Kurt Freund

La confianza: infraestructura invisible de la democracia

Confiar en un dirigente no debería significar entregarle un cheque en blanco

La confianza: infraestructura invisible de la democracia
Kurt Freund
30 de septiembre del 2026

 

Ninguna sociedad puede cooperar si pierde por completo la posibilidad de distinguir hechos de invenciones. Esta afirmación, que parece una obviedad, se ha convertido en el desafío central de nuestro tiempo. Las redes sociales amplifican la capacidad de comunicar, pero también facilitan la difusión de falsedades, rumores y campañas de manipulación. La información circula más rápido que la verificación, y las emociones intensas obtienen más atención que los argumentos prudentes. En ese ambiente, la confianza puede ser utilizada y destruida de manera deliberada.

Las democracias suelen manejar los desacuerdo sobre interpretaciones y prioridades, pero requieren alguna base común de realidad. Cuando cada grupo posee sus propios hechos y rechaza toda información que contradice su identidad, la conversación pública se vuelve imposible. Quien no está entrenado en pensamiento crítico o carece de capacidad de verificación termina confundido o engañado, y esa vulnerabilidad es explotada sin escrúpulos por quienes buscan poder o beneficios inmediatos.

Frente a este panorama, la tentación autoritaria aparece disfrazada de solución. Algunos proponen entregar a una autoridad el poder de decidir toda verdad. Ese remedio pondría en peligro la libertad y podría ser utilizado para ocultar errores o silenciar críticas. La respuesta no puede ser la censura ni el control centralizado de la información. La sociedad necesita medios responsables, instituciones transparentes, educación crítica y ciudadanos dispuestos a examinar aquello que confirma sus propias creencias.

La libertad de expresión implica el derecho a equivocarse, discrepar e incluso formular opiniones incómodas. Pero también exige una ética de responsabilidad. Quien participa en la conversación pública debería comprender que una falsedad puede destruir reputaciones, provocar miedo y debilitar instituciones. El hecho de que algo pueda decirse no significa que deba difundirse sin comprobación. Esta distinción, que el periodismo profesional practicó durante décadas, se ha erosionado en la era de la publicación instantánea.

Los medios construyen confianza cuando distinguen noticia de opinión, corrigen errores y aplican criterios semejantes a actores diferentes. La pierden cuando seleccionan hechos únicamente para confirmar una posición o presentan rumores como certezas. Su independencia no consiste en carecer de perspectiva, sino en no subordinar la verdad a la conveniencia. Las autoridades, por su parte, deben resistir la tentación de utilizar la comunicación como propaganda permanente. Una sociedad adulta no necesita que el gobierno presente cada decisión como un triunfo. Necesita información completa, incluida aquella que muestra dificultades.

La pandemia ofreció una demostración global de la importancia de esta relación. Donde la ciudadanía confiaba razonablemente en las instituciones y las autoridades comunicaban con transparencia, resultó más fácil coordinar conductas. Donde existía desconfianza previa, incluso las recomendaciones técnicamente justificadas fueron interpretadas como manipulación. Las crisis no crean todas las debilidades; muchas veces las revelan. Ningún Estado tendrá capacidad suficiente para enfrentar desastres naturales, amenazas sanitarias o impactos climáticos si la población no coopera. La confianza es también un componente esencial de la infraestructura de emergencia.

Pero esa cooperación no puede exigirse únicamente en momentos críticos. Se construye durante los años normales, cuando la autoridad cumple, informa y respeta. Quien ha sido engañado repetidamente difícilmente creerá de repente porque ha surgido una emergencia. La credibilidad que salva vidas durante una crisis fue acumulada mucho antes de que esta comenzara.

La democracia comienza cerca. Las comunidades locales pueden desempeñar un papel fundamental en esa acumulación. Recuperar un parque, mejorar una escuela o administrar un sistema de agua demuestra que la acción colectiva genera resultados concretos. Esas experiencias enseñan a organizarse, distribuir tareas, manejar desacuerdos y exigir cuentas. Crean liderazgos que no dependen exclusivamente de los partidos políticos y permiten que el ciudadano se reconozca como protagonista. Sin embargo, la proximidad no garantiza honestidad ni eficacia. La descentralización debe estar acompañada de transparencia, capacidad técnica y rendición de cuentas.

El liderazgo que construye confianza no elimina las diferencias ni evita las decisiones difíciles. Define límites, explica costos y admite incertidumbre. No promete resultados imposibles ni atribuye todos los problemas a sus adversarios. La prueba de un buen liderazgo no consiste en la cantidad de poder que acumula, sino en la capacidad que deja distribuida. Si después de su salida todo se derrumba, quizá construyó obediencia, pero no instituciones.

Confiar en un dirigente no debería significar entregarle un cheque en blanco. Debería significar creer que respetará los límites, explicará sus decisiones y aceptará controles. La confianza democrática siempre debe ser condicional. Una nación confiable necesita cargos más importantes que sus ocupantes y reglas más duraderas que las mayorías.

Kurt Freund
30 de septiembre del 2026

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