Erick Flores
El cristianismo, la última línea de contención
Norte moral y esquema de valores que nos ha permitido sobrevivir
Johanna San Miguel, conocida en el mundo artístico principalmente por haber protagonizado a la popular Queca, de Pataclaun, se encuentra en el ojo de la tormenta gracias a unas declaraciones que hubieran pasado desapercibidas hace algunos años. Todo se originó porque la actriz reaccionó positivamente ante una publicación de Instagram donde se anunciaba que en Reino Unido no se reconocían a las “mujeres trans” como mujeres realmente. Como se trata de una figura pública bastante mediática, las reacciones no se hicieron esperar y no conformes con tildarla de transfóbica, los coloridos colectivos que se han sentido ofendidos, ya han convocado a una movilización en contra de la transfobia para este viernes 6 de febrero.
Detalles más y detalles menos, la indignación de estos colectivos se sustenta en la teoría performativa del género que Judith Butler popularizara hacia finales de los 90 con su obra: “El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad”, el cual pareciera ser un culto a “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir, una de las figuras históricas más importantes para el movimiento feminista. Butler y Beauvoir coinciden en que una de las causas que funda la sociedad patriarcal, se encuentra en la naturaleza binaria (hombre-mujer) que precede a las interacciones en la sociedad. Bajo esta óptica, lo que resulta urgente para la causa feminista, es deconstruir a la mujer, despojarla de una identidad determinada por la biología y la genética, y convertirla en un sujeto pasible de moldearse según los valores contrarios a los que nos han traído hasta aquí como civilización.
Y es precisamente esta base teórica, la que alimenta la lucha de estos colectivos pero el objetivo no sólo se centra en la “deconstrucción” de la identidad de la mujer sino que forma parte de una agenda progresista mucho más grande. Relativizar la sociedad a tal punto que ya no discutimos si la mujer tiene acceso a determinado espacio laboral sino que estamos discutiendo si el Estado debe financiar el tratamiento hormonal de un niño de 4 años que, según los adalides posmodernos que promueven estas agendas enfermizas, se “autopercibe” como niña.
Desde Ángela Ponce ganando el Miss Universo en 2018 hasta deportistas como Alana McLaughlin y AB Hernández, nos muestran el estado moral en el que se encuentra nuestra sociedad. No es posible que veamos con normalidad este estado de cosas. Y puede gustar o no lo que ha dicho Johanna San Miguel pero tiene toda la razón al expresar su preocupación y desconfianza de que un hombre vestido de mujer pueda ingresar libremente a un baño para mujeres. Pero si algo podemos decir con claridad sobre estos colectivos que se proclaman defensores de los derechos humanos de las personas “trans”, es que en realidad poco les importa la población que dicen defender. Se escandalizan con una actriz por un like en Instagram pero nunca han convocado a ninguna manifestación en rechazo al Estado Islámico y su política de exterminarlos degollándolos o tirándolos desde los techos de los edificios.
Las sociedades del mundo vienen atravesando un proceso marcado por la hegemonía progresista que, tras años de aplicar la estrategia de Gramsci de posicionamiento cultural, ha conseguido pervertir nuestra herencia occidental y ha hecho que se cuestionen los principios fundadores de nuestra civilización. A través del sinfín de perversiones que estos lobbys han conseguido meter en la agenda pública, poco a poco, están minando el terreno por el cual transitamos todos. Y ante un escenario incierto, lo que se necesitan son certezas. Quizá pueda resultar incomprensible, incompatible y hasta retrógrada para algunas personas, pero no podemos negar que el cristianismo es el único y último bastión cultural que puede hacerle frente a la amenaza del progresismo global. No es casualidad que la destrucción de los valores de occidente, del cristianismo, haya sido un objetivo central en cada peligro ideológico que se ha presentado a lo largo de la historia.
Aquí no estamos hablando de creer o no en Dios, tampoco de alinear la vida y la prédica como lo haría un cristiano ortodoxo y practicante; sino de supervivencia social. Decía Chesterton que llegaría el día en el que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde, y parece que tal día ha llegado y lo último que deberíamos hacer como especie, es dispararnos a los pies. No reconocer la valía y funcionalidad del cristianismo para frenar el avance progresista no sólo es mezquino en términos históricos sino que hace inviable la vida en sociedad como la conocemos hoy en día. Uno puede creer o no en Dios, la iglesia y su credo, ya se trata de un asunto íntimo; pero lo que no se puede hacer en un contexto como este, es renunciar al norte moral y al esquema de valores que nos ha permitido sobrevivir y que, valgan verdades, siempre han sido cristianos.
















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