Martin Santivañez
El Leviatán filantrópico
Cuando el Estado es deificado, el hombre es cosificado

En su libro Verdad, valores, poder, Joseph Ratzinger sostiene una idea esencial para comprender la democracia como sustento del Estado:
La tarea del Estado es mantener la convivencia humana en orden, es decir, crear un equilibrio entre libertad y bien que permita a cada hombre llevar una vida humana digna. Podríamos añadir que garantiza el derecho como condición de la libertad y el bienestar generales. Corresponde al Estado, ante todo, gobernar, pero en segundo lugar, es también función suya hacer que el gobierno no sea simplemente un ejercicio de poder, sino protección del derecho que asiste al individuo y garantía del bienestar de todos. No es misión del Estado traer la felicidad a la humanidad. Ni es competencia suya crear nuevos hombres. Tampoco es cometido del Estado convertir el mundo en un paraíso y, además, tampoco es capaz de hacerlo. Por eso, cuando lo intenta, se absolutiza y traspasa sus límites. Se comporta como si fuera Dios, convirtiéndose, como muestra el Apocalipsis, en una fiera del abismo, en poder del Anticristo.
En efecto, cuando el Estado es deificado, el hombre es cosificado. Caminamos rápidamente hacia la absolutización del Estado. La separación de poderes siempre ha sido el mecanismo interno para frenar el poder absoluto de Leviatán. Liquidada o disminuida, concentrado el poder en unas solas manos, sin frenos y contrapesos (imperium nullum nisi unum), el Estado amenaza la libertad de la comunidad política y puede crear una tiranía fortalecida por el consenso mediático. Así las cosas, el relativismo se expande sin diques que contengan la hegemonía de una élite que solo busca la destrucción de cualquier antagonismo.
El proyecto ideológico de un Estado fortalecido por los escándalos políticos de diversa índole siempre buscará imponerse a la propia ideología fundacional del Estado: el liberalismo clásico de controles recíprocos. En efecto, un Estado concebido como un instrumento de poder ya no reconoce en la comunidad política una frontera soberana. Por el contrario, un Estado leviatánico que es plenamente consciente de su potestas aspira a moldear histórica y socialmente a la comunidad que le dio origen. El monstruo de Frankenstein decide, capturado por una vanguardia revolucionaria, transformar la sociedad que lo creó hasta volverla irreconocible. De allí la rotundidad (y pertinencia) del dicho del socialista Alfonso Guerra, cuando el PSOE accedió a un periodo hegemónico de varios lustros: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Ciertamente, la reacción ha tardado en iniciar la reconquista.
Para el triunfo de este programa ideológico es preciso que el Leviatán falsamente republicano (todo Estado leviatánico busca de manera consciente la acumulación monárquica de imperio) actúe como un ogro filantrópico, según la expresión de Octavio Paz. Emerge así el clientelismo y el vasallaje económico de amplias capas de la sociedad, formándose las alianzas estratégicas que aseguren la hegemonía (medios de comunicación, sociedad civil con un claro tinte partidista, frentes regionales que dependen del presupuesto del gobierno central). Ahora bien, solo si es eficaz en el clientelismo y el vasallaje, el Leviatán puede sobrevivir.
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