Carlos Rivera
Un homenaje a la vida
Sobre el libro “Estación final” del escritor y periodista Hugo Coya

¿Qué tragedias cercanas a la Segunda Guerra Mundial son referentes para conocer las dimensiones complejas del ser humano cuando descargó el odio contra su prójimo hasta reducirlo a escombros? La guerra estuvo más cerca de nuestro país de lo que pensamos.
Estación final (Aguilar,2015) es un impecable libro de Hugo Coya. Laborioso en sus pesquisas, excelente en su propuesta de relatarnos historias de peruanos que vivieron en los campos de concentración de Auschwitz, Bergen-Belsen, Sachsenhausen, Sobibor y Terezín y a pesar de ello intentaron salvar vidas. Un trabajo original con la eficacia narrativa de un sólido cronista, que ensaya una voz vigorosa y que por momentos parece quebrarse ante los hechos reales, pero debe continuar con los relatos como un registrador de la memoria guiándonos por las escabrosas catacumbas del infierno. Una obra que, además de bien escrita, es un testimonio de recompensa para que aquellos personajes olvidados puedan, al menos, descansar en paz o en esa “estación final” que el autor nos propone como una piadosa revelación para los nuevos tiempos.
Coya desarrolla el capítulo “Magdalena resiste” dedicado a Magdalena Blanca Paulina Truel Larrabure y que en el registro francés figuraba como Magdalena Blanche. Tomo los siguientes párrafos que describen sus días finales mientras soportaba estoicamente las golpizas de los soldados alemanes para que revelara a sus cómplices: “Al no conseguir su confesión, fue conducida tempranamente a la prisión de Fresnes, en las afueras de ParÍs. Permanece inmutable, silenciosa y ensimismada. Leía y releía La Biblia”, lo único que sus familiares pudieron hacerle llegar, y rezaba continuamente; sobre todo después de cada interrogatorio, durante los cuales repetía que era la única responsable de sus actos y que nunca revelaría los nombres de aquellos que la habían ayudado. En medio de la desgracia, encontraba siempre alguna forma para combatir la desilusión y el espanto de la guerra.
A pesar de estar terminantemente prohibido –y de ser extremadamente difícil–, se escabullía hacia la enfermería de la prisión para consolar como pudiera a los enfermos y heridos contándoles pequeñas e interesantes historias sobre el Perú, sobre la vida al interior del reclusorio, haciéndoles reír y dándoles más ganas de superar todo aquello.
Sus antiguos compañeros de prisión recuerdan, con cierto orgullo y admiración, que un día usó un mango de madera como si fuera una especie de cuchillo para esparcir equitativamente sobre el pan los veinte gramos de margarina que recibían los presos cada semana”.
En una conferencia que dio el autor en la Universidad de Piura, compartió al auditorio estas palabras: “Me gustaría que mi libro solo sea una novela… Nada de esto es una invención… el Holocausto no puede ser considerado un tema solo de judíos, sino que es un tema universal. ¿Cómo podemos los seres humanos vernos al espejo todos los días y no sentirnos avergonzados por lo ocurrido?”. Una advertencia necesaria para sumergirnos en la obra.
Acabé de leer el libro en la madrugada de una ciudad norteña. Recostado en mi cama, mirando por momentos la ventana, avanzaba sus hojas. No pude contener las lágrimas cuando volteé la última página y no por cobarde sino porque es imposible tomarlo como cualquier texto sin que uno no asuma algún compromiso moral con la culpa del pasado. La fuerza de cada una de sus historias nos sacude dolorosamente, pero nos estimulan a creer –a pesar de todo- en la humanidad. Son estos momentos cuando la alta literatura y el buen periodismo van de la mano y sirven verdaderamente para explorar aquellos espíritus ejemplares por los cuales vale la pena luchar por nuestra existencia.
Nota: La fotografía corresponde al autor junto al monumento dedicado a Magdalena Truel, y que fuera inaugurado en diciembre de 2021 por la Municipalidad de Miraflores. Está ubicado en el parque Yitzhak Rabin del Malecón Cisneros.
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