Patricio Krateil

¿La Educación Sexual Integral reduce la violencia escolar?

Algunas evidencias sobre educación y género

¿La Educación Sexual Integral reduce la violencia escolar?
Patricio Krateil
29 de septiembre del 2026

 

Para empezar, hay que comprender que enseñar respeto, empatía, autocontrol y límites no es exclusivo de la Educación Sexual Integral, como muchos académicos quieren hacer creer. Estos valores y actitudes sociales pueden trabajarse —y ya se hace en muchos espacios educativos— desde la ética, la educación cívica, las horas de tutoría, el deporte, la convivencia escolar y un largo etcétera.

Por ende, la particularidad de la ESI no es la solidaridad y la empatía, sino justamente lo que muchos hemos venido señalando durante una década: la incorporación del concepto de género e identidad para explicar la sexualidad y, en consecuencia, las relaciones que la suscitan. Además, a partir de este enfoque, poder revisar y transformar los roles aparentemente tradicionales de masculinidad y feminidad que, según esta tendencia, son los pilares de promover y mantener el clima de violencia escolar.

Por ello, la pregunta que deberíamos hacernos es si trabajar sobre género e identidad realmente consigue reducir la conducta violenta y las agresiones en los colegios. En ese sentido, la evidencia ofrece un patrón interesante. En un estudio de este año de Kathyllen Bezerra Dos Santos (“School-based interventions for sexual education and sexual violence prevention in adolescence: systematic review” - 2026) se revisaron 15 estudios sobre intervenciones escolares de educación sexual y prevención de violencia. Los resultados fueron más consistentes en conocimientos que en lograr cambios conductuales y reducción de indicadores de violencia.

Algo similar encontró Lisa De La Rue (“A Meta-Analysis of School-Based Interventions Aimed to Prevent or Reduce Violence in Teen Dating Relationships” - 2017) al analizar 23 estudios de programas escolares contra la violencia en relaciones de pareja adolescentes. En este caso, aumentaron significativamente los conocimientos (nuevamente), pero no hubo efectos significativos sobre la reducción de la perpetración ni la victimización. Es decir, un adolescente puede aprender qué es una relación violenta y rechazar intelectualmente esa conducta, pero ello no garantiza que la conducta violenta se reduzca.

Y cuando vamos directamente a intervenciones diseñadas para transformar normas de género, aparece nuevamente el problema. Elizabeth Miller (“Effect of a Community-Based Gender Norms Program on Sexual Violence Perpetration by Adolescent Boys and Young Men: A Cluster Randomized Clinical Trial” - 2020) evaluó Manhood 2.0, un programa explícitamente orientado a cuestionar normas de masculinidad asociadas a la violencia, además de trabajar sexualidad, relaciones saludables y conducta de los espectadores en función de los conceptos de identidad y género.

Este fue un ensayo aleatorizado con 866 adolescentes y jóvenes de 13 a 19 años, mediante 18 horas de intervención. Sin embargo, no se encontró una reducción estadísticamente significativa de la perpetración de violencia sexual o abuso en relaciones adolescentes frente al grupo de control. En otras palabras, una intervención explícitamente diseñada para transformar normas de género no produjo el efecto conductual específico que buscaba demostrar o en el cual se amparaba la tesis inicial.

Es importante entender que cambiar conocimientos o categorías conceptuales no equivale a cambiar o mejorar las conductas. Y aquí es donde la neurociencia empieza a tejer mejor. Dick Swaab, un reconocido médico holandés y neurobiólogo, ha estudiado la diferenciación sexual del cerebro y el papel de factores genéticos, hormonales y ambientales durante el desarrollo, iniciando con el proceso embrionario.

A partir de sus resultados cuestiona con absoluto rigor técnico la idea simplista de que el niño sea una hoja en blanco sobre la cual la cultura puede escribir absolutamente todo. Como si los niños fueran esponjas que solo absorben lo que se les dice, ven o sienten del mundo, y no seres con precondiciones biológicas innatas que, en efecto, luego van a ser refinadas por la cultura correspondiente. Pero no son, como dicen los estructuralistas de género, una tabula rasa. Por eso, educar también significa regular, limitar y canalizar disposiciones, no necesariamente intentar eliminarlas.

Algo parecido encontramos en Simon Baron-Cohen. En una muestra de 671.606 personas, su equipo encontró diferencias promedio entre hombres y mujeres en medidas de empatización y sistematización. La cuestión no es inventar un “cerebro masculino” y otro “femenino” rígidamente separados, sino reconocer que las disposiciones temperamentales, cognitivas, hormonales y evolutivas pueden formar parte de la explicación de determinadas conductas. Por ende, seguir insistiendo en que el género va a reducir la violencia no solo no tiene el rigor académico necesario para poder vociferarlo como una verdad, sino que se encarna en una ideología que descompone la antropología humana y la nutre de un relativismo salvaje.

No obstante, tampoco todo son malas noticias, pues existen programas prósperos, sin enfoque de género e identitarismo estructuralista, que no solo están libres de ideología progresista, sino que son realmente fructíferos y tienen diversos elogios internacionales. Ahí aparece KiVa, desarrollado por investigadores de la Universidad de Turku, Finlandia. Su punto de partida es que el bullying no ocurre solamente entre agresor y víctima, sino que el grupo es fundamental. El agresor puede obtener atención y aprobación, lo que se traduce en estatus; por lo que KiVa trabaja sobre espectadores y normas colectivas.

En una evaluación aleatorizada con 8.237 estudiantes y 78 escuelas, produjo efectos favorables en victimización y bullying. Posteriormente, un metaanálisis también encontró reducciones del 9 % en perpetración y del 11 % en victimización. Algo similar ocurre con NoTrap!, desarrollado en Italia sobre una lógica de apoyo entre pares y basado, entre otros aportes, en la teoría sociocognitiva y los trabajos de Christina Salmivalli, muy similar al marco teórico de KiVa en este aspecto.

Un metaanálisis encontró una reducción aproximada del 37 % en victimización y del 22 % en perpetración. Algo bárbaro e imposible de minimizar. Explicar la vida y sus problemas a través de los lentes de género es un simplismo atrevido, más aún cuando la conceptualización de este concepto es ambigua, no aterrizada, relativista y enemistada con la ciencia.

Así que invito a diversos educadores y académicos a revisar estas nuevas técnicas y programas —sin tanto marketing ni prensa mainstream—, pero que, a la luz de la evidencia empírica, son mucho mejores para combatir el bullying y la crisis cívica que viven nuestros colegiales. 

Patricio Krateil
29 de septiembre del 2026

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