Renatto Bautista
La ultraizquierda peruana
Una fuerza política que casi nadie menciona

En este último lustro al socialprogresismo mundial le gusta usar el vil calificativo de “ultraderecha.” Lo increíble es que ningún supuesto “ultraderechista” pretende instaurar una dictadura totalitaria como la de Hitler y Mussolini. Por ejemplo, al expresidente estadounidense Trump le dicen “ultraderechista”, pero jamás en los Estados Unidos, primera potencia mundial que derrotó militar y políticamente a la Alemania nazi, a ningún político del Partido Republicano, incluyendo a Trump, se le ocurriría instaurar una dictadura tipo la nazi ni mandar al genocidio a cinco millones de judíos. Es válido mencionar que en el Gobierno de Trump los Estados Unidos volvieron a tener una estrecha alianza con Israel, que es el Estado del pueblo hebreo. Indudablemente, no se puede establecer una “dictadura ultraderechista” teniendo como aliado a los herederos de las víctimas del holocausto perpetrado por el genocida Hitler.
Otra víctima del calificativo “ultraderechista” es el presidente brasileño Jair Bolsonaro, que también mantiene excelentes relaciones diplomáticas con Israel. Además, jamás Bolsonaro ha dicho que admira al dictador Hitler ni que pretende instaurar una dictadura totalitaria. En Europa, se da el calificativo de “ultraderechista” al joven premier austriaco Sebastián Kurz por su fuerte política antiinmigración. También se le dice “ultraderechista” al premier húngaro Viktor Orbán, por sus políticas conservadoras que han permitido el aumento de la tasa de natalidad de su población, sumado a su dura posición antiinmigración ilegal. Y la más reciente víctima del mentado calificativo es el español Santiago Abascal, líder del joven partido VOX.
En Austria, país sometido por la dictadura nazi, jamás Kurz ha dicho que pretende instaurar una dictadura totalitaria. Menos lo ha dicho Orbán, que de joven fue un connotado dirigente juvenil anticomunista que cobró peso político en el recordado discurso del 16 de junio de 1989. En ese día los demócratas húngaros recordaron a las víctimas de la Revolución húngara de 1956, que fue sofocada brutalmente por la dictadura comunista soviética. Orbán exigió elecciones libres y plurales, así como el inmediato retiro de las tropas soviéticas del territorio húngaro. Es decir, el talante democrático de Orbán viene desde joven, porque tuvo el coraje de enfrentarse a una de las dictaduras más criminales y represivas, como lo es la soviética.
Finalmente, sobre el caso del español Abascal y su partido VOX, puedo concluir que no tienen nada de “ultraderechista” porque no pretende reinstaurar la dictadura militar de Franco. Primero porque el dictador Franco murió en noviembre de 1975 y no se puede restaurar algo que ya no tiene líder en este mundo. Segundo porque en VOX defiende el espíritu de la Carta Magna de 1978; a diferencia de Podemos, que pretende dinamitar la unidad del Estado español e instaurar su “republiqueta”. Y tercero, y no es el menos importante, VOX siempre ha mostrado un respeto al Estado de Israel y condena toda actitud judeofóbica de la ultraizquierda española, representada en Podemos, que son aliados políticos de la dictadura teocrática iraní que mil veces ha dicho que pretende borrar del mapa a Israel. Indudablemente, los verdaderos ultraderechistas vienen de la dictadura iraní que odia a muerte a todos los judíos y que niegan los horrores perpetrados en el Holocausto.
Indudablemente, hablar fuerte en política y ser conservador no te hace “ultraderechista” porque ninguno de estos políticos pretende instaurar una dictadura genocida y totalitaria al estilo de la nazi. Además, la ultraderecha ya no existe, ni gobierna en ningún país democrático en Occidente, porque fue derrotada militar y políticamente por los Estados Unidos de América en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tras la muerte de Mussolini y Hitler, la ultraderecha no tiene relevancia política en Occidente.
