que sí las ofrecen.
El tercer obstáculo es la gestión de los activos turísticos. Y aquí Machu Picchu constituye el ejemplo más evidente. Entre diciembre de 2024 y enero de 2025, la plataforma estatal tuboleto.cultura.pe colapsó en repetidas ocasiones, obligando al Ministerio de Cultura a suspender temporalmente la venta de entradas y provocando largas filas de turistas. En septiembre de 2025, el servicio ferroviario entre Ollantaytambo y Machu Picchu Pueblo fue suspendido durante varios días por el bloqueo de la vía férrea en medio de un conflicto relacionado con la concesión del transporte en buses hacia la ciudadela.
El resultado fue nuevamente negativo para la imagen del país: entre 1,400 y 1,500 turistas quedaron varados durante varios días y 17 personas resultaron heridas en los enfrentamientos. Un destino turístico mundial no puede permitirse que sus visitantes enfrenten semejantes situaciones por problemas administrativos, conflictos internos o deficiencias de coordinación estatal.
La solución, por ello, no consiste únicamente en promocionar más al Cusco. El Perú ya posee uno de los patrimonios turísticos más importantes del planeta. Lo que falta es crear las condiciones para que ese patrimonio se convierta en una industria moderna, competitiva y capaz de generar empleo e inversión.
El desafío nacional es todavía mayor. En 2025 el Perú recibió apenas 3.4 millones de turistas internacionales, frente a los 102 millones de Francia, los 93.8 millones de España y los 72 millones de Estados Unidos. La comparación demuestra que el problema peruano no es la falta de atractivos. El país ha sido reconocido como Mejor Destino de Sudamérica, Mejor Destino Cultural y Mejor Destino Culinario. El problema está en nuestra capacidad para transformar esas ventajas en resultados.
Cusco puede ser el punto de partida de ese cambio. Pero para lograrlo se necesita infraestructura, seguridad y una gestión pública capaz de proteger y poner en valor los activos turísticos. El Gobierno central ha planteado una agenda y proyectos concretos. Ahora corresponde convertir los anuncios en obras, superar la burocracia y garantizar que los conflictos no vuelvan a paralizar los servicios turísticos.
El Perú no necesita descubrir nuevos atractivos para convertirse en una potencia turística. Necesita, simplemente, dejar de desaprovechar los que ya posee.
















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