Hugo Neira

Hugo Neira

Mirando al siglo XXI, en Arequipa

La ley es una cosa, y otra lo que hace la sociedad

Mirando al siglo XXI, en Arequipa
Hugo Neira
12 de November del 2018

 

Estuve unos días en Arequipa. invitado al HAY Festival 2018, consagrado a la literatura. Fue un evento inmenso, un racimo de exposiciones orales, debates, encuentros ante el público. El festival ocupa la parte céntrica de la ciudad, con actos en lugares diversos, desde la Universidad San Agustín, el Teatro Municipal, el Colegio de Arquitectos, la Biblioteca Mario Vargas Llosa, la Alianza Francesa o bien, el Instituto Peruano Alemán. Todo ello, a pocos pasos. Arequipa tiene la ventaja de ser una ciudad todavía no muy grande. Me hace pensar en la Lima de los sesenta, en la que no era difícil encontrarse y tomar un café con un amigo. En cuanto al HAY Festival vuelve a Arequipa una ciudad cosmopolita. Ha habido invitados muy célebres y, por cierto, Mario Vargas Llosa. 

¿Y por qué me habían invitado? No soy escritor de ficción ni menos, profesor de literatura. Por mis hábitos, leo novelas, cuentos, admiro el teatro, pero confieso que en ese lado de la creación humana admiro sobre todo a los poetas. En mi modo de ver, ocupan un lugar muy alto, al lado de matemáticos. Y cada vez más, leo filósofos. Y en lo que es el acto de escribir, el relato no es mi taza de té, sin por eso dejar de frecuentarlo. Mi campo es el ensayo, libros de ciencias sociales, porque me tienta apasionadamente lo real. La sociedad, de la tribu a las clases sociales, a la nación y el Estado y las civilizaciones. Me asombran. A veces son enigmáticas, como lo es mi propio país.

Estuve en el festival porque dejaron una esquina para ciencias políticas y sociales. Y un tema sencillamente complejo y polémico, el de Velasco. Hubo, pues, un conversatorio ante el público, de Héctor Béjar y yo. Y Alberto Vergara, como moderador. Con Béjar hubiésemos conversado hasta que cantara el gallo del alba. ¡Tanto tenemos que decir! Pero a Vergara —que por cierto, tiene un enorme disenso con sus invitados— lo felicito por su coraje. Seamos sinceros, «el velasquismo es una historia prohibida». Y esa noche se rompió un tabú. Gracias Alberto.

En Arequipa me esperaba otra grata sorpresa. Un editor arequipeño ha reeditado Hacia la tercera mitad, por quinta vez. El editor me había pedido un ensayo en torno al Perú en este siglo XXI. Con toda razón, el libro nace en 1996. Y de ahí al 2018, pareciera que hubiese pasado más de un siglo. La mundialización, los cambios en el mundo y en el país mismo. Todo aquello ocupa el nuevo capítulo que añado a los otros. No toco una línea en lo que concierne al tiempo colonial y al republicano. Incluso el siglo XX. Pero sí lo que ha cambiado en el país y en el mundo, con este intitulado: «La prosperidad del vicio». Y eso, de alguna manera, envuelve el posvelasquismo y el posfujimorismo.

Sin embargo, para los seres humanos, la historia de lo inmediato es lo más difícil de entender. Lo propio del presente es su fugacidad. La opacidad de los hechos es frecuente. Es más fácil entender la Francia de Bonaparte que la del presidente Macron. Por lo demás, nuestro presente no se deja observar con serenidad. Yo no me ocupo de los sobresaltos políticos, miro más bien a la sociedad. Pero la nuestra transmite mensajes no solo diversos, sino contradictorios. ¿O es que lo que llamamos Perú lo habitan varios imaginarios?

Nuestro país es un enigma. La economía va por un lado, la percepción política por el otro. Internacionalmente se reconoce que fluctuando entre un 4,2% (entre 2001-2005) con Toledo, y 7,2% en los años de García —les guste o no—, y en todo caso, «el más alto de la América Latina» (Banco Mundial). Pero ni Toledo, ni García, ni Humala, pudieron dejar un sucesor. Para decirlo en dos palabras, «la evolución económica y social del Perú es inversamente proporcional al aumento de la confianza en los políticos». Y realmente es asombroso. Este país, ¡cuánto más crece, más se despolitiza! ¿Desempleo? Nunca al PEA ha dejado de crecer. ¿La pobreza? Bajó hasta el 20%. Para comprender el desengaño, hay que ir un poco más lejos. Vladivideos, adiós con fax, el faenón, los narcoindultos, las agendas de Nadine, ¿todo eso ha derrumbado el establishment?

Es un reto explicar estos inicios del siglo XXI. Para comenzar, hemos ido de la sartén al fuego. Quienes han ganado las elecciones desde el 2001 —con muy pocas excepciones— ha sido gente sin ideas claras, sin doctrina partidaria. En las costumbres, reina la ideología del éxito personal sin escrúpulo alguno. Y no me vengan con predicar los valores. En este país los salarios son bajos y las expectativas muy altas, demasiado altas. Entonces, coimas arriba, y algo de ilícito, abajo, para redondear el ingreso que crece menos que los precios. Así vamos.

En esa materia, la corrupción, tenemos una tradición detestable. El siglo XIX tuvo su Odebrecht, los consignatarios del guano. Hoy, en Perú, la ley sigue siendo una cosa, y otra lo que hace la sociedad. Según el Latinobarómetro, «nuestro compromiso con la legalidad es muy bajo». Seamos francos, no solo hay corruptos en las capas superiores: «quien viola la ley, está en lo correcto». La frase viene de un intelectual mexicano que conoce a los mexicanos, Aguilar Camín. Pero, por lo visto, nos cae como anillo al dedo: «la ilegalidad como una forma de derecho».

Entre tanto, no se hagan, la lucha contra la corrupción es una forma de la venganza política. Y acaso se nos viene algo peor. Aparecerán nuevas élites, con sus supremos y su propia corte. No se preocupen, élites, pero cada vez más cerca de Al Capone que de Adam Smith.

 

Hugo Neira
12 de November del 2018

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