Felipe Tudela
¡Un indio en el Capitolio!
Jake Angeli, el manifestante vestido de indio americano

El miércoles 6 de enero un grupo de manifestantes pro Trump irrumpió en el Capitolio, en Washington D.C., en un supuesto intento de revocar la derrota electoral del candidato republicano, interrumpiendo la ceremonia que confirmaba la victoria electoral de Joe Biden en la Cámara de Representantes. El resultado fue 4 muertos, 14 policías heridos y 52 arrestos. El disturbio estuvo lleno de símbolos y subtextos dignos de análisis, los que son inherentes a la política americana. Quizá el que más resaltó fue la presencia de Jake Angeli, el manifestante vestido de indio americano, con gorro de búfalo, quien se tomó varias fotos en la silla de la presidenta de la Cámara de Representantes.
Dicha vestimenta no es casualidad ni una excentricidad del manifestante, sino una referencia al Boston Tea Party, que tuvo lugar el 16 de diciembre de 1773 en el muelle de Griffin (en Boston, Massachusetts). En ese lugar, un grupo de colonos estadounidenses, disfrazados como indios americanos, arrojó al mar la carga de té de tres buques británicos, como acto de protesta contra Gran Bretaña por la aprobación de la Ley del Té, que gravaba la importación de distintos productos, incluido el té.
Los colonos americanos, enfurecidos con Gran Bretaña por imponer impuestos sin tener representación parlamentaria, arrojaron al mar 342 cajas de té, importadas por la Compañía Británica de las Indias Orientales. El acontecimiento fue el primer acto importante de desafío de los colonos contra la corona británica. Demostró a Gran Bretaña que los americanos no aceptarían impuestos injustos ni la tiranía de la corona; y reunió a patriotas americanos de las 13 colonias para luchar por la independencia de los EE.UU.
Al igual que los manifestantes en el incidente del Boston Tea Party, donde los patriotas manifestaban por el `no taxation without representation´, los manifestantes pro Trump protestan por la falta de representatividad que el supuesto fraude electoral conlleva. El mainstream mediático ha catalogado el asalto al Capitolio como un ataque a la democracia americana; sin embargo, la historia demuestra que la democracia americana fue fundada bajo estos principios patrióticos subversivos.
El incidente ha llevado a Silicon Valley ha censurar a Trump de las mayores plataformas tecnológicas: Facebook, Apple y Google entre otros. Pero es Twitter la que ha llamado más la atención, pues suspendió permanentemente a Donald Trump debido al presunto ``riesgo de una mayor incitación a la violencia´´.
Además de la censura a Donald Trump, también se ha censurado a usuarios que compartieron contenido pro Trump y que defendían la toma del Capitolio. Este es un precedente nunca antes visto, en el que las grandes corporaciones están interviniendo directamente en el contenido que los usuarios pueden compartir y acceder, basándose únicamente en criterios políticos.
Sin embargo, esta censura no está limitada únicamente a las plataformas digitales. También ha alcanzado a empresas que utilizan los servidores de las Big Tech; como fue el caso de Parler, una plataforma alternativa a Twitter, cuya página web fue cerrada después de que Amazon Web Services la identificara como un refugio de partidarios pro Trump, y sosteniendo que dicha página web estaba violando los términos y condiciones del servidor. Esto último ha evidenciado los movimientos orquestados de censura de las Big Tech a los medios independientes de derecha en sus plataformas, lo cual es un grave atentado contra la libertad de expresión e información.
¿Pero acaso no son las empresas privadas libres de hacer lo que quieran con sus plataformas digitales? Eso depende de si dichas plataformas son una editora (publisher) o si son un foro público (public forum). Un publisher elige el contenido que publica en su plataforma. Ejemplos de publishers son: The Economist, The New York Times, El Comercio, etc. Ellos pueden elegir qué se publica en sus plataformas y páginas web; y al poder elegir el contenido que se publica, son responsables legales de dicho contenido. Si una editora publica contenido falso, difama o calumnia, puede ser demandada por la parte afectada.
A diferencia de una editora, un foro público no regula el contenido que comparte (puede ser virtual o físico), y por ello debe dejar que los usuarios y personas ejerzan su libertad de expresión. Ejemplos de un public forum son: una plaza, un parque, Youtube, Facebook o Twitter, entre otros.
¿Por qué importa la diferencia entre un publisher o un public forum? Porque según la Communication Decency Act Section 230 (Sección 230 de la Ley de Decencia de Comunicación), aprobada por el Congreso americano en 1996, los foros públicos no están sujetos a responsabilidad legal por el contenido que colocan en sus sitios web. Esta misma ley es la que ha hecho posible que páginas web como Wikipedia, Facebook y Twitter, se desarrollen y crezcan para volverse las súper empresas tech que conocemos hoy en día.
Esto quiere decir que ahora las Big Tech quieren comportarse como editoras, controlando el contenido que se publica en sus plataformas, y a la vez quieren la protección legal que conlleva ser un foro público. Uno puede ser lo uno o lo otro, pero no puede ser las dos cosas a la vez. Y al pretender operar como ambas figuras al mismo tiempo, los gigantes de las redes sociales adquieren un poder peligroso, pues en vez de dejar que la gente decida lo que quiere pensar sobre el contenido que encuentran en redes sociales, Silicon Valley está censurando a los usuarios y páginas web que no se alinean con su agenda.
La ironía es obvia, los progresistas de Silicon Valley, los mismos que defienden el relativismo moral, son los mismos que quieren censurar discursos que consideran ‘’malos’’ o ‘’de odio’’. Esto ya fue anunciado por Karl Popper, quien sostiene que si una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes. Popper concluyó que, aunque parezca paradójico, para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia.
Aunque es paradójico en esencia, puede ser que tenga sentido en una sociedad con principios morales definidos, pero en una sociedad que defiende el relativismo moral y el newspeak orwelliano, este enunciado no es sólo paradójico, sino irracional y peligroso, pues, ¿quién decide que es ``intolerante´´? El grupo que tenga más poder, en este caso Silicon Valley y la élite empresarial liberal americana.
Estamos entrando a un mundo donde los que deciden qué es censurable y qué es aceptable son las empresas privadas, sin consideración a las normas constitucionales o al deseo del mercado. Ejemplo de ello es Trump, cuya cuenta de Twitter se encontraba dentro de las 10 más populares de la plataforma en el mundo. La gran mayoría de usuarios de Twitter quería escuchar a Donald Trump, pero ahora no pueden por la decisión de una élite oligárquica que arrasó con el derecho a la libertad de expresión y de información de los usuarios.
Probablemente lo más condenable es que el público ni siquiera es consciente de estas censuras. No se le informa a los usuarios de estas “censuras en la sombra” (shadow ban), las cuales solo son comparables con las acontecidas en la URSS, donde personajes políticos importantes simplemente desaparecían de la faz de la tierra: de fotos, documentos y registros, y cuyos simpatizantes también eran censurados y perseguidos.
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