Guillermo De Vivanco
La ocasión hace al ladrón
El gran botín del Estado y la crisis moral del Perú
El botín no es poca cosa: supera los S/ 250,000 millones. Si se tiene éxito, alcanza para todos. La operación contempla distintas estrategias. Veamos un caso: se trata de un partido político de larga trayectoria, con un líder histórico cuyo prestigio le permitió gobernar el Perú en dos oportunidades. Sus dirigentes limeños son elitistas y gozan de una amplia cobertura mediática. Sus ideales políticos se basan en una ideología democrática y cristiana; compiten entre ellos mismos sin que sus matices sean muy diferentes. Sus militantes son leales y, de llegar al poder, tienen trabajo asegurado.
Sin embargo, su marca está disponible. Es posible apropiarse de ella sin mucho esfuerzo: basta reclutar una masa crítica que doblegue a los militantes limeños y les gane la postulación. Entonces, los grandes apellidos y sus acólitos se ven sorprendidos por una movilización que les arrebata la elección. No fueron los planes de gobierno ni la identidad ideológica; no fueron machos, fueron muchos. Ahora toca competir utilizando el prestigio de su líder histórico, la promesa falsa, el lenguaje adecuado y la codicia como objetivo.
Otros no se apropian de una marca, pero sí del lenguaje. Cuando le sugerí a mi amigo Antonio, aymara y constructor de galerías, que por qué no defendían el capitalismo —el único sistema que protege los derechos individuales, genera riqueza y combate la pobreza—, me respondió que ese mensaje no vende; que su pueblo está resentido, olvidado por el centralismo limeño, y que para convencer hay que ser de izquierda. Pero en la sierra todos son comerciantes; nadie quiere compartir el fruto de su esfuerzo con el flojo. La meritocracia está en la esencia de su población, le repliqué. “Sí, es cierto”, me contestó, “pero el pueblo es ignorante y las radios locales son voceros del resentimiento; atacan constantemente al centralismo limeño”. No importa si el canon minero y gasífero se roba o se malgasta: la culpa siempre la tiene Lima. Hace cincuenta años que Velasco dividió al Perú entre ricos y pobres y, mientras en la costa se construyeron carreteras, el transporte es barato y existen muchos compradores, los pueblos de la sierra siguen abandonados y llegar a Lima continúa siendo muy costoso.
Hay otra banda delictiva, con menos escrúpulos. Penetró el JNE, el Poder Judicial y la Fiscalía, encarcelando a la principal líder política y calificando a su partido como una organización criminal. Años antes habían condenado a su líder y a sus seguidores por delitos inexistentes, con el beneplácito de una prensa servil. No combatieron en el mundo de las ideas ni confrontaron datos. Con expertos en filología y una oposición pusilánime y dividida, secuestraron el Perú. La operación montada en todas las mesas de votación de la sierra sur fue relativamente fácil de organizar. Cientos de miles de votos nunca fueron auditados; las imposibilidades estadísticas entre la primera y la segunda vuelta fueron, para sus críticos, pruebas irrefutables de fraude en mesa. Pero Perú Posible y su aliado el Movadef, representados en el JNE por un abogado de terroristas que además contaba con doble voto, admitieron una plancha incompleta y un plan de gobierno a todas luces totalitario y antidemocrático. El canal de televisión más importante inventó una infamia contra la candidata de derecha, mintiendo sin vergüenza ni escrúpulos. Ningún reclamo fue atendido; la autoridad electoral, presidida por un abogado de terroristas, cerró la ventanilla a cualquier cuestionamiento. Luego, en el poder, atropellaron a las Fuerzas Armadas, repartieron ministerios y atentaron contra la inversión y la propiedad privada. Sendero estaba en el poder. La plata como cancha copó el Congreso. El resto es historia conocida.
Ahí se abre la esperanza. Nuestro mayor ingreso no está ni en las exportaciones ni en las reservas, sino en dejar de robar. Combatir la corrupción tiene un efecto en cadena. Si roba el presidente, roban los ministros y los burócratas; si roba el general, roban el coronel, el comandante y el capitán; si roban los ricos, las empresas y las regiones, roban todos los que tengan la oportunidad. La ocasión hace al ladrón. Una sociedad sin principios debe ser persuadida a través del castigo. La impunidad de ciertos políticos corruptos desenmascara una justicia selectiva. ¿Puede una sociedad que no respeta la ley y que no castiga el crimen ser viable? ¿Acaso la impunidad no es el principal incentivo para el delito? ¿Por dónde empezamos a curar esta patria? ¿Acaso nuestro principal enemigo no somos nosotros mismos? Estamos gravemente enfermos cuando la honestidad y la decencia se han convertido en virtudes excepcionales.
















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