Cecilia Bákula
Sesquicentenario de la Compañía de Bomberos “Salvadora Lima 10”
Ha tenido entre sus socios al héroe Miguel Grau

El 1 de enero de 1874, se fundó la Compañía de Bomberos “Salvadora Lima 10” en un local ubicado en los altos del entonces Banco de Lima que quedaba en la calle de Mantas, ahora es la primera cuadra del Jirón Callao en el centro histórico de nuestra ciudad.
Es muy interesante comprobar cómo se establecieron los servicios que dicha Compañía iba a prestar, y quiénes serían sus autoridades, el médico, el farmacéutico, el capellán, el cuerpo de sanidad, así como el cuerpo de farmacéuticos. Como se acostumbraba entonces, los dirigentes fueron a presentar su saludo de respeto al presidente de la República don Manuel Pardo y le invitaron a ser parte de la Compañía como “protector” de la misma; siempre ha sido un honor el ser bombero y un privilegio y un deber el poder respaldar su labor. El 18 de junio de ese año, se incorporó a algunos notables como socios honorarios y entre ellos, destaca el nombre de don Miguel Grau Seminario a quienes los actuales miembros de la Salvadora, tienen como permanente referente de pundonor, estímulo y modelo.
Las acciones propiamente dichas de la reciente Compañía se iniciaron el 26 de febrero de 1874 al acercarse a la realidad que había significado un severo incendio producido en la calle de Plumereros, (actual tercera cuadra del Jirón Camaná) que, iniciado en un restaurante, amenazó con extenderse a los almacenes vecinos; allí se puso de manifiesto el arrojo de los nuevos miembros de la nueva Compañía; hay que recordar que ellos se inician como “salvadores de vidas y bienes y es por ello que en dicha oportunidad fue tan destacada la labor de Leoncio Blacker que rescató a un pequeño niño de las llamas. Hoy en día, esa labor respecto al rescate de bienes es más difícil de entender que hace 150 años, los “salvadores” guardaban y custodiaban los objetos rescatados hasta la posterior identificación y entrega. Fue un tiempo después que la Compañía Salvadora incorporó plenamente el servicio bomberil. En esa primera intervención y al concluir la tarea, los hombres de la nueva Compañía experimentaron, además del natural miedo al enfrentarse al horror de un incendio y al escalofrío de la muerte, la satisfacción del deber cumplido y el reconocimiento de la sociedad a la que habían empezado a servir. Poco tiempo después, otra intervención admirable se dio en el templo de la Encarnación y otro en la calle de Judíos (segunda cuadra del actual Jirón Huallaga), que, por la gravedad de ambos, concitaron la atención de la prensa y el reconocimiento a la acción de la ahora sesquicentenaria Compañía de bomberos.
Es muy interesante comprobar cómo se establecieron los servicios que dicha Compañía iba a las necesidades de la ciudad fueron comprometiendo más y más la acción de esta nueva Compañía y, sin embargo, tal como sucede en nuestros días, la existencia y subsistencia de los bomberos, es para ellos una lucha y una preocupación diaria que, contra toda lógica, tienen que asumir solos y casi de manera personal.
Ya en la memoria histórica de la Compañía Salvadora Lima que escribieran José M. Donayre y Ciriaco Oviedo en 1900, narraban las penurias para su sostenimiento, no obstante, el arduo trabajo que desempeñaban con tanta constancia y valentía. Ellos señalan, por ejemplo: “Las Bombas se sostienen con sus propios fondos, es decir con la cuota que mensualmente abonan los socios y los arbitrios de que echan mano para aumentar aquellos cuando no bastan. Y sin embargo apenas hay institución que tenga más derecho a la protección de todos, apenas hay una que deba como esta ser protegida por el Gobierno.”
Al igual que todo el país, la “Salvadora” vivió momentos dramáticos, pero de profundo compromiso, arrojo y patriotismo durante los años aciagos de la guerra y de la infausta presencia invasora en Lima ya que su propio local, al que los bomberos llaman “cuartel” porque su vida es, de alguna manera una existencia disciplinada y militarizada, fue ocupada, siendo ello una dolorosa realidad pues además de la afrenta, les impedía atender con su principalísima razón de ser.
En la actualidad, la “Benemérita, Sesquicentenaria y Heroica Compañía Nacional de Bomberos Voluntarios Salvadora Lima N°10” tiene sus instalaciones en el Jirón Belén, a escasos metros de la Plaza San Martín.
Desde hace 150 años, varias generaciones de ciudadanos han ingresado a esta histórica Compañía de bomberos; hoy la integran hombres y mujeres que hacen de la vida “en la bomba” una manera de ser, un estilo de servicio y una forma de unir y complementarse con su propio oficio y profesión. La “Bomba” es el otro hogar y si escribo estas líneas es porque gracias a una muy querida compañera de trabajo, que hace ya demasiados años ya no está con nosotros, Jackie Daza, cuya memoria honro pues gracias a ella conocí ese espíritu de hermandad y de familia, de entrega y de servicio que se vive en la Salvadora Lima 10 ya que su esposo se mantiene fiel y feliz miembro de ella y es héroe silencioso por su participación en muchos y difíciles eventos.
Más allá del reconocimiento, del aplauso y la gratitud, no debemos olvidar que los bomberos no pueden ser mendigos, sino que con justicia reclaman el ser atendidos en sus necesidades; sin esa justa atención, mal podrían responder a nuestro llamado.
¡Honor y gloria a la Salvadora Lima 10 en su sesquicentenario!
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