Estas líneas me llevan a una reflexión sobre el actual proceso electoral en el Perú, donde ya empezó el calificativo de “ultraderecha” cuando ningún político peruano pretende emular a Hitler ni instaurar una dictadura genocida y totalitaria como la nazi. Lo gracioso es que lo repite una promoción, en edad, que no lee libros sobre filosofía ni historia mundial para entender el significado de la ultraderecha.
Apreciados lectores, ¿saben qué es lo irónico y triste para el Perú? Que ningún político responda con la verdad sobre un punto: que en todo nuestro continente opera, con total impunidad, la ultraizquierda que es el castrochavismo, dictatorial y genocida, que regenta Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela, con el sátrapa de Maduro como dictador usurpador.
¿Por qué se les debe llamar ultraizquierda? Primero porque el castrochavismo, donde gobierna utiliza la democracia para tomar el poder, como hicieron los nazis, para luego cambiar la Constitución, hacer otra Constitución y quedarse en el poder hasta la muerte como el terrible ejemplo del dictador Chávez.
Segundo porque no son una izquierda democrática o socialdemócrata que acepta si gana o pierde las elecciones, ni aceptan que haya otras fuerzas políticas con relevancia electoral. La ultraizquierda es totalitaria porque a la larga pretende el poder político solo para ellos y no permiten elecciones limpias. El más dramático ejemplo es la Venezuela de Maduro.
Tercero porque existen los Foros de Sao Paulo y de Puebla, que agrupan al castrochavismo y a todos sus aliados en las Américas. Entre sus agentes tienen al expresidente Ollanta Humala, menguado electoralmente para el actual proceso electoral; y a su carta fuerte que es Verónika Mendoza, que hace pocos días ha organizado un zoom con el ex dictador Evo Morales. Además, tanto Humala como Mendoza jamás han criticado la dictadura de Maduro y les encanta llamar a la oposición democrática como la “derecha desestabilizadora”, cuando los únicos causantes de la ruina de Venezuela ha sido el régimen chavista que gobierna desde febrero de 1999.
Y cuarto, eporque xiste un fuerte cordón umbilical que representa la instauración de una nueva Constitución, convertir al Estado en un sistema autárquico que tenga la potestad de estatizar todo lo que se crea conveniente, el uso del mal llamado lenguaje inclusivo, el apoyo al aborto y al matrimonio homosexual, y la asolapada destrucción de lo que representa el Estado nación. Claro, ninguno de los agentes de la ultraizquierda confiesa que desea ser un dictador, pero a la larga se convierten en eso. Los cuatro ejemplos más dramáticos lo tenemos con el dictador Fidel Castro que, al año de tomar el poder, prometió elecciones generales que jamás realizó; el dictador Daniel Ortega, que está en el poder desde el 2007, antes lo estuvo en toda la década de los ochenta del siglo pasado, encumbró a su esposa Rosario Murillo como su vicepresidente y ahora la quiere dejar en el poder. ¿No les parece un conmovedor matrimonio político?. El tercer ejemplo es el del exdictador Evo Morales que ahora gobierna a través de su ex ministro de Economía, Luis Arce. Y el cuarto caso es la Venezuela chavista; si no fuera por la muerte del dictador Chávez, él seguiría en el poder. Ahora, gobierna Maduro que jamás dejará el poder por la vía electoral.
A mis lectores les pregunto: ¿Por qué no les genera alerta o preocupación la ultraizquierda que lleva gobernando 62 años en Cuba y 22 años en Venezuela de una manera criminal, dictatorial y genocida? ¿Acaso algún peruano de bien y decente puede creer que las cosas van bien en Cuba y Venezuela?
A modo de conclusión, considero que es preocupante la consolidación de las dictaduras castrochavistas (o ultraizquierda) porque solo utilizan la democracia para llegar al poder, luego hacen otra Constitución para quedarse ininterrumpidamente y jamás se van por las urnas ni se autodisuelven. ¡Tengamos cuidado con la ultraizquierda, que sí goza de buena salud!
COMENTARIOS