Arturo Valverde
El salto largo de Stendhal
Reflexiones sobre la novela “La cartuja de Parma” (1839)

Querida hermana:
Llegué a las últimas páginas de la novela La cartuja de Parma, de Stendhal, cuya lectura me ha causado enorme emoción, y cuando creía que ya todo se había contado, surgió inesperadamente un nuevo personaje, un tal Gonzo. La introducción de aquel personaje a pocas páginas para acabar la historia de Fabricio del Dongo, me sorprendió. ¿Un nuevo personaje? ¿A estas alturas de la novela? ¡Imposible!, pensé. Y sí, pues, este Gonzo surge para traer y llevar las novedades acerca de Del Dongo, que ha asumido su rol de predicador con púlpito incluido.
“Gonzo era un pobre tipo de esta clase”, dice Stendhal, que, en un párrafo anterior parece contextualizar la figura de Gonzo. “Siete u ocho personajes de esta especie llegan todos los días a las siete al salón de la marquesa Crescenzi”, añade después.
Por otro lado, una vez más, Stendhal da unos saltos enormes en el tiempo, pero como el lector ya se ha acostumbrado a esos saltos de días, meses, años, es imposible que le cause alguna sorpresa. Es más, uno acoge esos saltos de tiempo con la mayor naturalidad en el mundo de Stendhal. “Aquí pedimos licencia para saltar, sin decir una sola palabra, un espacio de tres años”, escribe así, sin más explicación. Y claro, si uno desea saber en qué acabará la historia, no tiene más opción que aceptar la condición impuesta por el estilo narrativo de su autor y saltar con él tres años. ¡Tres años!
Y así, después de saltar tres años junto con Stendhal, uno se enfrenta al final del largo viaje de Fabricio del Dongo, donde impera la muerte. La muerte del hijo, la muerte de la condesa… “Sandrino, instalado en secreto en una amplia y hermosa morada a donde la marquesa iba a verle casi todos los días, murió al cabo de unos meses. Clelia creyó que aquello era injusto castigo… Solo unos meses sobrevivió a su hijo, mas tuvo la dicha de morir en los brazos de su amante”. Luego, “La condesa reunía, en una palabra, todas las apariencias de la felicidad, mas sobrevivió muy poco tiempo a Fabricio, al que adoraba y que pasó solo un año en su Cartuja”.
He acompañado a Fabricio del Dongo a lo largo de todas sus aventuras que, al dimitir al arzobispado, decide retirarse en un lugar llamado la Cartuja de Parma, “situada en los bosques vecinos del Po, a dos leguas de Sacca”. De pronto, al llegar a esta línea, uno tiene la impresión de que todas las dichas y desdichas, fortunas y desventuras, todo lo que podría encarnar Del Dongo, de repente, quedan encerrados en un solo lugar, la Cartuja de Parma.
Espero que pronto puedas leer este libro y puedas experimentar la misma emoción que yo.
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