Berit Knudsen

Irán: más que amenaza inminente, un riesgo permanente

La persistencia de un perverso sistema de poder, pero que opera con eficacia

Irán: más que amenaza inminente, un riesgo permanente
Berit Knudsen
02 de abril del 2026

 

La guerra contra Irán comenzó como instrumento para negociar desde la fuerza. La premisa fue contener, antes de que fuera irreversible, el peligro inminente de un programa nuclear que avanzaba, una arquitectura de misiles y drones que, una vez consolidada, haría imposible cualquier intervención futura.

Pero el problema no era solo la proximidad de una bomba, sino la persistencia de un sistema de poder que opera con eficacia, basado en la ambigüedad nuclear, la expansión de capacidades convencionales y una red regional que actúa sin exponer directamente a Irán. Misiles, drones, proxys en múltiples frentes y capacidad para afectar infraestructura crítica –energía, transporte, agua–, no son complementos del programa nuclear; son la verdadera cobertura estratégica. El riesgo es lo que Irán ha construido en 47 años y sus estrategias que, como esta guerra ha demostrado, está dispuesto a usar.

Las operaciones iniciales buscaron degradar las capacidades, romper el “escudo” convencional y forzar a Irán a negociar desde una posición de debilidad. Una guerra para evitar una guerra mayor. Pero Irán no reaccionó como un Estado convencional. No se produjo un colapso que reforzara la disuasión. Irán dispersó sus ataques en múltiples frentes, combinó actores estatales y no estatales, desplazando el campo de batalla hacia puntos vulnerables con presión simultánea.

La disuasión tradicional falla porque no hay simetría. No se puede neutralizar una red dispersa que no distingue objetivos militares de infraestructura crítica: refinerías, aeropuertos, rutas logísticas, incluyendo recursos vitales como plantas desalinizadoras que afectan la supervivencia en los países del Golfo.

El siguiente quiebre fue económico. Al trasladar la presión al ámbito energético y marítimo en Ormuz, el conflicto se volvió sistémico. No fue necesario cerrar el estrecho; aumentar el riesgo elevó las primas de seguros, redujo el tránsito, encareció el petróleo, alterando flujos que afectaron la economía global.

Esa estrategia generó costos políticos y económicos que superaron el objetivo original. El precio de la energía, presión sobre los mercados, tensiones con aliados y el desgaste interno obligaron a replantear la lógica de la intervención. La pregunta pasó a ser: cómo terminar esta guerra.

Donald Trump redefine el marco. Sus declaraciones no son contradictorias; traducen el cambio de prioridad. Afirmar que la guerra terminará en dos o tres semanas establece un horizonte político. Sostener que no necesita un acuerdo con Irán manifiesta implícitamente que no existen condiciones para imponerlo. Y señalar que no defenderá Ormuz implica que Estados Unidos, por sí solo, no puede seguir controlando la estabilidad de un sistema económico global que ya ha sido alterado.

Mantener el rol de garante global implicaría una escalada con riesgos imprevisibles. Abandonarlo implica trasladar el problema a otros actores en Europa y Asia, aceptando que el conflicto no se resuelve, solo se contiene. El problema no ha desaparecido, pero su resolución excede el marco inicial de la operación.

Irán no opera bajo los mismos incentivos que los sistemas liberales. La supervivencia del régimen justifica niveles de riesgo y costos políticamente inviables para una democracia. La represión interna, la tolerancia al deterioro económico y la violencia mediante actores indirectos no dependen de ciclos electorales o consensos sociales. Mientras Estados Unidos debe equilibrar costos internos, externos y económicos, Irán prioriza la supervivencia de la Revolución. Esta asimetría hace más compleja e impredecible la contención.

El problema no fue solo el peligro nuclear. Es un sistema que produce inestabilidad regional continua. Irán no es un riesgo inminente, es un peligro permanente.

Berit Knudsen
02 de abril del 2026

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