Patricio Krateil

El caso Las Gardenias y la persecución ideológica contra homosexuales

Los proyectos revolucionarios marxistas destruyen cualquier tipo de libertad

El caso Las Gardenias y la persecución ideológica contra homosexuales
Patricio Krateil
01 de julio del 2026

 

Más de tres décadas después de los hechos, el caso Las Gardenias vuelve al centro del debate judicial. El 17 de junio del presente año, el Poder Judicial inició el juicio oral contra Víctor Polay Campos, fundador y máximo dirigente del grupo terrorista el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), por los asesinatos ocurridos en la región San Martín contra integrantes de la comunidad LGTB. La Fiscalía ratificó su pedido de cadena perpetua contra Polay Campos y otros exdirigentes del grupo terrorista por los delitos de terrorismo agravado y homicidio calificado.

Según el Ministerio Público, estos hechos no fueron actos aislados, sino parte de una política de persecución impulsada por el MRTA durante las décadas de 1980 hasta el 2000. La acusación sostiene que la organización terrorista aplicó una lógica de “limpieza social” contra determinados grupos considerados incompatibles con su visión marxista. 

El episodio principal ocurrió el 31 de mayo de 1989, cuando integrantes del Frente Nororiental del MRTA ingresaron a la discoteca Las Gardenias, en Tarapoto, y asesinaron a ocho personas homosexuales. La Fiscalía sostiene que el ataque formó parte de una práctica ideológica de exclusión y persecución contra quienes eran vistos como contrarios al proyecto revolucionario marxista de corte soviético. 

Hay que recalcar que este tipo de episodios no fue exclusivo del Perú. Durante el siglo XX, distintos procesos revolucionarios izquierdistas y regímenes de inspiración comunista también desarrollaron políticas represivas contra grupos considerados “desviados”, “enemigos” o incompatibles con la construcción de su nuevo orden socialista. 

Uno de los casos más conocidos ocurrió en Cuba después de la Revolución de 1959. Durante el gobierno de Fidel Castro, entre 1965 y 1968, funcionaron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), centros de trabajo obligatorio donde fueron enviados distintos sectores considerados problemáticos por el régimen, entre ellos los homosexuales. 

Un antecedente relevante para el régimen cubano fue el campamento de Guanahacabibes, creado en 1960. Esta fue una instalación dirigida por Ernesto “Che” Guevara cuando estaba al frente del Ministerio de Industrias y funcionó como un centro de trabajo correctivo para personas consideradas infractoras de la llamada “moral revolucionaria”. Los investigadores internacionales lo describen como un antecedente de los posteriores campos de trabajo cubanos.

Sin embargo, Guanahacabibes resulta relevante porque anticipó una lógica de “reeducación” mediante el trabajo que posteriormente se amplió con las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) entre 1965 y 1968. Estas unidades recibieron a distintos grupos considerados incompatibles con el ideal del “nuevo hombre” revolucionario, incluyendo homosexuales, a los cuales, según su superstición marxista se les iba a quitar el “defecto” homosexual mediante el trabajo forzado, por ello es que los hacían trabajar entre 10 a 18 horas por día, estipulando la mayor cantidad de horas para aquellos que consideraban más “defectuosos”. 

Por si fuera poco, en la Unión Soviética la persecución estatal también alcanzó a las personas homosexuales. Bajo el régimen de Iósif Stalin, en 1934, la homosexualidad volvió a ser tipificada como delito mediante el artículo 121 del Código Penal soviético, estableciendo penas de prisión y hasta muerte. Si bien la represión estalinista tuvo como principales objetivos a opositores políticos y religiosos, las personas homosexuales también fueron sometidas a un sistema de criminalización, vigilancia y castigo que permaneció vigente durante décadas de dictadura comunista, hasta su derogación en 1993, posterior a 1989 (caída del muro de Berlín) y 1991 (disolución de la Unión Soviética), siendo esta ley uno de los rezagos propios del régimen del terror rojo. 

Otro ejemplo –pues abundan muchos en el marxismo, ahora abanderado de las minorías sexuales– fue Camboya bajo la tiranía de Pol Pot y los Jemeres Rojos (1975-1979). El régimen impulsó una transformación radical de la sociedad basada en una revolución agraria extrema. En apenas cuatro años murieron entre 1,5 y 2 millones de personas por ejecuciones, hambre, enfermedades y trabajos forzados. La persecución estuvo dirigida principalmente contra intelectuales, minorías étnicas, religiosos y opositores políticos, pero investigaciones posteriores también han documentado violencia contra personas homosexuales dentro de un sistema que buscaba eliminar cualquier identidad considerada incompatible con su modelo social. Una suerte de limpieza a lo “defectuoso” según su interpretación política. 

Estos antecedentes demuestran que los proyectos revolucionarios de corte marxista se concibieron también en el afán de destruir cualquier tipo de libertad sexual. El caso peruano no es anécdota sino regla de una ideología concreta y sanguinaria que estuvo en todo el globo terráqueo. Por ello, es que la Fiscalía sostiene que el MRTA siguió una lógica de exclusión en San Martín, convirtiendo a personas LGTB en objetivos de violencia política. 

Ahora, más de 30 años después, el proceso contra Víctor Polay Campos busca establecer si estos asesinatos no fueron hechos aislados, sino parte de una política de violencia organizada desde la cúpula del MRTA. Si la justicia determina la responsabilidad de sus principales dirigentes, como todos esperamos suceda, el caso podría terminar con la sanción más severa contemplada por la ley para quienes, desde el liderazgo de una organización terrorista, permitieron o promovieron estos crímenes. 

No obstante, resulta paradójico que, tras décadas de persecuciones contra personas LGTB cometidas por distintos regímenes de izquierda, hoy algunos sectores de esa misma izquierda pretendan presentarse como los abanderados de la libertad sexual. 

Es risible y patético ver dentro de una bandera trans, por ejemplo, la imagen del rostro del Che Guevara, casi como si se tratara de un símbolo de libertad, ignorando rotundamente la historia represiva que carga en su mochila.

Patricio Krateil
01 de julio del 2026

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