Aldo Llanos
¿Es posible una utopía conservadora?
A propósito del libro de Fernán Altuve-Febres

El 25 de octubre por la noche se presentó, en la conocida librería El Virrey, el último libro de Fernán Altuve-Febres titulado Los conservadores. Participaron en la mesa principal, el historiador marxista Antonio Zapata y la no menos conocida historiadora Cecilia Bákula. Independientemente de la postura de Zapata, para quien el pensamiento conservador es un fósil para las nuevas generaciones, apuestas como la de Altuve-Febres son necesarias, sobre todo cuando se intenta dar razones sobre la vida buena más allá del liberalismo, el socialismo y los populismos.
Sin embargo, me quedaron varias preguntas por hacer. ¿Es capaz el conservadurismo de suscitar esperanzas en el pueblo al punto de establecer una utopía conservadora? ¿Cómo generar una utopía conservadora teniendo en cuenta el dato primario de nuestra naturaleza caída?
Para el cristianismo, la vida social perfecta (utopía) no es posible en este mundo, aunque esto no prohíbe que se luche por alcanzarla. Pero este sensus communis cambia radicalmente con la Revolución francesa, cuando se sostiene que con la razón es posible alcanzar la vida social perfecta mediante la política. Fue así que la utopía quedó adherida a una visión modernista de la vida social, llegando a entenderse como un término contrapuesto a todo principio conservador. El resto es historia. En nombre de la utopía modernista, las principales ideologías totalitaristas (fascismos y comunismos), embarcaron a poblaciones enteras a suscribir todo tipo de abusos, atropellos y genocidios con tal de materializar el ideal utópico.
En ese sentido, solo será posible una utopía conservadora cuando se pueda reconciliar doctrinalmente el anhelo humano por una vida social perfecta con la naturaleza humana caída incapaz de esta. ¿Cómo lograrlo? Reconociendo, primero, que el pensamiento conservador no parte de la mera especulación y la pura abstracción, intentando que la realidad social se acomode a esta, sino partiendo de la experiencia social acumulada a lo largo de los años que nos dice mucho sobre cómo alcanzar la vida social perfecta. Por lo tanto, frente a las utopías progresistas, basadas en intrincadas teorías y abstracciones, la utopía conservadora puede ser mucho mejor reconocida y asumida por el pueblo, porque reflejaría la realidad tal como es conocida y vivida.
De este modo, la utopía dejaría de habitar en el campo semántico de las izquierdas y el progresismo, para darle sentido al pensamiento conservador más allá de las posiciones conservadoras de principios del siglo XX (a las que hace mención Altuve-Febres en su libro), las cuales se resignaron a usarla solo para el ámbito moral o construyendo una contrautopía (la “contra-revolución”). Pero sobre todo evitando el racionalismo modernista para elaborar una nueva antropología filosófica trascendental y una nueva teoría del conocimiento, más allá de todo objetivismo (que reduce el ser al objeto racional y la verdad a la verdad racional), criticando toda utopía que pretenda ofrecernos una sociedad perfecta progresista y materialista, además de toda propuesta de “vuelta al pasado”.
Este camino pasa también por la relativización de la política, procurando evitar su absolutización. De allí que una utopía conservadora, lejos del “borrón y cuenta nueva”, defiende la posibilidad de conciliar las diferencias y acomodar las contingencias. Además concibe la realidad como un poliedro (Papa Francisco), quedándonos con lo que ha funcionado y funciona, como la familia y muchas tradiciones. Esto, con la virtud de la prudencia y “amando apasionadamente el mundo” (San Josemaría Escrivá).
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