Aldo Llanos
El tiempo de la comunión política
El aporte de la DSI y la metanoia urgente para nuestro país

El Ejecutivo ha movido sus fichas. Ya no ocultan nada. Azuzarán las contradicciones y las demandas sociales hasta niveles insospechados. Es lo único que saben hacer bien. De construir una nación, nada. Y tienen un Congreso a la medida de sus deseos. Aferrados a no se sabe qué e incapaces de articular una acción política concreta. Desde las formas aristocráticas de la presidenta hasta el ininteligible Montoya, casi todos obcecados en sus propios fines. Así no es posible la unidad y menos la comunión. ¿Por qué es necesaria esta?
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) constituye, hoy más que nunca, una valiosísima referencia del que se puede extraer numerosos aportes que nos ayuden a discernir maneras de cómo salir de este entrampe y así alcanzar no sólo la unidad, sino también el tiempo de la comunión política.
La DSI, más que un conjunto de ideas teóricas, es una invitación para llevarlas a la práctica a partir de la experiencia personal del encuentro con un Dios que asume nuestra humanidad en el estado en que esta se encuentre. (Ver mis artículos anteriores: “La vacancia y la superación de los teopopulismos”, “Cristianos en política” y “Espiritualidad cristiana y política” para mayores luces). Esta experiencia y su consecuente metanoia, al ser llevada a la acción política se convierte en la más alta de las caridades: la búsqueda del bien común.
¿Por qué, a sabiendas de que no hay mayor antivoto en el Perú que contra Keiko Fujimori, ella insistió en competir en las últimas elecciones presidenciales polarizando más el ambiente electoral? ¿Por qué Rafael López Aliaga, Hernando de Soto, George Forsyth, e incluso Jonhy Lescano no declinaron en pos de una candidatura de centroderecha de amplia base viendo que las posibilidades de Keiko eran una “moneda al aire”? ¿Por qué la izquierda juega al cálculo político siempre? Curiosamente todos, con excepción de Verónika Mendoza y Hernando de Soto, se han asumido como católicos, y lo que ocurre es que no han entendido (¿siquiera ojeado?) la DSI.
Esta, se puede resumir en lo siguiente: no se trata de hacer “política católica” sino de llevar la experiencia católica del encuentro con el Señor como inspiración y causa de la acción política. Visto de este modo, se podrá entender que, a partir de las diversas experiencias personales, nacerán diversos compromisos políticos porque la fe misma siempre será mayor que cualquier ideología que pretenda absorberla. De allí que no deberían existir el “partido católico” y la “opción política católica” al que todos los católicos deberíamos votar. Más bien todo católico, como fruto de su experiencia personal en el Espíritu, puede participar de la opción política que crea más conveniente, pero realizando una continua autocrítica de cara a la DSI. Es a partir de ello que el sustrato de la fe permite la unidad en la diversidad y la comunión de los sujetos políticos que buscarán desde sus visiones poliédricas de la realidad, alcanzar el bien común que es sinónimo de poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas.
Si no se produce esta metanoia, será muy difícil alcanzar la unidad suficiente (y menos la comunión) para sacar al país del hoyo en el que se encuentra, con o sin el presidente Castillo. Además, la democracia misma, entendida como una forma temporal de organización social y no como fundamento de esta, será destruida en el corto plazo porque los extremistas y sus discursos van ganando terreno. Y dejan poco espacio para quienes apuestan por el diálogo y el encuentro. Lo que no significa uniformidad sino peruanidad.
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