Javier Valle Riestra
Réquiem por el vicealmirante Giampietri
Exvicepresidente y héroe de la operación “Chavín de Huántar” (1997)

I
Acaba de morir el vicealmirante Luis Giampietri Rojas, marino por excelencia, héroe de la operación “Chavín de Huántar” (1997) con la que se rescató a los secuestrados y recuperó la residencia del embajador japonés en Lima y que había sido tomada con ventajismo por terroristas traidores a la patria, esgrimiendo armas de fuego, contra decenas de rehenes desarmados. Si Giampietri no hubiera estado entre los secuestrados en la embajada japonesa, el rescate no habría culminado exitosamente. Y es que Giampietri fue maestro de comandos durante su actividad castrense. Supo así cómo proceder en esas circunstancias y crear un sistema de comunicación con el exterior. Aprovechó los errores pueriles y contrarrevolucionarios de sus captores emerretistas; entendió que en medio de todas las visitas toleradas y de las cosas que se enviaban a los rehenes había micrófonos ocultos y así terminó monologando con relojes, floreros, cajas de cartón, guitarras. Fue condecorado por su hazaña. También fue mi compañero de bancada parlamentaria del PAP (2006-2011), y al mismo tiempo ejerció como primer vicepresidente de la República del segundo gobierno aprista en ese periodo. Giampietri ha partido a la eternidad y nos ha dejado un legado de virilidad cívica; de coraje para enfrentar a la subversión terrorista cobarde, vil, como lo prueba aquellos hechos. ¿Lección? El Perú debe ser una democracia férrea, encojonada, que con el respaldo de las Fuerzas Armadas aleccione a los vociferantes eunucos que no hacen nada para castrar políticamente a los insurrectos. Esa posibilidad de encuentro entre el Estado democrático y la rebelión “bolchevique” está sentando sus bases nuevamente en nuestro medio; intentarán destruir la institucionalidad nacional. Lo lograrán inicialmente, pero en unos meses los haremos polvo, con la ayuda de las FFAA democráticas y patrióticas. Vamos a un tiempo en que la democracia será reconstruida, con instituciones verosímiles y heroicas. Los héroes al poder y los cobardes al paredón incruento de las cárceles. Seremos un ejemplo para Indoamérica y para el mundo. Nuestro réquiem por el almirante Luis Giampietri es un homenaje a la virilidad; con otros como él salvaremos al Perú. El alma del almirante Luis Giampietri flota en el espacio histórico. Fulminará a los cobardes y exaltará a los héroes civiles.
II
Pero, somos un país de persecución y Giampietri, también, dio lección de entereza y resistencia cuando fue hostigado con citaciones fiscales por una sentencia de la CIDH referida al caso El Frontón (1986), a pesar de que fue sobreseído definitivamente por la justicia militar competente. No tuvieron reparo en su heroísmo ni en su condición de parlamentario de entonces para encuestarlo en las fiscalías y tampoco respetaron los mandamientos constitucionales de 1979 y de 1993 que le dan la majestad de la cosa juzgada a las amnistías, a los indultos, a los archivamientos definitivos y a la prescripción. El Pacto de San José señala que no se puede ser sometido a nuevo juicio por los mismos hechos. Los amparaba el principio Nom bis in ídem. La Corte Interamericana no llegó, paradójicamente, a sentenciar en ningún affaire (Durand y Ugarte; Neyra Alegría y otros) que los sucesos de 1986 fueran genocidio. Se limitó a fallar que el Estado peruano hizo uso excesivo de una fuerza desproporcionada. Punto ¿Debió decir algo más? Tal vez, pero no lo dijo. A pesar de todo, veinte años después (2007), la fiscalía especial había citado al almirante Giampietri y a otros oficiales en retiro, incluidos el exministro de Marina y a subalternos; lo que era preocupante porque las fiscalías provinciales son totalitarias, a pesar de tener resoluciones a favor de los citados.
III
Estamos de acuerdo en la monstruosidad de los delitos de genocidio, de los delitos de lesa humanidad, de guerra y de agresión. En su imprescriptibilidad. Creemos en la Corte Penal Internacional y en sus precedentes de Nuremberg y del juicio de Tokio, en cuya virtud fueron colgados una veintena de jerarcas nazis y otros imperialistas nipones. Pero recordemos que el Estatuto de Roma (1950) de la Corte Penal Internacional dice que “Nadie será procesado por otro tribunal en razón de uno de los crímenes mencionados en el artículo 5 por el cual la Corte ya le hubiere condenado o absuelto” (Artículo 20.2). No se puede ser maximalista y pasar a horcajadas sobre la cosa juzgada. Al contrario, se le sigue el juego al terrorismo que busca la desnaturalización del Estado de Derecho, endosando sus culpas. El país sigue confundido. Repito con Don Nicolás de Piérola: “El Perú es un país de desconcertadas gentes”.
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