Arturo Valverde
Stendhal, el rápido
Sobre las técnicas narrativas en “La cartuja de Parma”

Querida hermana:
Con qué rapidez pasa Stendhal de una escena a otra en su novela La cartuja de Parma (Alianza Editorial, 2020). En un solo capítulo, el autor desarrolla varias escenas, sin que exista número, símbolo o señal que advierta al lector. Hay historias, por ejemplo, que surgen de diálogos, como en la página 280, donde dice: “Van muy bien: he encontrado un hospedaje, aunque muy poco digno de Vuestra Excelencia, en casa de la mujer de un amigo mío, que es muy bonita y además está íntimamente relacionada con uno de los principales agentes de la policía…”.
Lo que más llama mi atención es que, además de iniciar una nueva escena, Stendhal introduce a un nuevo personaje, sin necesidad de escribir tediosas descripciones. Los personajes surgen como si estuvieran presentes a lo largo de la novela. Entran y salen por la misma puerta.
Algo semejante ocurre en la página 315 de La cartuja de Parma, donde a la mitad de un párrafo, después de un punto seguido, Stendhal escribe: “Volvía Fabricio, bastante aburrido, a su pueblecillo, cuando, a quinientos pasos del palacio de la Fausta, cayeron sobre él quince o veinte hombres; cuatro de ellos se abalanzaron a la brida del caballo en tanto que otros dos sujetaban los brazos al jinete”.
A esa escena le sigue otra historia, rápidamente: “Al cabo de una hora, estaba ya fuera de la ciudad; al amanecer, pasaba la frontera de los Estados de Módena y se hallaba a salvo”. Y enseguida, el rápido de Stendhal pasa a otra historia más: “Andaba a la sazón por Parma un sabio procedente del norte que se proponía escribir una historia de la Edad Media”.
En ocasiones releo una y otra vez las mismas páginas tratando de identificar en qué momento Stendhal pasa de una escena a otra, y descubro que son muchas. He pensado que, una historia de aventura como las que vive Fabricio del Dongo requería ser contada con una sucesión imparable de escenas tras escenas, que es la manera en que se plantea el esquema de esta novela. Quiero suponer que, antes de escribirla, pensó en todas las escenas que desarrollaría por capítulo, y luego fue uniéndolas, de tal forma que nadie pudiese darse cuenta.
Existen algunas migas de pan en el camino, rastros, por llamarlos de algún modo, en los que se identifican los inicios y finales de cada escena. “Al cabo de quince días de encierro…”; “andaba a la sazón…”; “al cabo de una hora…”, y así hay otras más entre líneas. Este es un libro para leerlo con un lápiz en la mano. ¡Qué rapidez la de Stendhal! ¡Qué rapidez!
COMENTARIOS