Javier Agreda

Maite: entre castillo mentales y verdades ocultas

Reseña de la más reciente novela del escritor español Fernando Aramburu

Maite: entre castillo mentales y verdades ocultas
Javier Agreda
02 de abril del 2026

 

El escritor español Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) posee una trayectoria narrativa extensa, iniciada en 1996 con la novela Fuegos con limón y consolidada en más de veinte títulos, entre novelas y libros de cuentos. Sin embargo, fue Patria (2016) la novela que lo proyectó a la escena internacional: un retrato de dos familias vascas atravesadas por la violencia de ETA y por sus consecuencias íntimas, morales y sociales. Aquella novela obtuvo los principales premios literarios en España y fue adaptada a una serie televisiva que amplificó su impacto fuera de Europa, incluso en países como Perú. Desde entonces, Aramburu ha continuado explorando este universo con el conjunto de libros que denomina “Gente vasca”. La novela Maite (Tusquets, 2026), su más reciente entrega, se inscribe en esa línea, pero desplaza el foco hacia una exploración del mundo femenino en ese contexto histórico particular.

Las protagonistas de la novela son Maite, una mujer vasca de unos 30 años, y su hermana Elene, dos figuras construidas desde el contraste. Maite es delgada, reservada, de una belleza discreta; Elene, en cambio, es obesa, desbordada en sus gestos y poco agraciada. Entre ambas se establece una tensión que no es solo física o temperamental, sino también moral. Completa el núcleo de protagonistas la madre de ambas, Manoli, una anciana casi paralítica, dependiente de los cuidados de Maite. Para adentrarse en este universo, Aramburu privilegia las escenas ligadas a lo doméstico: la cocina, la limpieza, la atención de los enfermos. Es una forma de situar el conflicto en un espacio tradicionalmente relegado, y donde lo cotidiano adquiere densidad dramática.

La trama se articula a partir del regreso de Elene a San Sebastián, tras trece años de ausencia en Estados Unidos, donde vive con su esposo y sus hijos. La acción transcurre a lo largo de cuatro días, del 10 al 13 de julio de 1997, fechas que coinciden con el secuestro y el hallazgo del cadáver de Miguel Ángel Blanco, un trasfondo que atraviesa toda la novela. Desde el inicio, el lector percibe que el retorno de Elene está cargado de ambigüedades: hay silencios, medias verdades y muchas situaciones incómodas. Poco a poco se revela que su vida en Providence dista mucho de ser la que aparenta. Es Maite quien, desde su posición central, va desentrañando el misterio. Paralelamente, su propio matrimonio con Andoni, un oftalmólogo ausente durante esos días por un congreso, muestra ciertas grietas. 

Uno de los mayores aciertos de la novela es precisamente la construcción de Maite, cuyo nombre es una palabra vasca que significa “amada” o “querida”. Se trata de un personaje entrañable por su humanidad y su actitud vital, marcada por una suerte de optimismo resistente. Sin embargo, esa misma eficacia en su construcción tiene un efecto colateral: Elene, su opuesto, aparece delineada con rasgos que la hacen, por momentos, excesivamente desagradable. La complejidad de Maite no encuentra un equivalente en su hermana, lo que genera cierto desequilibrio en el conjunto.

No obstante, lo que más caracteriza a Maite son los diálogos que tiene consigo misma, presentados como  “autoentrevistas” que exteriorizan los conflictos del personaje. Y aunque pueda parecer novedoso, este procedimiento se inscribe en una tradición que remite a autores como Beckett o Dostoievski; la diferencia está en el tono y en la dosificación: Aramburu lo emplea con moderación y lo adapta a una sensibilidad contemporánea y femenina. Desde niña Maite tiene esa costumbre y además ha desarrollado la capacidad de refugiarse en “castillos” imaginarios, donde conversa con figuras reales o ficticias.

Maite, como ya se ha dicho, se sitúa en julio de 1997, en los días del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, perpetrado por los terroristas de ETA. Este acontecimiento, de enorme impacto social, aparece en la novela de manera lateral. No es el centro del relato, pero sí su telón de fondo. En uno de sus “castillos”, Maite llega incluso a encontrarse con el propio Blanco, en una escena que mezcla lo imaginario con lo histórico. Pero a diferencia de Patria, novela con una dimensión política explícita, aquí el autor asume un reto narrativo distinto. El conflicto colectivo no desaparece, pero queda subordinado a la experiencia doméstica de las protagonistas. Por eso la novela es más contenida, más introspectiva, menos ambiciosa en su alcance.

Resulta difícil no leer a las dos hermanas como figuras simbólicas de los bandos enfrentados en el País Vasco. Maite y Elene encarnan, de algún modo, formas opuestas de entender la realidad, lo que abre la puerta a una interpretación alegórica. Sin embargo, la novela no fuerza esa lectura; más bien la deja en suspenso. Esa ambigüedad puede ser vista como una virtud o como una limitación, según las expectativas del lector.

En conjunto, Maite es una novela amable, bien construida, aunque quizá necesitó un mayor desarrollo o un desenlace más contundente. Es posible que Aramburu haya optado deliberadamente por dejar ciertos hilos narrativos apenas insinuados para concentrarse en el reencuentro de estas tres mujeres. Sin alcanzar la intensidad de Patria, Aramburu demuestra, una vez más, su habilidad para entrelazar lo personal y lo colectivo con una prosa sobria y eficaz.

Javier Agreda
02 de abril del 2026

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