Mariana de los Ríos
Super Mario Galaxy: espectáculo sin gravedad ni centro
Una secuela vistosa pero vacía que apuesta por la fidelidad al videojuego
La película animada Super Mario Galaxy (2026), dirigida Aaron Horvath y Michael Jelenic y escrita por Matthew Fogel, llega impulsada por el éxito masivo de su predecesora, Super Mario Bros (2023), también dirigida por Harvard & Jelenic. Con un elenco de voces encabezado por Chris Pratt (Virginia, 1979), Charlie Day (Nueva York, 1976) y Anya Taylor-Joy (Miami, 1996), la película busca expandir el universo de Mario hacia el espacio. Sin embargo, más allá de su despliegue visual y su apego al material original, esta secuela evidencia las limitaciones de una fórmula que prioriza la referencia constante por encima de una historia sólida.
La trama parte de un conflicto familiar convertido en amenaza cósmica. Bowser Jr., decidido a liberar a su padre, secuestra a Rosalina y emprende un plan para dominar el universo. Mientras Peach y Toad parten al rescate, Mario y Luigi quedan inicialmente atrás, acompañados por Yoshi y un diminuto Bowser en proceso de redención. Pronto todos convergen en una misión espacial que los lleva de un escenario a otro sin demasiado hilo conductor, en una sucesión de encuentros que rara vez construyen tensión o sentido.
Uno de los principales problemas de la película es su estructura narrativa fragmentada. El guion avanza a saltos, como si replicara niveles de videojuego sin preocuparse por la coherencia entre ellos. Cada escena introduce un nuevo personaje, criatura o desafío, pero pocos tienen peso real en la historia. Rosalina, por ejemplo, aparece con potencial dramático al inicio, solo para quedar relegada. Las motivaciones de los personajes apenas se esbozan y luego se abandonan, dejando una sensación de superficialidad constante.
A nivel visual, la película cumple con lo esperado. Los mundos espaciales están llenos de color, texturas y diseños que evocan directamente los juegos de Nintendo. Sin embargo, esta riqueza estética se convierte en un arma de doble filo. La dirección no permite que las imágenes respiren ni que el espectador se detenga a apreciarlas. Todo pasa demasiado rápido, como si el film temiera aburrir y optara por una saturación permanente de estímulos que, paradójicamente, termina agotando.
El humor, que fue uno de los puntos fuertes de la primera película, aquí resulta escaso y poco memorable. Los diálogos son funcionales, casi mecánicos, y rara vez logran generar momentos genuinamente graciosos. Incluso personajes con potencial cómico, como Toad o Yoshi, quedan desaprovechados. La dinámica entre Mario y Peach, insinuada como un posible eje emocional, nunca se desarrolla. Todo queda en insinuaciones sin consecuencias, como si la película evitara cualquier riesgo narrativo.
Las actuaciones de voz tampoco logran elevar el material. Chris Pratt vuelve a ofrecer un Mario algo desdibujado, mientras que Jack Black, limitado por la versión reducida de Bowser durante buena parte del metraje, pierde parte de su carisma. La incorporación de nuevos personajes, como Fox McCloud, aporta cierta energía, pero se siente más como un guiño para fans que como una adición orgánica a la historia. La película está llena de estos momentos diseñados para el reconocimiento inmediato.
De hecho, el uso excesivo de referencias y “easter eggs” se convierte en uno de los rasgos más problemáticos del film. Cada elemento parece existir únicamente para ser identificado por el espectador. Pantallas, objetos, criaturas y hasta sonidos remiten a los juegos, pero rara vez cumplen una función narrativa. Esta acumulación de guiños termina sustituyendo el desarrollo dramático, convirtiendo la experiencia en una especie de catálogo interactivo más que en una película con identidad propia.
En suma, Super Mario Galaxy es un producto eficaz en términos comerciales, pero débil como obra cinematográfica. Su ritmo frenético, su estética cuidada y su familiaridad la hacen accesible para el público infantil, pero dejan poco para quienes buscan algo más que una sucesión de estímulos. Es una película que pasa rápido y se olvida igual de rápido, atrapada entre la fidelidad al videojuego y la falta de ambición creativa.
















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