Aldo Llanos
La chica semáforo
¿Por qué echamos de menos su presencia antes ignorada?

Hace ya más de treinta años que cruzo la avenida México, a la altura de la avenida Aviación, en La Victoria. Sé cómo ha cambiado su entorno y sé cómo luce de día y de noche. Sé qué comercios permanecen desde entonces y todavía recorren en mi memoria los viejos microbuses que han dejado de transitar. Definitivamente en este punto de Lima todo pasa sin que me detenga. Error. ¿Por qué nunca me detuve a contemplar este lugar?, al menos eso creía hasta hace un mes.
Regresaba a casa un poco más temprano cuando de pronto algo hizo que me abstuviera de cruzar, algo no estaba bien, algo o “alguien” faltaba. ¿Por qué me sentía tan extraño?, ¿acaso eran ideas mías o realmente algo se escapaba a mi comprensión? Me detuve y contuve la respiración, debía dejar de objetivar los acontecimientos, debía abandonar el límite mental… Experiencia… Otredad… Apertura… ¡Sí!, ella faltaba, ella, la “chica semáforo”, la que esperaba el cambio de luz apoyada en el semáforo para poder vender sus cigarrillos y golosinas. Ella, coetánea mía, pertenecía a otra dimensión, la dimensión del espacio referencial ya que, si el cruce de México con Aviación para mí era dinámica pura, para ella era estática y rutinaria. Solo entonces pude recordarla, con su mirada perdida y su semblante color cielo gris.
Crecimos paralelamente y desde que tengo memoria siempre estuvo allí, apoyada en el semáforo esperando a que cambie a rojo. Su padre, junto a sus dos hermanas menores, tenían un viejo puesto de periódicos en la esquina de México con Aviación y fue él junto a ella, quienes empezaron a salir de este para venderles al paso a los conductores. Verano. Otoño. Invierno. Primavera… allí estaba, apoyándose en el semáforo que estaba en verde mientras que los transeúntes como yo se agolpaban al costado de ella, presurosos por cruzar.
Fuimos niños, luego adolescentes, finalmente adultos. Su papá desapareció primero. Dicen que se fue con un nuevo compromiso y que les había dejado el puesto a las hermanas, igualmente “grises”, pero estas, curiosa y lentamente, también empezaron a borrarse. Primero la más pequeña. Dicen que por culpa de un galancete. Luego fue el turno de la hermana sándwich de quien dicen era la más estudiosa y que se habría ido de allí por tentar suerte en la universidad. Sin embargo, día y noche y hora tras hora, la chica semáforo seguía en ese puesto conformando el paisaje de aquella esquina, monótona y bucólica.
Todos la veíamos, pero no la mirábamos, estaba allí pero no estaba. Curioso. Su cuerpo se había hecho uno con el semáforo y el color de sus cabellos cambiaba de verde a ámbar y luego a rojo. Su silueta se perdía en el horizonte de la avenida y sus movimientos se confundían con el desplazarse de los autos. La chica semáforo respiraba al ritmo de las bocinas y gesticulaba con el chirrido de las frenadas. Pero ahora no está y todos nos hemos dado cuenta.
¿Por qué nos hace falta? ¿Por qué la echamos de menos ahora que su presencia ignorada se ha revelado en su ausencia? ¿Será que las personas trascienden no solo con sus manifestaciones sensibles sino también con sus ausencias? La esquina de México con Aviación ya no era la misma, ya no sería igual. Hasta ayer.
Regresando una vez más a casa percibí claramente como el viejo puesto de periódicos lucía distinto. A simple vista era el mismo pero esta vez reflejaba una magia que invitaba a mirar hacia adentro. Intuición acertada. Allí estaba ella, había vuelto, pero esta vez no estaba sola, cargaba una bebita entre sus brazos. No recordaba cuándo fue la última vez que la vi sonreír, pero desde siempre la recuerdo con una mirada gris y opaca. Ahora no, ahora toda ella es luz resplandeciente porque ella sonríe, y sonríe porque ahora tiene una razón para vivir, una razón para entregar su vida, una razón para ser pura donación de su ser personal.
Leo en un periódico colgado en la cara lateral del puesto las últimas declaraciones de la ministra de la Mujer, y al inclinar la cabeza para mirar hacia adentro, me convencí (una vez más) que aquel feminismo de última monta sabe menos de mujeres y de las personas que nuestra “chica semáforo”.
COMENTARIOS