Felipe Tudela
Simbolismos en el discurso presidencial
Propuestas de Castillo solo generan odio, división y miseria

En el discurso de ayer, Pedro Castillo dejó en claro su intención de cortar con occidente respecto a los principios que rigen a los estados que pertenecen a ese bloque. Esto se debe a que, según la ideología indigenista, estas formas de gobierno son impuestas a los pueblos originarios a la fuerza, no representándolos y hasta oprimiéndolos sistemáticamente con un sistema supuestamente diseñado específicamente para ello.
Muestra de ello fue su discurso populista, en el que aprovechó para dirigirse de forma pasiva-agresiva al rey de España e informándonos de que el Palacio de Pizarro pasaría a ser un museo. Así dio a entender que este gobierno corta por completo con los principios liberales republicanos occidentales y que se inicia una nueva historia del pueblo peruano regido por ideas indigenistas. Así mismo, el traje que llevó puesto era del mismo corte que el de Evo Morales, probablemente el principal exponente de este tipo de gobiernos latinoamericanos. Esto, junto a la exclusión calculada del presidente Duque de Colombia en el discurso, deja en claro la intención de su gobierno de unirse al resto de países del bloque del Foro de Sao Paulo.
Asimismo, respecto al resto del discurso, solo suena radical para la persona entrenada y letrada. Para el resto de personas es el discurso de toda la vida, el que hemos escuchado en primaria, secundaria y en la universidad. El problema es que ahora vamos a ver materializarse este discurso y también sufrir las consecuencias lógicas que conlleva dicha retórica. Desgraciadamente no hay mayor prospecto de volvernos una potencia latinoamericana del primer mundo, tomando como referencia al resto de países de la región que siguen este mismo modelo.
La gran revolución social que esperan los simpatizantes de Castillo está condenada al fracaso, y trae consigo odio, división y miseria. Estos tipos de igualitarismos ideológicos solo llevan a pequeñas élites radicales al poder en gobiernos autoritarios e injustos. Su principal problema es la incapacidad para comprender la diferencia entre igualdad de oportunidad e igualdad de resultado, confundiendo la última con la primera.
Lamentablemente el sombrero chotano se queda puesto y lo que nos espera como nación es lo mismo que le pasó a los animales de la novela Rebelión en la granja (Animal farm, 1945) de George Orwell. Los animales de la granja, sorprendidos, advierten que sus compañeros cerdos han copiado totalmente la conducta y aspecto de los humanos que tanto habían criticado como opresores explotadores, y cuyo rechazo había llevado al poder a los cerdos. Al final de la novela, la dictadura de los cerdos se consagra de modo absoluto cuando los animales le preguntan al burro Benjamín (uno de los pocos que sabe leer) sobre cuál es la única ley que queda escrita. Esta es la séptima ley, convenientemente modificada por los cerdos: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.
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