Silvana Pareja
Perú 2026: democracia al borde del colapso
Sobre la legitimidad y el sistema electoral
El Perú no enfrenta simplemente un proceso electoral cuestionado; enfrenta el espejo brutal de su propia descomposición institucional. Las elecciones de 2026 no han hecho más que confirmar lo que durante años se ha incubado: una democracia frágil, una clase política erosionada y una ciudadanía atrapada entre la desconfianza y la resignación.
El sistema político peruano, profundamente fragmentado, ha demostrado su incapacidad para garantizar estabilidad. La proliferación de partidos sin identidad ni programa ha convertido la política en un terreno de supervivencia y no de construcción nacional. Esta fragmentación no es casual: responde a reglas débiles, a incentivos perversos y a la ausencia de liderazgos sólidos. El resultado es evidente: gobiernos efímeros, crisis recurrentes y una democracia que parece sostenerse por inercia.
A este deterioro institucional se suma una conflictividad social alarmante. Solo en un mes se registraron cientos de protestas a nivel nacional, evidencia clara de un país que no se siente representado ni escuchado. La desigualdad, la exclusión y el abandono histórico de amplios sectores han generado una fractura social que amenaza con volverse irreparable.
Pero el problema más profundo no está únicamente en las estructuras, sino en la cultura política. El Perú arrastra una debilidad histórica en la formación de ciudadanía. La política no es vista como espacio de construcción colectiva, sino como terreno de sospecha, corrupción y confrontación. Esta percepción no es gratuita: responde a décadas de malas prácticas que han normalizado la mediocridad y la impunidad.
En este contexto, la democracia peruana se encuentra bajo asedio. No solo por actores externos o ideologías extremas, sino por su propia incapacidad de reformarse. La crisis ya no es coyuntural, es estructural . Y cuando una crisis se vuelve permanente, deja de ser crisis para convertirse en sistema.
Sin embargo, incluso en este escenario oscuro, persiste una posibilidad. El Perú ha demostrado, a lo largo de su historia, una capacidad inesperada de resistencia. La juventud, hoy desencantada, puede ser el punto de quiebre. No desde la protesta sin dirección, sino desde la construcción de una nueva cultura política basada en la responsabilidad, la participación y la identidad nacional.
El desafío es enorme: reconstruir la confianza, reformar las instituciones y redefinir el contrato social. Pero también es una oportunidad única. Porque cuando todo parece derrumbarse, también es el momento en que puede comenzar a edificarse algo distinto.
El Perú está, una vez más, frente a una encrucijada histórica. No se trata solo de elegir un presidente, sino de decidir si queremos seguir administrando el fracaso o atrevernos, finalmente, a construir una nación.
















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